Tomás Rincón*

(Texto completo)

Anhelo de un desterrado

Desearía ser la luz en la cima de aquella montaña. Recuerdo la última vez que pisé suelo campesino. En la escuela se respiraba el olor a chicha y sudor. Generalmente se celebraban las festividades en las escuelas de las veredas. Varias generaciones crecieron al son del chocato y torbellino. Eso sí, buen bailao. De lo contrario nunca hubiera flechao tantas caribonitas de chino. Berraca escuela, tantos años vividos allí. Bien vividos. Estelita apareció en uno de ellos. Detrás de un potrero la conocí, tallando árboles con una navaja. Y era que la muchachita disfrutaba de la compañía de ellos. ¿Qué verán en ellos? Ella me dijo un día, que interrumpí su tarea, un secreto. A eso de las tres de la madrugada, dijo ver cómo la noche estrellada reflejaba la luz en la vereda. Hectáreas por montones se iluminaron con Orión aquella madrugada. El pasto muy bonito se veía. Pero eso no la atrajo demasiado, más bien atendió a la copa del árbol donde recostada estaba. Sorprendida, estiraba la trompa hacia arriba, señalándole las sombras que cobraban vida a su amiga imaginaria. Estelita y su cara de sorpresa. Esa misma cara puso al decirle que por orden directa del comandante Pérez, nos iríamos a Bucaramanga. La orden más que provenir de las AUC, venía de parte de la guerrilla y del Estado. Nos desterraron esos fusiles y ni sabíamos por qué se daban bala. O sí sabíamos. Pero lo que no conocíamos era por qué tanto tiempo lanzándose granadas de aquí para allá. Y uno tranquilo, sembrando y recogiendo. Viendo las noches estrelladas de Estelita. Moviendo el jopo de aquí para allá, alentao por anís del bueno, de esos que las empresas que vinieron de arriba ya no producen.

En fin, tanta parafernalia por unas tierras que a la larga con coca llenaron. Que desperdicio de suelo. Ni una chocita construyeron. Sólo laboratorios y sembríos de amapola. Unas cuantas cabezas de ganado pa’ comer y puro monte pelao. Así se sostenía la compañía de Pérez, fiel reflejo de otras veredas del país. Así fue, como por dictamen de la guerra llegamos desplazados a Bucaramanga. Tierra bonita, fría y verde. Claro, la vista que tenía al llegar, porque ahora sin quitarle lo bonita, queda en entre dicho lo fría. Calor el que hace cuando no llueve. Insoportable sin un ventilador. Maldita la vida del pobre. La herencia preciada en manos de matones y la única que queda pa’ estos climas no sirve: una ruana colgada en la pared de la habitación. Mi nono me la regaló al despedirse de mí en la noche que partimos de la tierrita. “De la casa de mi abuelo no me saca ese tal Pérez ni nadie”, fueron las últimas palabras que escuché de él. Después del alboroto y la pataleta de Alcibíades, Carmina -mi abuela- salió junto a él y nos despidieron desde la distancia con un movimiento de manos, alzando el machete el viejo. Esa imagen es otro recuerdo revivido al ver aquella luz en la montaña. Allá ha de estar Alcibiades y Carmina aguardando el rocío matutino. El rocío que queda de la nube de glifosato con las que el gobierno extermina los cultivos de narcos. El glifosato quema la papita, la cebolla y hasta daño le hace a las gallinas. Por todas partes bombardean las finquitas. Ya ni con balas se conforman.

Siento la mano de Estelita en mi hombro al notar sorprendida que dirijo mi mirada con ahínco a la montaña. Me dice que eran otros tiempos y que me concentre en el pedido, que ahí viene el supervisor y no quiere problemas después de la última vez que encaré a un socio por hijueputa, por lacayo de la empresa. Y es que él distinguido caballero no afirmó otra cosa, sino que “a los campesinos se les estaba demorando la salida del Sisben”. Vida puerca la de ese señor. Tantas penas que padece una persona pa’ que la atiendan en la EPS. Y que la tienen ahí cerquita, a 5 km como máximo. Vaya enférmese por allá haber sino toca salir en pura al municipio. Llega uno y – Mucho gusto. ¿Cómo está? – Mal, tos seca y amarilla la piel. – ¿No es simple gripa? Ve las ronchas el doc. y lo que exclama es “¡Glifosato!”. Vida puerca la del campo. Pero antes no era así, antes de llegar los españoles contaba mi abuelita Carmina, los nativos paseaban de aquí pa’ allá en bola. Maíz pelao no sobraba y animales corrían con los niños.  Sacrificios no faltaban, como en todo pueblo. Ahora sacrifican a las reses más gordas y nadie dice nada. Y si dicen, lo dicen aquellos como el prestigioso señor, sin saber qué es lo que pasa allá arriba. Sin pisar alguna vez el suelo que da de comer a las personas en el campo. Y el suelo del que los pollos comen el concentrado.

Estelita se ríe al ver mi rostro cuando le justifico de nuevo que el golpe se lo merecía, pero como agredirlo con mis puños no podía – me hubiera ido de bruces hasta dejarlo inconsciente, le lancé un hueso de pollo del plato que sostenía en la mano. Estelita, bella estrellita. Ella me acompaña en esta ciudad soportando los achaques diarios. Nada sencillo para nosotros dejar el machete y la pica, pa’ agarrar el charol y la comanda. Así es, salimos por mandato ajeno y llegamos a tierra próspera, pero no por la tierra y la lluvia, sino por el ladrillo y la codicia. Aún le digo a Estelita que puede ser, que por qué no algún día se cumpla el deseo que me surge al ver aquella luz en la cima de esa montaña.

 

*Brayan Styven Rey Guerrero
Estudiante de Economía.
Universidad Industrial de Santander (UIS)

Pintura: Lidia Stef

Categorías: Voz y verbo

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