SOBRE LA COSECHA DEL UNIVERSO INTERIOR
Marina Plotzki*


 

 

El corazón se acelera. El pecho manda una vibración por todo el cuerpo. Los pies se tornan inquietos, hormigas invaden los dedos, se encuentran las neuronas y los químicos y se mezclan en la sangre hasta que por fin los pensamientos se fusionan. La fuerza unida exprime al espacio vacío como si fuera un limón verde y fresco. Su jugo dulce, ácido y amargo, gotea desde la subconsciencia y viaja por el laberinto del cerebro hasta llegar al reino despierto, a la consciencia. El hilo de lo desconocido se une por un instante con lo que ya se sabe y algo nuevo nace: ¡Una idea!

Ese Big Bang trae un equipaje pesado de imágenes, olores, posibilidades, pensamientos y problemas. La mente se parece a un universo, expandiéndose en todas las direcciones posibles. Todo está allí, esperando con los brazos abiertos. El creador solo tiene que estirar la mano y coger lo que quiere. Coge una nube de las neblinas azules de la psicología, un mordisco jugoso de las bellas artes, una pequeña piedra de la pirámide de las matemáticas, un vaso de física y una respiración llena de filosofía.

Y mientras que la mente se divierte con sus nuevos encuentros, su lado oscuro construye paredes altas alrededor. Paredes de preguntas, dudas, críticas y problemas que finalmente encogen al universo interior, consumen el espacio vacío y todo el aire hasta envolverse por completo en un capullo. La incubación empieza, la fase pasiva, el silencio y el estricto papeleo. Una hoja tras otra se llena con preguntas, soluciones y primeros bocetos. Muchos de ellos no llegarán hasta el final. Cada inicio que se descarta quita más aire del espacio reducido. El cerebro se cansa, quiere volar, quiere huir, quiere respirar de nuevo, pero se siente atraído con tal intransigencia hacia su creación, que sigue hasta lograr darle una forma o vaporizarse. El tiempo pasa y un desequilibrio tóxico invade al creador, quien se confronta ahora no sólo con un ejército de preguntas, sino también con él mismo.

“¿Estoy perdiendo mi tiempo? ¿Me llevará a algo? ¿Sirvo para esto? ¿Será que le va a gustar a alguien? ¿A mí?” Y si no se abandona el proyecto tras esas preguntas intrigantes, aquí llegó el momento de arriesgarse a confiar.
El cerebro, agarrándose insanamente a su creación, puede pasar horas, semanas o incluso años dentro de su capullo. Pero un día, con el desmayo y el cansancio detrás de la mirada, podrá verla por primera vez en la luz del sol. Es hermosa, especial y perfecta. Se fue construyendo con mucho amor y cada piedra se puso y se quitó con atención minuciosa. El sudor corre por su cara y en la sombra de un árbol, en pleno verano, el creador se queda dormido con su hijo en brazos.

Pero no vayan a pensar que ése era el final, aunque eso sí: una muerte repentina siempre está cerca. En la próxima fase, ya con más energía, entra en acción todo el resto del cuerpo. Él es la conexión que tiene el mundo mental con el físico. Solo a través del cuerpo logra el creador darle una forma a lo abstracto, compartiendo lo que cocina en su nido de razón y emoción. Se deben planear los pasos a seguir, porque tanto la mente como el cuerpo tienen sus momentos de rebeldía y sus necesidades. Hay cuerpos que, para funcionar al máximo, tienen que relajarse con el humo de un cigarrillo cada dos horas. Hay mentes que solo pueden trabajar bajo estrés o en la luz tímida de la madrugada. Algunos duermen mucho, otros critican más fuerte, varios se distraen con facilidad. Y así, el “yo mismo” será de nuevo el peor enemigo del creador. Él debe encontrar la medida exacta entre planear y dejar fluir, entre controlar a su hijo y dejar que encuentre su propio camino. Tiene que balancearse entre procrastinar y asfixiarse con trabajo. Por último, necesita tener la paciencia para no saltarse ningún paso.

Juntos pasan por desiertos interminables y tormentas aterradoras, siempre con la visión de crecer. Y cuando haya evolucionado lo suficiente, empieza la parte más difícil para esa pequeña idea que era hace tantos kilómetros la crítica. Ella abre y cierra todas las puertas que definen el siguiente camino -el cual por cierto no puede avanzar más desde ese momento sin la compañía de otros-. Entonces, los primeros testigos se eligen con precaución y confianza, porque no cualquier persona es apta para dar una crítica constructiva y no todos deambulan por los mismos cuartos como el creador.

Sin saber de dónde salió, pero con la ayuda de muchos aliados, llega el creador a las tierras prometidas, un mundo que únicamente existe porque él creía que sí. Porque él logró ver donde todavía no hubo nada.
Entonces, queridos compañeros aventureros, físicos, creadores, psicólogos, productores, artistas de la vida, ¿no es acaso esa montaña rusa entre triunfo y fracaso lo que nos envuelve en ese dulce trance adictivo que nos obsequia un sentido?

*Marina Plotzki

Texto e ilustraciones
http://cocozanahoria.wix.com/creative-workbench

Categorías: Voz y verbo

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