Diana Marcela Mantilla*

(Texto completo)

El rolo

A la provincia de Guanentá, más exactamente a San Gil, un pueblo cercano al Cañón del Chicamocha, llegó “El Rolo”, un joven de ojos marrones que viajó desde Bogotá en busca del calor santandereano y el reencuentro con familiares lejanos.

El acento bogotano le imprimía un aire distinguido. La voz suave, de “rolo”, de “gomelo”, emocionaba a las adolescentes a las que empezó a parecerles malsonante el acento golpeado de sus amigos. Los jóvenes mostraron el descontento por los desaires hacia ellos, por el menosprecio que recibían frente al intruso, al que las muchachas le celebraban todas las pendejadas, incluidas las groserías.

Su cuerpo delgado y tonificado las hizo fantasear con que se trataba de un cantante, de un actor prometedor, de un prodigio para las artes.

Los hombres se encolerizaron. Las comparaciones de sus novias y amigas les resultaban desagradables. Ahora ellas les criticaban las vestimentas informales, las creían demasiado calentanas, y les exigían que utilizaran pantalones en lugar de bermudas, que botaran las camisetas y compraran camisas de manga larga para que las remangaran hasta los codos, como el Rolo. Alababan los mocasines, despreciaban las sandalias. Para los hombres del grupo, el Rolo significaba un peligro que no podían ignorar.

Su primo, más de sangre que de sentimiento, lo invitó a los partidos de fútbol, a los que las muchachas asistían sin falta. Imploraban porque los minutos transcurrieran más de prisa y el Rolo se arrancara la camiseta sudorosa para que el torso marcado quedara al descubierto. Él sabía que lo admiraban. Caminaba con el pecho erguido, prolongando la espera de las muchachas y su ansiedad.

-¡Rolo marica! ¡Tenemos que hacer algo! –dijo Lucas después de que lo descubrió acariciándole el pelo a su novia, Natalia.

-Tampoco es para tanto –dijo Alberto, el primo del Rolo.

-Claro que sí. ¡Alberto, su primo invitó a su novia a comer helados mientras usted nadaba! Le pasaba el brazo sobre el hombro. Paola se zafó con disimulo las dos primeras veces, luego accedió a que la abrazara –le contó Lucas mientras saboreaba una Kola Hipinto.

-¿Pasó algo más?

-Pregúntele a ella. Tuve que irme.

-A todas les coquetea –dijo Manuel. Rafa está invitando a salir a Paula y ella prefirió irse a cine con su primo, lo dejó metido.

En el partido siguiente, la pierna de Lucas se estiró y con una zancadilla “inocente” le dislocó la rótula al forastero. Se tiró al piso en posición fetal y se apretaba la pierna al tiempo que se balanceaba de un lado para otro. Con la ayuda de uno de sus compañeros, salió de la cancha directo al hospital en donde le pusieron una férula alrededor de la rodilla, con lo cual, le quedaron vetados los partidos de fútbol.

Ya no se lucía en la cancha, se sentaba junto a las muchachas en la tribuna para apoyar al grupo al que creía pertenecer. Si ganaban los partidos, se quitaba la camisa y con el brazo elevado la hacía girar. Teniéndolo tan cerca, las jóvenes se desconcentraban y apenas miraban hacia la cancha. Las entretenía con sus historias e invitaciones a la capital.

A pesar de su resistencia y molestia iniciales, los jóvenes empezaron a acudir a las fiestas con camisas de manga larga, atentos a los materiales y colores que el Rolo lucía. Cuando sus prendas se apreciaban de mejor calidad, se molestaban y pensaban en la necesidad de adquirir otras, de marcas mejores y más reconocidas. El Rolo no notaba su influencia, apesadumbrado, como estaba, por no poder bailar con sus amigas. Así que se sentaba junto a ellas, se sobaba la pierna al tiempo que fruncía el ceño, para que le preguntaran por la evolución de la lesión. Sus quejidos, mayores que el verdadero dolor, las enternecían, al punto que accedían a acompañarlo a ver películas en casa de sus tíos.

Los años de posicionamiento masculino en el gremio femenino, se quebrantaron por la incómoda presencia del forastero. Por más primo que fuera de un miembro del grupo, la voz peripuesta y la cara rosadita, junto al cuerpo atlético, se convirtieron en una amenaza para las aspiraciones seductoras que ellos tenían.

-A este man toca darle una muenda -dijo Lucas con la cara enrojecida.

Los muchachos accedieron a la propuesta azuzados por el recuerdo de los toqueteos e invitaciones que el Rolo hacía a sus novias y amigas. Sin embargo, no todos creyeron que se llevaría a cabo, como tantos planes frente a los que se pierde el entusiasmo tras apelar a la sensatez y el pragmatismo.

Organizaron una noche de guitarras en la finca de Manuel, ubicada a veinte minutos del pueblo. Se sentaron cerca del puente colgante, al que le faltaban tablas y se balanceaba a cada paso de los campesinos que aún lo empleaban. Hubo canto, baile y bebida, como era de esperarse. Cuando Lucas, con un gesto, los hizo percatarse de que sus amigas estaban sentadas alrededor del forastero, embelesadas contemplándolo, y compitiendo por su atención, como si se tratara de un personaje importante, de un ser supremo, otro gesto bastó para que quedara claro que el plan seguía en marcha. El Rolo había estado regalándoles a las muchachas florecillas que arrancaba del pasto y piedras insignificantes, “como símbolo de amistad”. El primo y Lucas observaron con enojo que sus novias también habían recibido emocionadas los obsequios y los habían guardado con cuidado.

Bebieron aguardiente, contaron historias de miedo, metieron los pies en el agua helada de la quebrada hasta la medianoche, cuando las muchachas se marcharon en el carro de Natalia, la novia de Lucas. Los chicos permanecieron en la finca. La soledad del terreno, el estado efervescente de la noche y el licor se juntaron para finalizar las molestias causadas por el Rolo y su atrevimiento.

-Crucemos el puente –propuso Rafa. Las chicas son nerviosas, ahora que no están, podemos correr hasta el otro lado.

Las pisadas causaban movimientos bruscos. A medio camino, se detuvieron y Lucas dijo:

-Oiga, Rolo: imagínese que esta esquina es San Gil y la otra es Bogotá. En este momento usted está en medio de las dos. -el Rolo, medio ebrio, se quedó mirándolo atontado, sin comprender el comentario.

-Vaya para allá: ese es su lado. Y cuando le den ganas de regresar recuerde este puente: cuelga, es inestable y, si todos saltáramos con fuerza desde las puntas, las tablas caerían a pedazos. Qué feo sería estar en medio sin poder avanzar ni devolverse.

-No se caería tan fácil –respondió el Rolo desafiante.

Manuel le dio un puño en la espalda que lo hizo perder el equilibrio y lo obligó a sentarse. Los demás se devolvieron y empezaron a saltar, a zarandear el puente y a cantar: “¡se va a caer! ¡se va a caer!”

-¡Paren ya! –gritó, pálido, el Rolo, aferrado con las manos a las tablas. Las venas de las muñecas se le brotaron, producto de la fuerza y la desesperación que aplicaba para no caerse del puente.

El sonido del agua chocando contra las piedras le pareció descomunal, aunque la penumbra se había hecho casi total y, a través de los huecos en los que antes existieron tablas, no se veía sino negrura: abismo infinito. También percibió la risa de los que creyó sus amigos y el canto persistente de los grillos, atrás, en el descampado, en tierra firme: era el canto del adiós.

Los muchachos regresaron al centro del puente, lo tomaron de los brazos para que se virara y caminara por sus propios medios. El Rolo estaba aterrado. Lo devolvieron al extremo “San Gil”. Una vez en tierra firme, el desterrado de un empujón, tiró a su primo al piso. Los demás reaccionaron de inmediato y lo golpearon repetidas veces en el estómago y en la cara. El Rolo, apabullado y herido en su orgullo, se levantó con dificultad. En sus ojos enrojecidos se mezclaron la amenaza de llanto y el odio.

-Para que aprenda a no meterse con las hembras de los demás. Váyase de vacaciones a otra parte –le gritó Lucas.

Lo subieron a la camioneta y lo sentaron en la parte trasera, junto al primo, al lado de la ventana. El Rolo mantuvo la mirada hacia ella, a pesar de que el paisaje estaba escondido tras la negrura. Solo esperaba que no se le aflojara ninguna lágrima.

Al otro día se regresó a Bogotá, a su orilla. De vez en cuando recordaba el puente, a las mujeres hermosas, los paisajes montañosos. Pero nunca volvió.

En ausencia del Rolo, los muchachos recobraron la atención de sus amigas. Ellas volvieron a admirar las voces fuertes, con acento santandereano, sin que esto significara que se habían olvidado del Rolo. Lo mencionaban en las fiestas y partidos de fútbol. Los hombres del pueblo, también lo tenían presente. Cuando ellas lo mencionaban, casi siempre con tono de nostalgia, brindaban por él con las copas desbordadas de aguardiente “Superior”: “¡Por el Rolo marica!”.

 

*Diana Marcela Mantilla, San Gil (Santander)

Abogada ambientalista

Realizó estudios de creación literaria en Tintababelia

Imagen tomada de:

Puente de San Gil

Categorías: Voz y verbo

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