En el hostal

Por: Christian Yesid Polanía Cuervo

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Hoy no fue un día muy bueno que digamos, solo pude comprar los dulces para trabajar mañana y pagar la pieza, esta noche voy a dormir bajo techo. Hoy es el tercer mes de estar quedándome en este hostal, tengo que pagar nueve mil pesos la noche. Los tres primeros días después de que me echaron de mi casa tuve que dormir en la calle. Empecé a vender dulces en los buses. La primera noche que dormí aquí, fue porque arriesgué dos mil pesos que me dieron en la calle, en una bolsita de dulces que, gracias a Dios, pude sacarle el triple para comprar algo de comer y comprar otra bolsa para seguir trabajando.

Ese día comí empanadas de mil pesos  acompañadas con unos cuantos dulces. En mi casa nunca había pasado hambre de verdad, es más, no sabía realmente lo que significaba tener hambre, ni frío. Este es el tercer cigarrillo que me fumo de la caja que compré ayer. Fumar me ayuda a calmar el hambre y a sentirme menos miserable. Todas las noches me siento a fumar y a llorar, y por más que le doy vueltas al asunto sigo pensando en que mi familia me traicionó. Tengo 14 años aunque en estos meses de soledad he aprendido a aparentar ser un adulto.

Al otro día de que me echaran de mi casa, me la pasé sentado en un parque adolorido por los golpes, ya no estaba llorando pero me dolía mucho todo el cuerpo, el sol hasta ahora empezaba  a calentar y a desaparecer el frío que tenía clavado en los huesos. Estaba tratando de controlar mi dolor respirando profundo y sobándome las costillas que era lo que más me dolía, en esas apareció don Nicolás, el papá de Andrea, me puse de pie apenas lo vi y sin cruzar palabra me lanzó un puñetazo a la cara, lo alcancé a esquivar, pero un segundo puñetazo  lo recibí en el ojo y me tumbó, me levanté rápido, estaba muy asustado.  Reaccioné y levanté mis brazos para defenderme. Le metí dos puños al viejo hijueputa ese, no me volvió a pegar, pero el puño que me metió fue suficiente, porque me dio duro. Cuando vio que tenía la pelea perdida me empezó a insultar, yo estaba con el corazón a mil, temblando, asustado, pero invadido de fuerza al ver que ganaba. El viejo se fue insultándome y dijo que me iba a coger a peinilla y que me cuidara.

Me  senté en la silla del parque a llorar nuevamente sin poderme controlar,  la gente me miraba y hacían comentarios sobre mí pero nadie me ayudaba. Sofía, una amiga del colegio al que antes iba, se me acercó y me habló un rato, le conté todo lo que me había pasado, ella fue hasta su casa y trajo un platoncito de agua y me limpió la cara donde estaba reventado. En esas llegó Manuel, el novio de Sofía, otro de mis amigos del colegio, y me dijo que me tenía que ir del barrio porque el papá de Andrea se fue a la casa a buscar el machete para matarme. Me invitaron un chocorramo y cogí un bus para el centro con los dos mil pesos que me dio mi tía. Cuando llegué me bajé del bus y no supe qué más hacer…

Escucho que golpean la puerta de mi pieza, sacándome de mis dolorosos recuerdos, busco los nueve mil pesos en monedas que había reunido y pago la noche al de la renta. Cierro la puerta, me vuelvo a sentar en el catre y prendo otro cigarrillo con la colilla del que me acabo de fumar y sigo en mi tristeza…

La primera noche que pasé en la calle fue muy difícil para mí, antes creía que el mundo era complicado, descubrí que no tenía la menor idea de lo cruel que podía ser la vida real. Pasé la noche al lado de una señora que vendía tinto, cuando la vi le pedí un tinto regalado, ella me dijo que no era la hora para que yo estuviera por la calle, no pude aguantarme, tenía un nudo en la garganta que me estaba matando y cuando traté de hablar, suspiré con fuerza como si tratara de llenar el vacío que tenía por dentro y nuevamente empecé a llorar. “Tranquilo mijo siéntese aquí” me alcanzó una butaca y me preguntó qué me pasaba, que si me habían robado. Le dije que no, me preguntó por qué estaba solo en la madrugada, pero no pude mencionar palabra, solo seguí llorando. Me sirvió un tinto y me dijo, “tranquilo mijo, si quiere quédese ahí que yo le cuido el sueño”.

Había estado caminando por varias horas, la verdad no sabía para donde ir, y de todas formas no tenía a donde ir. Aún sentía el dolor de los golpes pero no sentía tanto dolor como al otro día. Ya había pasado donde mi tía, el único lugar en donde creí que me podían recibir, me abrió la puerta el esposo y antes de que pudiera decir cualquier cosa me dijo que no me podía quedar ahí. Mi tía salió y dijo que me cuidara mucho, me dio dos mil pesos y dijo que no tenía más para darme. “Lo mejor es que se vaya, mijo” dijo, al ver la cara de ira de ese señor entendí por qué me lo decía.

Cuando mi papá me sacó de la casa, la verdad no creía que fuera cierto, no sabía qué hacer, volví a la hora pero cuando me abrió la puerta me dio dos empujones, hasta que me tiró al piso, mientras me decía que me largara de su casa. Me dijo que si volvía por ahí me iba a sacar a planazo limpio. Sabía que era verdad porque la primera vez que me sacó de la casa lo hizo así a planazo limpio. Ese día, cuando él llegó a la casa, aún no sabía nada, pero mi mamá lo recibió con quejas y llanto. No tardó mucho en entrar a mi pieza y decirme que alistara mi ropa y que me fuera de su casa. Me quedé sentado sobre la cama, asustado y llorando, no fui capaz de salir de mi pieza. No tardó mucho tiempo para que entrara mi papá con la peinilla, ¡Le dije que se fuera de mi casa!, me dio dos planazos en las costillas y uno en el cuello. ¡Que se largue de mi casa!, me levanté y salí corriendo para la sala, ahí me dio otro planazo en la espada que me tiró al piso, me dio una patada y me abrió la puerta para que me fuera.

Antes de que llegara mi papá, traté de explicarle en varias ocasiones a mi mamá de que había sido un error, pero no me quiso escuchar, solo gritaba de rabia y me abofeteaba cada vez que me veía a los ojos. “¿Por qué tenía que irse a meter con la hija de ese señor!”, “¿usted qué hacía metido  en esa casa, con esa niña!”

No merecía de ninguna forma, nada de lo que me había sucedido, el crimen del que me acusaban era falso. Andrea era mi novia, mi única novia y la única persona a la que extraño, me gustaría volver a saber algo de ella. La última vez que la vi fue cuando la fui a visitar a la casa, el día en que me echaron de la mía. Era una visita clandestina, igual que todas las visitas, porque el papá de ella siempre la dejaba encerrada para que no saliera a la calle. Yo entraba por el patio, tenía que subirme por una pared, por la parte de atrás de la casa y saltar sobre un viaje de arena. Cuando entraba, Andrea me recibía con un beso en la boca y un jugo. Nunca entré a la casa, siempre me quedé en el patio y ahí charlábamos por mucho tiempo.  Ese día fue igual, entré por el patio, Andrea me esperaba con un beso y un jugo, nos sentamos al lado del cerezo a hablar, hablamos por mucho tiempo y se empezó a hacer tarde. Ya era  hora de irme, pero la verdad no quería hacerlo, y no lo hice. Ese  día, ese maldito día, llegó el papá de Andrea temprano y nos descubrió. Alcancé a escaparme por el patio pero él empezó a hacer escándalo y le dijo a todo el barrio que yo había violado a Andrea.

 

Categorías: Voz y verbo

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