Después de los aplausos

Por: Andrea Gaitán


 

Era la primera vez que actuaba. Debajo del escenario estaban los camerinos donde me acompañaban las dos Andreas, esperábamos para entrar a escena. Entretanto Alfredo y Daniel presentaban la obra al público. Nunca estuve tan nerviosa, los espectadores eran pocos -como en la mayoría  de las actividades universitarias-, todo parecía jugar en nuestra contra.

Una semana antes de la presentación, la actriz principal dejó el grupo, no teníamos suplente, el director entró en crisis, considerando cancelar la obra. En ese instante, después de mucho insistir, mi amiga Andrea nos ofreció su ayuda. Ensayamos hasta el último minuto, pero el tiempo no fue suficiente, tuvimos que salir al escenario sin más, con la esperanza de que no terminara en desastre.

El grupo empezó por la iniciativa de dos estudiantes: Alfredo Robles y Nathalia Roa. Mi primer acercamiento al teatro fue a través de La vida es sueño de Calderón de la Barca. Leer era más que satisfactorio para ese entonces, uniéndome a este proyecto entendí que el teatro trasciende el gusto, no es solo escribir o leer, es entregarse a la obra. Con esta convicción entré a escena. Sin vacilación improvisé cuando fue necesario. La primera escena resultó bien, pero las siguientes fueron todo un dilema. En la segunda temblé tanto que en un momento sentí perder la fuerza en las piernas, pero esto solo ayudó a dar más dramatismo al momento en que mi personaje debía perder su fuerte semblante -o eso espero que haya pensado el público, que resignificaran mi repentino ataque de algo que parecía ser parkinson-. Tuve miedo de que mi voz se cortara, pues en la siguiente intervención tenía que cantar.

El tercer acto era el más largo y el más importante. Las dos Andreas hicieron hasta lo imposible por prolongar la escena y tratar de realizarla en su totalidad, pero después de escasos minutos escuché la línea que indicaba la entrada de mi personaje. Entré al escenario agitada, pues minutos antes tuve que hacer acrobacias para rescatar el juego de té que mi personaje debía llevar, sin que el público se diera cuenta, porque esto arruinaría el pacto que al entrar al teatro el espectador adopta: asumir otra realidad- de tres tasas rescaté una-. Llegada la última escena debía cambiar mi vestuario. Las nuevas prendas no estaban en su lugar, tenía que improvisar. Solo pude quitarme los zapatos, desarreglar mi ropa y mi cabello, todo en segundos, con la idea de que el público notara un cambio en mi personaje.

Cuando escuché la canción con la que finalizaba la presentación, más que sentir alivio, sentí que todo pasó muy rápido. Después de escasos treinta minutos salir sola y decirle al público que eso era todo fue realmente difícil. Ni yo podía creerlo. Tanto trabajo, angustia y ensayos para media hora. Pero luego de escuchar los aplausos dejó de parecer un esfuerzo en vano.

Le entregamos todo al montaje, al escenario, al teatro que dejó de ser lectura para ser una pasión. Ya no éramos solo un grupo de estudiantes aficionados, ahora éramos un grupo de teatro. Donde acabó la obra empezó el grupo, no importó si el público aplaudió por complacencia o convicción, simplemente era lo que marcaba el final, lo que nos decía que lo habíamos logrado. Ya con una obra terminada, más comprometidos, empezamos a creer en la seriedad del proyecto. El verdadero ejercicio dramatúrgico inicia cuando se vive la obra.

 


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