Introspección

(Luis Fernando Mex Ávila)*

 

Eran las trece horas del mes de marzo en el día 26 del año jubilar del cuervo; no podía conciliar la hibernación y mis pupilas casi se salían de sus órbitas. La luz entraba por un pequeño agujero y mi mente imaginaba la cantidad de moléculas y átomos que atravesaban por ese pequeño puente de verdad.  Realicé mi cuenta y concluí que había 7 moléculas que contenía cada una 3 átomos.

No sé en qué fecha habré terminado en esa cueva, pero de lo que sí estoy seguro es que no dejaría su humedad por ningún motivo…

1 de octubre

Eric me mostró ayer unas monedas, dice que se las robó a su padre aunque yo no le creo, últimamente lo veo rodeado de perros y gatos y creo que los mata para venderlos. Me hablaba de la historia y sus maldiciones; él era huraño como piedra en un montón de algodón, pero su palabrería no me dejaba olvidarlo. San Agustín se preguntaba la relación de la memoria con el espíritu, lo leía a los tres años cuando por algún motivo Dios me habló.

Salíamos del colegio y él no dejaba de hablar de sus monedas, yo no lo veía a la cara porque su mirada me transmitía una vibración muy extraña, era como un nervio, un sexto sentido de que algo inesperado sucedería si lo seguía viendo. No me detenía ni un momento. Tengo el anormal impedimento de no dejar de caminar cuando me propongo llegar a cierto lugar; es como una carga en mis extremidades que al mismo tiempo colapsa mi sistema nervioso y no me inmuto por lo que mi atención se tope en el camino. Como en una ocasión que recorría un zoológico y vi a un niño entrar a un contenedor inmenso de tarántulas; lo vi pero yo quería ir a la jaula de los monos, no me sentí mal y no hablé, seguí caminando y cuando llegué hasta los primates sentí una liberación de mi cuerpo y caminé de nuevo hacía las tarántulas. En el momento en que estuve a tres pasos de llegar al contendor, un guardia se me acerco y me dijo: “Cuídate de las escaleras que de la misma forman sirven para subir como para resbalar”, y yo no lo entendí.

Faltaba una cuadra para llegar a la casa de Eric. Siempre quise entrar en ella. Su estructura era muy diferente a las demás: los baños estaban hechos con cimientos muy altos y había escaleras para poder entrar, ubicadas en el garaje de la casa. Cosa extraña que tuvieran ese aparcamiento pues no contaban con auto, se transportaban con un carruaje jalado por mulas. En la puerta existía un extraño símbolo de una sonrisa dentro de un sol y me reventaba las entrañas que Eric jamás me hubiera permitido entrar. A sus padres los veía pero jamás pude hablar con ellos, tenía burros como mascotas y su preferido se llamaba West. No sé qué tenía esa casa además de lo que pude ver en cuanto a su estructura, pero tenía un olor peculiar que me fascinaba.

Cuando estábamos por llegar a la acera que cruzaba al otro lado de la calle, pero que quedaba justamente enfrente de la casa, Eric me dijo que me cruzara a la otra acera. Contuve mi atención y por primera vez me fijé en él. Lo conocía desde hace tres años y jamás me había detenido a observarlo, esa mañana había un sol distinto y evidenció su tez pálida, ojos bicolores y una extraña vestimenta naranja. Era como un overol lo que llevaba puesto, pero sin esa cantidad excesiva de bolsas, sólo tenía una donde llevaba sus monedas y una biblia. Sacó una de sus monedas y me la dio, me dijo “Yo no sé qué haces, nunca hablas en clase y ni te acercas a los demás, yo los seduzco y tengo una gran popularidad, deberías de imitarme y ser grande”. Su cabello era negro, usaba anteojos de tres piezas. Me dijo “Hola”, se agachó y entró a su hogar. Detrás de él le siguieron cuatro perros y tres gatos.

Continué mi camino a casa y escuché a un pájaro cantar, les tenía pavor y corrí dos cuadras hasta llegar, pero justo al faltar tres metros de la puerta no pude más, me arrodillé y metí tierra en mis oídos para dejar de escuchar esa infernal melodía; lo conseguí y abrí la puerta. En la sala se encontraba papá, mamá y perro-gato que era un pequeño cerdo, pero mis padres le llamaban perro-gato. “Tus hermanos no están”, me dijeron, no los escuché, pude leer sus labios. Tomé uno de los cuchillos y como requisito que es para subir a mi recámara, me corté un dedo índice de la mano izquierda y el anular de la mano derecha. La familia de mis padres realmente es la misma, abuelo y abuela son hermanos y sus hijos se casaron. Es que nuestros genes son divinos pues cuando nos cortamos alguna extremidad y órgano, crece otro. Mi recámara se encontraba ligeramente arriba y debajo de la casa, es que su techo era más alto y su suelo más profundo. Así me gustaba, la mitad es lo que yo quería.

Tomé el mango de mi pluma y poco a poco me quité la tierra de mis oídos, no lo había notado: Remender (padre) y Juliana (madre) escuchaban la Rapsodia Húngara de Liszt, no sé por qué pero lloré apenas la escuché. Tomé mi globo terráqueo y llorando le di vueltas hasta que perro-gato golpeó mi puerta, entró y se acostó debajo de mí.

Metí a perro-gato al baño y me bañé con él. El agua caía y mi cerdo se veía tan feliz, no tenía idea de cómo un cerdo disfrutaba el baño conmigo pues yo me sentía una garrapata. En el baño terminaron de crecer mis dos dedos. Siempre el anular se regenera primero. En mi baño nunca falta una cámara y no sé por qué, la tomé y me retraté una y diez veces más. No retrataba mi cuerpo entero, sólo mi espalda pues tenía la sensación de que me salían alas. P-G gruñó y como si se tratara de actos infernales, el agua se tornó verde y morada. Me atormenté y caí. En mi cabeza sonaron melodías caóticas y en mi mente había un elefante y un pato bailando de una forma hipnotizante. Del susto vino el gusto y estuve con los ojos cerrados alrededor de tres horas en años sol. Los vi alejarse con sentimientos de resignación, terminaron su número y saltando hacía un túnel se fueron; brillaban y yo corría para alcanzarlos y  Ya quería salirse de la bañera así que cerré la llave y noté que él era más grande de lo que recordaba; tomé una toalla, lo sequé y salimos.

Tomé un cigarro y bajé las escaleras con P-G, vi a Remender y Junia con arrugas y me decían aún: “Tus hermanos no están.”

Abrí la puerta corrediza que se hallaba en dirección a mi jardín, salí y miré que el árbol de almendra, del cual sacaba provecho de su sombra para sentarme a cantar, estaba más alto y tenía un columpio. Me senté en él y P-G me siguió hasta ahí. No me mecía, sólo fumaba mientras pensaba en la cámara que estaba en mi baño. Estuve sentado alrededor de 2 minutos de manera inmutable cuando llegó el jardinero que se hacía llamar botánico; tomó sus herramientas y se dispuso a trabajar. Cuando se encontraba arreglando las flores que recién crecían, abrió su boca y una a una se comía sus pétalos. Con él iban dos ayudantes que le aplaudían sin cesar todo lo que hacía, incluso cuando comía los pétalos, él les pedía agua y se la llevaban se reverenciaron a sus pies y lo llamaron “maestro”.

“Botánico” terminó de comer y gritó –Necesito de un poco de carne y sangre para agradarme, yo, tan dios infinito”-. Vio a P-G y se le acercó, tomó un hacha y se dispuso a cortarle la cabeza. Yo no supe si mi cerdo le agradaría ser cortado de esa manera, imaginé que su raza porcina también era divina. Los ayudantes de aquella persona sujetaron a P-G y cuando el jardinero levantó su herramienta para finiquitar la vida del cerdo, el animal lo miró fijamente, gruñía sin parar y el aspecto de “Botánico” poco a poco se desvaneció. No se trataba de un maestro ni de un hombre, sólo de una pulga y dos ratas que quisieron morder a mi amigo. Se sacudió y regresó conmigo, me bajé del columpió y él se subió; la luz lo iluminaba y su cola retorcida se estiraba y retraía sin cesar. Gruñó y el cielo se puso gris, olió y las hojas del árbol se cayeron, parpadeó y el columpió se meció, se bajó y las alas que temía por fin salieron de mi espalda.

30 de septiembre

La esporádica tormenta de pensamientos me llevó a la luna de Saturno. No pensé en lo que el cuadro de mi recámara me haría ver. Mis dedos estaban amorfos, según me fijé.

30 de septiembre y medio

Me disculpo con quién tenga la oportunidad de comunicarme pues no me he presentado; no digo “que me lea” pues quisiera romper las barreras de la palabra y que el simbolismo con el que transmitiera mis deseos y mentiras sólo fueran imágenes y sonidos. ¿Acaso seguiría siendo la palabra?

Mi nombre es Lázaro y vengo de la descendencia de aquel muerto que resucitó por obra de Jesucristo. Actualmente curso la educación vibratoria, me falta un año para alcanzar lo cósmico. Admiro a Simeón el Estilita, pues su Santidad le valió irse un buen rato al desierto a meditar; no predijo nada, no promovía nada y eso le valió ser mi ídolo. Mis padres me procrearon dentro de una tienda de revistas cuando la radio estaba encendida; es un ritual de mi raza que simboliza la construcción del milagro sobre la perdición del mundo. Eso según dicen aunque yo no les creo.

Nací un 7 de julio y ya sabía leer. No entendía mucho del mundo, pero mi cerebro se desarrollaba demasiado; era como una red de datos muy amplia que no me servía para nada. Algunos la llaman razón, mi familia la llama alma, yo le digo flor. Desde el momento en que las vi me fascinaron las flores, mataba a las abejas que las usurpaban, las mataba y las quemaba. Son maravillosas, creo es lo único bueno del mundo. Desde mi primer año hacía esto. Me alimentaban con miel y leche, no asistí al colegio hasta la edad de 15 años. Mi educación se basaba en lecturas marxistas y prácticas agrarias, me hacían sembrar zanahorias y cortar plantas, así fue como descubrí que todo de mí se regeneraba,  pues un día al estar recortando un arbusto, mis padres me dijeron que pusiera mi pie en la tijera y lo cortara. Lloré pero obedecí, lo hice y dolió, seguí llorando por 15 minutos hasta que el pie creció.

No me dejaban salir de casa y la verdad no lo necesitaba, no quería salir, pues en mi casa estaban mis flores, esas rosas y tulipanes que crecían más y más.

Un día, a la edad de diez años, un niño llegó a mi casa a robar mis flores, yo lo vi y lo atrapé. Estaba con una pala escarbando en mi jardín. Así llegó Eric, así lo conocí. El mundo entró a mi hogar y no me gustó, pero ese era el mundo y lo acepté.

Cada día sembraba más flores hasta los trece años, cuando me lo prohibieron.

Tal vez no crea, compañero mundano, pero la rutina que le describo fue diaria; mi cotidianidad es real y lo único que no le digo es porque  me avergüenza que mis padres me obligaran a realizar prodigios con mi mente. Me decían “salvador”, que yo era el próximo líder mundial, pero se rindieron cuando cumplí trece y no pronunciaba una sola palabra. Entonces procrearon a mis hermanos. Por gracia de dios, dicen, fueron gemelos. Lo hicieron encima de mis flores.

Un día Eric llegó y vio que no estaban sus pasiones que eran las mías, yo lo vi y salí. La verdad es que lo miraba, pero no con los ojos, mi cerebro no tomaba importancia a su imagen  sino sólo a su presencia. Le dije: “Crearon encima de nuestras pasiones las aspiraciones” y él me contestó: “Lo sé porque lo vi, vamos afuera y te enseño lo divertidas que son las criaturas en el exterior de tu hogar”. Y salí.

Cuento esto porque ustedes están acostumbrados a una presentación; su creatividad se ve limitada a sólo lo que observan y son incapaces de sospechar, pero se los digo como su amigo, como su contemporáneo. Yo no soy un falso dios, ustedes no son falsos súbditos. Amo a mis padres, según dicen ustedes, soy indiferente a mis hermanos, según piensan mis padres, pero ¿a quién le importa lo que no piensen todos?

30 de septiembre y tres cuartos

P-G no llegó, sino yo lo traje

1 de octubre

Anduve paseando por el fuerte de San Miguel un día, estaba con mi cerdo y Eric. Él llevo a su gallo. Estuvimos observando las nubes. Pensé en los cuadros de Phillippe de Champaigne y su relación con mi historia, la historia que construí con mis dedos y mis descripciones imaginarias de ciertos santos. Siempre coincidían a la perfección. Pensaba en sus vestimentas, en sus poses, en sus maravillosas dotes. Las nubes iban tomando forma de cuadros, o tal vez sólo había tomado mucho ácido.

P-G se recostó encima de mí, no quería estar cerca del gallo.

Me levanté del pasto y caminé hacia los vehículos, los atravesé porque mi intención era llegar a las cuevas que están cerca de ahí. Entré y P-G me siguió. Por ahí voló una lechuza y se posó en mi hombro. Iba con mi lechuza y mi cerdo llegando hacia la cueva y cuando logré mi meta entré sin pensarlo, pero aquella entrada era muy angosta; los animales me siguieron y me recosté adentro de ella. Olía a libertad, olía a un perfume especial y cuando intenté cerrar los ojos estos empezaron a hacer sus sonidos característicos. De repente aquella se cerró, alguien puso una piedra muy grande en la entrada Era Eric, me gritó:

“Yo sé lo que tú eres, yo no sé lo que soy. Me parece que lo mejor es que te quedes aquí, sufres mucho. Ten estas monedas” Y me las arrojó.

Las tomé y cada una tenía la cara de mis hermanos, y las alas se abrieron, y mis animales se fusionaron en mí. Descubrí que esas alas formaban un capullo, pero no sé para qué. Escribí esto con mis uñas y espero que si lo descubres no abras mi capullo, déjame descansar, pues lo que salga de esto no te hará despertar de tu letargo intelectual. Me declaro ante la vida como un cínico, espero mis hermanos no se contengan; exploten. Yo les represento a ustedes, yo soy ustedes. Tienen que acabarse, duerman como yo.

 *Campeche. San Francisco de Campeche.

México.

**Foto tomada por el autor.

 

Categorías: Voz y verbo

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