Miguel Ángel Guerrero Ramos*

(Texto completo)

Ponencia presentada por: Miguel Ángel Guerrero Ramos

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La psicología de la seducción. El juego seductor como liberador pulsional y como resistencia alternativa desde la literatura

 

La praxis del juego seductor

 

De acuerdo con teóricos y expertos en teoría literaria como Ana María Amar Sánchez (2000), vivimos en una época en la cual los nuevos textos que surgen en el día a día buscan principalmente seducir al lector. Buscan sumergir al lector en un juego seductor que suele apelar al encanto y a la diversión (Amar Sánchez, 2000). Buscan conquistar y cautivar y en ocasiones incluso sugestionar lo más profundo del espíritu, en una relación en la cual el seducido presta de forma más o menos cabal su consentimiento. Pues bien, en lo que atañe a este consentimiento, a este participar en las estructuras siempre sinuosas de la seducción, debemos decir que el seducido no necesariamente cumple siempre un papel pasivo tal cual como muchos críticos de la llamada cultura de masas lo han querido hacer ver. Al respecto, recordemos lo que dice Ernesto Laclau (1993) sobre la representación, es decir, que la esencia misma de ella como proceso exige que el representante, en este caso el lector de una obra, contribuya a la identidad de lo representado. De esta forma, bien podemos introducir la idea de que quien participa de un juego seductor, al liberar sus pulsiones y sus deseos, bien puede estar participando, dependiendo desde luego de la persona y de la obra en cuestión, de una forma de resistencia, de lucha e incluso de reivindicación ante el sistema y sus códigos culturales más represivos. Liberar el deseo puede llegar a ser, por tanto, una forma de dar cabida a una praxis no solo creativa sino contra hegemónica. Una praxis que no busque consensos sino trasgredir o romper con códigos culturales simbólicamente transformados a lo largo del tiempo y el devenir de las sociedades en moral social.

 

Seducir con la palabra es, en este marco de ideas, un tipo de acción que no solo debe estar catalogado dentro de aquellas formas desacralizadas de hacer arte por medio de ciertos procesos técnicos, en términos de Walter Benjamin (1989). Procesos técnicos que hacen masivas las repeticiones y todas aquellas características que carecen de una verdadera autenticidad dentro de una obra y que sí podemos encontrar en cambio en la versión original de la misma. Procesos, que, cabe recordar, para algunos autores constituyen un eslabón democrático en cuanto acerca a las personas al arte mientras que para otros autores y analistas, llamados apocalípticos por Umberto Eco (1965), deshumanizan y alienan a las personas y al arte mismo. La idea de este texto, en este orden de ideas, es que la praxis del juego seductor no se remite únicamente a la experiencia de reproducir repeticiones. Es una praxis que puede romper con esquemas morales que reproducen formas de exclusión y represión, a causa de sus mismas dinámicas de querer llamar la atención, de querer cautivar y sugestionar y con ello, a su vez, de ser en ocasiones trasgresora. En lo que atañe a esto, recordemos que una de las mayores formas de represión es la represión sexual. Es esta, desde luego, una de las más fuertes y frecuentes formas de represión dentro de la psicología del individuo. Recordemos lo que al respecto nos dice Erich Fromm, es decir:

 

El esfuerzo por suprimir la sexualidad estaría más allá de nuestra comprensión si sólo se tratara de sexo como tal. Sin embargo, no se difama al sexo por el sexo mismo, sino para quebrantar la voluntad humana. Sin embargo, en muchas sociedades llamadas primitivas no hay tabúes sexuales. Funcionan sin explotación ni dominio, porque no tienen que quebrantar la voluntad del individuo. Pueden darse el lujo de no estigmatizar el sexo y de gozar el placer de las relaciones sexuales sin remordimientos. Lo más notable de etas sociedades es que la libertad sexual no produce codicia sexual (…). El deseo sexual es una expresión de independencia que aparece muy pronto en la vida. Repudiarlo sirve para quebrantar la voluntad del niño, hacer que se sienta culpable, y volverlo más sumiso (Fromm, 1978, p, 96).

 

Así, seducir podría llegar a ser una forma de romper con la sumisión que culturalmente nos han inculcado desde niños. Una forma en realidad sencilla, no olvidemos que la sociedad no sólo reprime al individuo desde su sexualidad, sino que además coloca trabas para que no se lleve a cabo dicha liberación. Una de esas trabas es desde luego el sentimiento de culpa y de pecado (Fromm, 1978), un sentimiento del cual por fortuna nos podemos desprender más fácilmente en el texto escrito que en las interacciones cotidianas con otras personas donde muy a menudo hay responsabilidades y obligaciones y una mirada moral que puede acusar.

 

¿Por qué hablar de la seducción y el cumplimiento del deseo como ruptura y resistencia?

 

Hemos hablado del juego seductor como praxis trasgresora y de resistencia ante aquellos códigos culturales que persiguen la sumisión psíquica del individuo, pero poco hemos hablado del juego seductor en sí mismo. Pues bien, recordemos que para Baudrillard (citado por Amar Sánchez, 2000) la seducción es un juego estratégico destinado a posponer el cumplimiento del deseo, es como un espacio alterno de engaño y desengaño. Una idea muy similar a la que Simmel (2002) propuso en su tiempo para entender la coquetería, es decir, una promesa de seducción que nunca se cumple por entero. Así, tanto seducción como coquetería en estos dos autores son conceptos que se ubican más en la acción de su promesa que en la plena realización de su esencia. Pero más allá de ello, y no obstante a lo anterior, podemos hablar de la plena realización de la seducción en el deseo entendido este a la manera deleuziana. Podemos, de hecho, llegar a situar aquella plena realización del deseo y los sentidos, esa liberación pulsional, esa sugestión interna que se libera y alcanza el clímax o aquella esencia absoluta y previamente prometida por el aire de lo apetecible, dentro del mismo juego de la seducción.

 

El deseo de Guilles Deleuze, acabe recordar, es un deseo netamente nietzscheano, un deseo creador, una fuerza que desea autoafirmarse, que desea autoafirmar la vida, porque la verdad no es el objetivo del conocimiento como pretenden las ciencias y las ideologías hegemónicas y eurocéntricas, sino la vida en sí misma (Larrauri, 2014). Así, el deseo, para Deleuze, al afirmar la vida e ir más allá de los códigos y patrones culturales que la hacen sumisa, es una línea de fuga, es decir, una huida por la cual se abandona lo que se debía ser en pos de ir al encuentro de otras formas de creación, otras formas de pensamiento, otras formas de resistencia no sólo psíquica y personal sino social. Cabe aclarar que tanta potencia transgresora le da Deleuze al deseo que dice que este no puede representar nada (Deleuze y Guattari, 1978), como sostienen otros pensadores en este campo de ideas como por ejemplo Jaques Lacan. Sin embargo, para los fines de este texto nos mantendremos en la línea de que el deseo puede representar y moverse en representaciones sin que necesariamente pierda su potencia casi infinita. De forma que un lector puede llegar a participar de representaciones simbólicas, al mismo tiempo que se halla inmerso en el tranquilo solipsismo de darle forma imaginativa a la palabra escrita y codificada mientras libera sus pulsiones más internas y rampantes y mientras participa, a su vez, en el juego insaciable y siempre promisorio de la seducción.

 

De esta forma, dicen Deleuze y Félix Guattari, en los flujos de deseo hay un poder capaz de trastocar las estructuras de explotación y jerarquía, un poder capaz de entorpecer el sistema en cuanto que al autoafirmarse libera procesos desestructurantes que de una u otra forma atacan las formas de organización represivas (Deleuze y Guattari, 1978),  como lo son por ejemplo las formas represivas que actúan en torno al sexo. Eso sí, los flujos de deseo deben de liberarse de forma trasgresora, pero con respeto a la Otredad que permite incluso que el deseo pueda reconocerse a sí mismo como deseo.

 

La psicología de la seducción: reflexión desde mi quehacer literario

 

La anterior reflexión sobre la praxis trasgresora del juego seductor es producto no sólo de mi trabajo de indagación académica sino de escritura creativa a lo largo de varios años. A la fecha llevo varias novelas publicadas, algunas de ellas en varios idiomas. Conozco un poco el mundo burocrático en el cual se desenvuelven las letras. Por esas razones me he visto en varias oportunidades en la tarea siempre interesante de reflexionar, más que nada para mí mismo, sobre el mundo contemporáneo; un mundo que lastimosamente ofrece productos masivos a diestra y siniestra y con un interés netamente mercantil, y que además busca controlar las apetencias y las pasiones de los individuos, muchas veces colocándolos en una ilusoria burbuja de confort (Sloterdijk, 2007), para tenerlos, desde luego, bajo control. No obstante, creo que no todo es tan oscuro. Creo que el ser humano posee una chispa interna llena de vitalidad humana que de cuando en cuando tiende a desafiar aquellas estructuras que constriñen y desean atar las pasiones. Es así como creo que las recientes formas de aparición de literatura erótica para mujeres, o incluso de novela lésbica y homoerótica, por ejemplo, son formas de trasgredir aquellos patrones androcéntricos de poder que en antaño categorizaban el placer como un asunto masculino pero que aun así debía ser culturalmente reprimido.

 

Pero eso sí, no sólo en materia de sexo, también puede haber trasgresión en materia religiosa y trasgresión desde muchos otros ámbitos de la vida, y el hecho de que una obra se vuelva masiva no es necesariamente ello algo negativo, puesto que ayuda en alto grado a que dicha trasgresión subvierta valores y creencias. En mis obras en ocasiones trato de trasgredir ciertos valores, principalmente en materia religiosa. De esta forma en novelas como Cuando el demonio ama, trato de asociar el amor desde lo que podríamos llamar entrecomillas como “el mal”, asociar incluso el amor a la idea de demonio en cuanto representación simbólica. En Hasta que caiga la noche y nazca el apocalipsis, se encuentra una crítica a todas aquellas personas que en términos de moral religiosa se consideran salvos por ser “buenos”, o por considerarse “los elegidos”, precisamente por ser buenos. En La brisa en la que se desenvuelve el frenesí, en uno de sus capítulos, hago apología de una ocupación que en su tiempo los sectores más conservadores del país consideraban un delito, es decir, la ocupación de sembrador de hojas de coca. Esto a manera de ejemplo, puesto que es muy recurrente que en mis textos acuda a la idea del sexo y a escenas en las cuales se presenta el acto sexual de forma explícita, como forma de brindar esa seducción que el lector requiere, y a su vez, como forma de combatir tabúes. Como forma de ayudar a liberar pulsiones. Nuestros elementos cognitivos nos hacen humanos, pero puede que liberar nuestras pulsiones nos haga de cuando en cuando infinitamente uno con el universo.

 

 

Bibliografía:

Amar Sánchez, Ana María (2000), Juegos de seducción y traición. Literatura y cultura de masas. Beatriz Viterbo Editora. Buenos Aires.

Benjamín Walter (1989) [1936], La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica. Publicado en BENJAMIN, Walter Discursos Interrumpidos I, Taurus, Buenos Aires.

Deleuze, G y Guattari, F (1978), El Anti-Edipo, Capitalismo y esquizofrenia. Paidós, Barcelona.

Eco, Umberto (1965), [1964], Apocalípticos e integrados, estudio sobre la cultura popular y los medios de comunicación; Lumen, Barcelona.

Laclau, Ernesto (1993), Power and Representation. En: Politics, Theory and Contemporary Culture, editado por Mark Poster, Nueva York, Columbia University Press.

Larrauri, Maite (2014), El deseo según Guilles Deleuze. Editorial Tándem. España

Fromm, Erich (1978), [1957], ¿Tener o ser? Fondo de Cultura Económica. México D. F.

Simmel, Georg (2002), Sobre la aventura: ensayos de estética. Barcelona: Ediciones Península.

Sloterdijk, Peter, (2007), El Mundo Interior Del Capital: Para Una Teoría Filosófica de la Globalización, Editorial Siruela, Madrid.

 

Miguel Ángel Guerrero Ramos

Sociólogo de la Universidad Nacional de Colombia y escritor

Estudiante de la Maestría en Derechos Humanos – UPTC – Sede Bogotá.

 

Imagen tomada de:

El arte de enamorar

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Categorías: Catas y degustaciones

1 comentario

Mauricio Vargas · 13 noviembre, 2016 a las 7:19 pm

A este texto, a decir verdad, y con todo respeto, bien pueden serle útiles algunas téncinas de seducción que, de verdad, bien pueden contribuir a que despierte el deseo de seguir leyendo.

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