El Diablo es un testigo

Por: Sonia Ramón

 

La rubia de la faldita rosa y su esposo no se saben observados por El Diablo, que se oculta tras la camioneta y los escucha.

El Diablo, así es como lo llaman, aparece sobre todo en el verano. En esta villa, la mayoría lo descubre caminando por cualquier acera, mientras el viento le agita esa melena cuyas puntas disparejas y marchitas barren su angosta cintura. Otros lo ven bebiendo café negro y leer el diario en algún local pequeño portando camisetas ajustadas de colores pastel, jeans holgados y botas militares. Los despistados solo deberán advertir a un hombre con aspecto de bailarín jubilado y un grueso libro bajo el brazo.

Para el Diablo, escuchar, por el resto de su vida, cada noche, conversaciones entre maridos y mujeres, sería un sueño cumplido.

La noche del ocho de abril de mil novecientos cuarenta y siete lo hace por primera vez.

La pareja conversa en el umbral de su casa de madera. La puerta pintada de verde permanece cerrada, lo que impide que los interrumpa la voz de Billy Holiday que proviene de la radio encendida. Se han instalado junto a la puerta, recostados en la baranda blanca del lado derecho. La rubia retuerce la boca, apoya las manos sobre la baranda, se detiene a ver en detalle sus zapatitos grises planos, la blancura de sus piernas que prefieren no dejarse adular por el sol. Se acomoda el sujetador rosa de la misma tela de la falda y piensa si no habría sido mejor cubrirse un poco más.

“La noche de la fiesta bailamos en espiral”.

“Hace tanto calor que creo quedarme sin saliva”.

“Tu champagne no hacía tantas burbujas como el mío”.

“¿Tienes un tesoro escondido en sótano?”.

“A veces me parece ver pájaros muertos sobre las cornisas”.

“¿No te entra, a veces,  un deseo vespertino de matar todo lo que eres?”.

“Tú y tus mandatos personales”.

“No deberíamos contar con un testigo”.

“Noches como esta parecen, más que noches de verano, simulacros”.

La blanca cortina entreabierta no deja ver mucho. La nívea luz hace resplandecer a la mujer y al hombre en medio de la oscuridad. Él, un hombre rubio, muy rubio, de pelo lacio peinado hacia atrás, sacude migajas de pan de su camiseta azul, de su pantalón caqui, ve su desplome hasta el piso de madera blanca, también sobre sus zapatos blancos de lona. Su pierna derecha suspendida provoca que su rodilla roce el muslo de su esposa, el otro pie lo apoya en el suelo.

“Hasta cuándo el mal sabor en la comida…”.

“¡Cuántos agujeros en la madera y en mi corazón!”.

“Ya no puedo soportar tu falta de devoción”.

“Es mi revólver, lo necesito conmigo”.

El Diablo había aparecido, hasta esa noche en cualquier espacio, pero jamás entre parejas jóvenes, nadie sabe quién es, no se sabe de dónde vino, ni para dónde va, nunca se le ve acompañado. No envejece. El diablo es un goloso lector. Nunca parece llevar prisa, tampoco se le ve hablar por teléfono, ni sonreír. La gente se refiere a él como El Diablo porque a alguien se le ocurrió, sin más, y nadie lo refutó. El Diablo es, al parecer, un ser que no se involucra, ni maligno ni salvador. Una dama del barrio asegura que no es ningún Satán, solo un testigo neutro. Un narrador omnisciente que rinde informe a alguna entidad superior.

Los ojos de la mujer brillan en la oscuridad.

“Alguien nos ve y nos escucha”.

El disparo va directo al neumático.

El Diablo se sobresalta, no se lo esperaba. Da pisadas veloces, felinas, con sus botas militares; y se pierde, como siempre, con la oscuridad, entre los espléndidos jardines de todas esas familias intachables. Al día siguiente, mientras bebe su taza de café negro, encuentra la noticia del crimen de la rubia en la página roja del diario.

 

 

 


1 comentario

Sandra Hernandez · 5 septiembre, 2015 a las 11:59 am

Felicitaciones, un cuento corto, para los lectores golosos como dicen por ahí. Me agradó.

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