Estremecida

(Esperanza Ardila)*

Abrió los ojos, la pesadez de los párpados, el mundo girar, el cansancio provocado por la intensidad de los últimos segundos, la relajación de los músculos. Lánguido cuerpo vacío. Agotada y estremecida, vio. Vio en la penumbra las sombras de su habitación de paredes blancas, y oyó: el canto de un grillo en algún rincón, el pito del vigilante y el ruido de una moto que cruza la calle. Una música lejana y extraña. Una puerta al cerrarse, un candado que se abre, el chirrido de la reja, la alarma de un carro, el motor encendido, el desplazamiento de las llantas. Otra moto cruza la calle, más veloz, más ronca. Movió los dedos de su mano derecha, pegajosos, cremosos, los saboreó. Cerró los ojos. Durmió.

Corría por una calle desierta, era de noche. Extenuada corría y corría pero no avanzaba. Se detuvo. Su respiración agitada. El frío de la noche quemaba su piel. El sudor bajaba por su columna. Se giró. Un grito escapó de su boca. El miedo apareció como el gigante que era. La serpiente enroscada en la terraza de la casa de la esquina vio la figura femenina, cascabeleó en respuesta. El perturbador sonido retumbó en el silencio. ¡Aaaaahhhhhh!, gritó como endemoniada. Un hombre se asomó al balcón: “¿Qué pasó?” Vio a la mujer a punto de convulsionar, la vio encogerse, estremecerse. Siguió gritando. “Espere, ya bajo”. Quiso gritarle: ¡Noooooo! Pero ninguna palabra salía de su boca, tumbada en el suelo, urgía por moverse, por echar a correr pero estaba inmóvil, sus miembros rígidos. Dejó de gritar cuando la garganta se le cerró de dolor. Entonces, el temblor invadió su cuerpo. Abrió su boca pero no pudo respirar, se llevó las manos al cuello, luego se jaló los cabellos revueltos. Un hombre de uniforme oscuro se acercó en una moto, se bajó. “Señora, ¿está bien?”, preguntó mientras se arrodillaba a su lado. Saltó al oír el cascabeleo, se giró y descubrió la víbora a punto de atacar. “¡No salga, no salga!”, gritó cuando la puerta empezó a abrirse. “¡Quieto!, una cascabel”. La puerta se cerró con estrépito.

Entre la espada y la pared, el hombre intentaba atender a los ataques. Hombres y mujeres fueron acercándose con cautela. Alguien cogió un palo, la cabeza avanzaba y se replegaba con rabia. “¡Mátela con el arma!”, insistían las mujeres. Varios hombres rodearon el animal. “Ya la tenemos, casi…” -decían confusos. Silenciosa, la mujer se estremecía por dentro, había dejado de respirar y, desplomada en el suelo, yacía quieta. Sentía el frío cubrir su piel, sentía el temblor bajar por su columna y seguir hasta los pies. Los ojos abiertos veían ahora un blanco lechoso. Todo se detuvo: la paz, se dijo. Es la paz. La paz como el polvo de un estante.

Abrió los ojos. La humedad era sólo un recuerdo, la claridad desplazó la penumbra, los ruidos aumentaron, la habitación seguía solitaria, sólo ella y su cuerpo flácido. Se levantó. Se bañó. Se vistió. En la cocina se sirvió una taza de café, fuerte y negro, el eco de las noticias resonaban en el silencio: los 15 años de la masacre de la ciénaga, un cadáver encontrado en las afueras de la ciudad, una bala perdida que le causó la muerte a un niño, una mujer golpeada por su marido, dos adolescentes mataron al dueño de una camioneta blanca, una incursión armada en un pueblo de la Sierra, tres niñas desaparecidas durante el fin de semana, una joven atacada con ácido a la salida de un partido de fútbol. Apagó el televisor.

Salió de casa. Llevaba el morral de todos los días, cargado con las herramientas. Se encontró con sus compañeros. Tomaron el carro que los llevaría al lugar de trabajo, mientras viajaban, leyó el reporte del día:

Subunidad de Exhumaciones de la Fiscalía General de la Nación.

Objetivo: identificar los cuerpos recuperados dentro del proceso de investigación adelantado como parte del proceso de esclarecimiento de la verdad en la Unidad de Justicia y Reparación Integral de las Víctimas de Desaparición Forzada, en el marco de la Ley 975 de 2005, también llamada Ley de Justicia y Paz.

Diligencia de prospección: verificación de entierros clandestinos de cadáveres.

Diligencia de exhumación: acordonamiento y fijación del sitio de entierro. Excavación arqueológica. Recuperación del cadáver. Embalaje y rotulación. Remisión al laboratorio…

Al final del día, de regreso a casa, las imágenes de la osamenta recuperada desfilaron por su cabeza, el embalaje de los restos y la cadena de custodia fijos en su memoria.

-Si el análisis forense es positivo, sus familiares descansarán por fin –dijo el otro investigador.

-¿Qué le pasó?

-La historia de siempre con pequeñas variaciones: el tipo que vive en un pueblo por allá en los noventa, lo detienen cuando viaja en un bus intermunicipal, lo obligan a bajar, lo retienen unos minutos y se lo llevan a un lado de la carretera. Entonces nadie vuelve a saber de él hasta que alguien denuncia una fosa común y el cuerpo baleado del hombre está entre los restos. ¿Me faltó algo?

-No.

Abre la puerta. La casa sola, la penumbra y sus sombras largas. Come una ensalada de atún, reposa unos minutos y se va a la cama. El sueño le resulta esquivo. Los ojos le arden, los párpados le pesan, recurre una vez más a su imaginación, la rescata, la calma. Abre los ojos, el mundo gira… Lánguido cuerpo vacío… entonces, duerme.

* http://www.anecdotariodeerospandora.blogspot.com.co/

 

 

Categorías: Voz y verbo

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