Zazen

(Salomé Wolosky)*

Todo punto seguido cree por un instante ser el punto final. Eso y un montón de frases más leí en los sobres de azúcar mientras esperaba que Maia viniera. Pese a que soy demasiado impaciente y ella lo sabe, me hace esperarla igual que a un trámite burocrático. Llegó, y como si no hubiera demora ninguna, me saludó con una sonrisa semejante a la del día en que nos conocimos, cuando comenzábamos la facultad.

Te fuiste a la India, qué copado, me dijo, contame. Mientras narraba lo que para mí era significativo, lo que ya le había dicho a todo el mundo, me interrumpió para señalarme:

-¡Seguro estás a full con la meditación! Seguro que el aire de la India te lleva para esos lados, ¿no?

No era el aire precisamente, ya que dependiendo de las zonas, en las ciudades que recorrí, el aire estaba en extremo viciado, turbio. Pero ciertamente el peso que tiene la religión, la alimentación y la cultura oriental, influyeron para que yo, que siempre creí que la meditación era asunto de mujeres ricas al pedo, comenzara a interesarme.

No bien llegada de la India había intentado meditar en casa, veinte minutos por día eran suficientes para encontrar cierta tranquilidad, nunca el Nirvana. Una cosa viene atada a la otra, así que al tiempo sentí la inquietud de practicar yoga. A veces las ideas están buenas cuando se encuentra el lugar indicado para realizarlas. Elegí para comenzar una fundación que queda en el barrio de Palermo. Dejé de ir a los dos meses después de aguantar algunos comentarios despectivos de mis compañeros, que iban desde “tengan cuidado cuando salgan porque hay mucho cartonero dando vuelta” a “qué se cree esta Presidenta Cristina, esto no es un comunismo”.

Indudablemente, el lugar a veces hace la diferencia y yo, que siempre estoy cazando excusas al vuelo, no pude con mi mal genio. Si bien el yoga apunta a la integración del alma con el cuerpo para unirlos y lograr la liberación del espíritu, lo cierto es que el agua y el aceite no se mezclan, por eso los caretas que hacían yoga en Palermo y yo, no teníamos nada que ver.

Tras mi desafortunado acercamiento a las prácticas orientales, en medio de tanta comida chatarra, ganar dinero para comprar felicidad falsa y ese apuro por llegar a ningún lado, fui dejando mi aspiración zen. Cuando ya ni siquiera me acordaba de lo que era el tofu, me encontré con Maia en aquel bar. Entre frases de sobrecitos de azúcar, hizo una revelación que cambiaría mi vida o no tanto. Estábamos terminando la charla y me dijo:

-Che, ¿probaste con el Vipassana?

Hablaba como si se tratara de una nueva dieta, una fórmula, pero en este caso no para bajar de peso sino para cambiar de vida; un poquito más complicado. Me insistió:

-tenés que hacer Vipassana.

-¿Y qué es?, le pregunté incrédula.

-Hacelo boluda, son diez días de meditación. Vas a una quinta que está en Mercedes, separan a los hombres de las mujeres. Sólo meditar, te dan de comer y es gratis.

Mientras iba relatando lo maravilloso de ese mundo, desconocido para mí, comencé a prestar más atención. Como ya nos teníamos que ir, me escribió en un papel en mayúsculas VIPASSANA, me lo dio y dijo:

-Buscalo en internet, ahí te explica todo.

Una vez en casa, fui directo a la computadora para saber de qué se trataba. Como me contó Maia, era una experiencia ancestral en Oriente. En la página de internet decía que te enseñan a meditar, te dan alojamiento, comida, tenés que estar en silencio durante diez días y una vez que uno termina el curso aporta económicamente lo que quiere. Esa noche me dediqué a buscar todo lo referente al Vipassana, lo positivo y lo no tanto. Más que nada, como me sonaba medio a secta, no quería caer en algún lugar como los que cada tanto muestran en la tele, donde se visten con  túnicas blancas o naranjas y al final resulta todo una fachada  para sacarte plata,  planear un suicidio masivo o, en el peor de los casos, es una red de trata.

Leí hasta convencerme de que el Vipassana era lo mío. Con probar no se pierde nada, eso pensaba. Como sólo duraba diez días, arreglé mis asuntos, desde con quién dejar a los perros, hasta las cuestiones de trabajo. Solamente dos personas sabían de mi futura aventura oriental, Silvia, que en cuanto le conté, me dijo:

-Vos estás loca, pero si tenés ganas hacelo, yo estoy con vos, siempre.

Y Malena, que me conocía hacía dos semanas y ya se iba enterando de lo que implicaba tener una relación conmigo.

Mi deseo por la meditación era fuerte, aunque cuando hice las cuentas y me percaté de que la fecha de ingreso al curso iba a coincidir con mi indisposición, dudé. Si Buda fuera mujer, entendería.

Conduje desde mi casa hasta Mercedes. Había leído que en Vipassana son muy estrictos con algunas reglas, como por ejemplo la comida, así que bajé en la última estación de servicio antes de llegar a la quinta. Desayuné, almorcé y cené, todo en uno, por las dudas.                      Me angustia pensar en sufrir hambre.

Llegué al lugar, nos juntaron a todos en un galpón donde nos sirvieron té y nada más. Era una charla explicativa, la última posibilidad de hablar. Después de sacarnos todas las dudas, el silencio prevalecería hasta finalizar el curso. Separaron a las mujeres de los hombres, parece que la heterosexualidad influye de forma negativa a la hora de meditar. Muy diferente de la homosexualidad, ya que a mí me alojaron con otras cincuenta mujeres y a nadie pareció importarle.

A la media hora de estar en nuestras camas, con un golpe de gong se nos indicó que teníamos que ir al galpón donde se meditaba. La primera ronda de zazen duró tres horas. Parecía sencillo, te ubicas en la posición de loto, erguís la espalda y tratas de escuchar la respiración o mirarte la nariz despojándote de los pensamientos. Veinte minutos después, me quería volver a mi casa. Me dolía la cintura, además la meditación iba acompañada por una voz en hindi de uno de los maestros del Vipassana que se llamaba Goenka, traducida simultáneamente al español, que era Insufrible.

Cuando uno medita el tiempo es eterno, pasa más despacio. Muy diferente a cuando miramos una película o hacés cualquier otra cosa.

Logré sobrevivir durante el tiempo que duró la sesión y lo intenté, pero los pensamientos me abrumaban. Respiré aliviada cuando volvimos a las habitaciones; a la cama, que era una colchoneta. Las comodidades tampoco favorecen la iluminación del espíritu. Cuando estaba consiguiendo distenderme a la media hora de estar recostada, ocurrió lo impensado: Volvió a sonar el gong. No podía ser, debería de haber alguna equivocación, pero no. Otra vez me esperaban tres nuevas horas de meditación.

Volví a empezar, pese a que resurgieron los achaques y se agregaron dolores por la posición a la que no estaba acostumbrada y además, se sumaba el hambre. Después de la tortura que me significó meditar tantas horas seguidas, descubrí que íbamos a cenar. Sólo daban treinta minutos para cualquiera de las comidas. Así que apuré el paso. Al llegar, formé fila en silencio, me dieron un plato de sopa y un pan. Era sábado y al terminar el austero alimento, a las veinte exactas, lo planeado era que estuviéramos soñando.

No pude dormir, pero no fue problema porque a las tres de la mañana nuevamente el gong, que a esa altura odiaba más que a mi propia vida, sonó anunciando el regreso de la meditación, y de todo lo demás.

No recuerdo cual fue el instante en el que tuve el pensamiento más lúcido desde que nací, pero después de tres horas intentando encontrar una posición para sentarme que no doliera, me dije: me voy a la mierda. Dudé, todas las mujeres a mi alrededor parecían serenas, sin conflicto, en camino hacia el Nirvana. Y mi superyó hostigaba: si éstas pueden, vos tenés que poder. Se equivocaba.

Lo volví a intentar. Medité hasta la hora del desayuno, en la que nos sirvieron dos bollos de pan, algunas mermeladas caseras y té. Luego de eso, siguieron quince minutos libres, en los cuales podíamos caminar por el parque y conectarnos con la naturaleza. Mientras algunas de mis compañeras abrazaban a los árboles, otras parecían entablar cierto dialogo con las plantas: yo me recosté en el pasto para hacer la siesta que me llevaría a mi propio Nirvana. Pasaron los breves quince minutos y sonó el gong. Me levanté, era domingo, fui hacia el galpón donde nos habían recibido y a la primera persona que vi pasar, le dije:

-Quiero mis documentos y la billetera, me voy.

Por cuestiones de seguridad, antes de ingresar, nos hacían dejar las cosas de valor en la recepción.

Trataron de disuadirme explicándome que la meditación es un camino sinuoso, pero no imposible, que me iba a adaptar, que todo era cuestión de paciencia. No quise escuchar demasiado, estaba segura, no iba a soportar un segundo más meditando. Llamaron a la persona de mayor autoridad, ella se encargaría de hacerme entrar en razón. Llegó casi levitando, vistiendo una túnica naranja, totalmente rapada y con una tranquilidad que me desbordaba. Sonrió piadosa. Cuando intentó conversar, yo, con todo el ímpetu y la furia que a veces me caracterizan, le gruñí:

-No hay nada que puedas decirme, ya lo decidí, quiero mis cosas, me voy.

Ella, muy receptiva, le pidió a otra chica que estaba por ahí que me trajera mis pertenencias. No saludé a mis compañeras, no había nadie, todas estaban meditando. Subí al auto y manejé sin pensar. No levité, pero casi salí volando.

Mientras dejaba atrás la quinta de Mercedes, recordé unas palabras que me había dicho Silvia: Cualquier cosa que pase, vas para casa. Ella vive en Lujan, a unos kilómetros de donde yo estaba. La llamé por teléfono, le dije simplemente que me había ido y me contestó:

-Venité y tomamos unos mates.

Fui lo más rápido que pude, pero antes pasé por la panadería y compré una docena de facturas con churros incluidos. Estaba tranquila, aunque muy avergonzada. No poder duele. Llegué a lo de Silvia triste, pero en cuanto nos sentamos y le conté, ella, como siempre, me mostró el otro lado, el que me hace sentir menos mal.  Me insistió para quedarme, pero yo quería volver, hablar con Malena, que era lo que más vergüenza me daba. Hacía dos semanas que la conocía, estábamos en los primeros momentos de descubrirnos, no quería mostrar tanta debilidad, siempre prefiero impresionar que dejar una imagen triste. La llamé por teléfono, ella pensó que había metido el celular en el curso clandestinamente para poder comunicarme. Le conté todo. Vino para casa y si faltaba alivio, llegó con ella.

Cuando estuve sola con mis perros y mis comodidades, me sentí muy frustrada. Pasaron algunas semanas y un sábado por la noche volví a encontrarme con Maia en un boliche. Me dio vergüenza acercarme, aunque intenté disimular nos cruzamos y me saludó como siempre. En medio del griterío, la música, le dije dándole una explicación que no pidió, que había fracasado. Ella me miró sin saber de qué hablaba, hasta que volví a acercarme y le dije:

-Lo del Vipassana, te felicito, realmente es difícil, yo no pude.

Entonces me mostró otra sonrisa, como las de siempre, se acercó y me dijo susurrándome al oído:

-Boluda, yo ni siquiera lo intenté, a mí me lo contó una conocida.

 

* Salomé Wolosky

socwol10@hotmail.com

Ilustración: Hexico, holahexico@gmail.com.

Categorías: Voz y verbo

2 commentarios

Hilda Guerra · 17 febrero, 2016 a las 9:57 am

Me gusta mucho, bien narrada la experiencia y un final que puede ser previsible y para nada golpe bajo

Belen · 14 mayo, 2016 a las 7:11 am

Muy bueno Salo! Lo intentaste. .eso es genial. ABRAZO!

Deja un comentario

A %d blogueros les gusta esto: