EL MERCENARIO

(Texto completo)

 

 Diego Valbuena*

 

Soy bueno encontrando gente pero soy mejor desapareciéndola. Todo es mucho más fácil en pueblos, abundan los potreros. Apenas me bajé de la flota conseguí un roto donde echar una cabeceada. El terminal es un lugar más bien precario; como diría Vallejo, unas pobres ruinas de lo poco que antes fue. Apenas unas horas antes estaba frente al mar, en esa playa de arena gruesa que corta entre los dedos. Trabajo es trabajo. Me llegó el sobre al apartado postal hace un mes. Así es más seguro para mí. Ciento cincuenta páginas. Me las leí en una noche y una madrugada. Un asco. Putas, coca, un cuarto del Decameron, bala y un amor no correspondido. ¡No me joda! Lo busqué, lo encontré y lo dejé ahí botado frente a su sucio mar. Solo un mensaje: no más realidad sucia. Si descubro parejitas inoportunas, me les acerco y les recomiendo que vuelvan a sus hoteles. Acá no ha pasado nada. Un Águila bien fría y chulito en la agenda. Luego, como a la semana, me llegó un sobre gordo, en buen estado a pesar del servicio postal, con una carta. Son seiscientas páginas, remuneración generosa, pedimos discreción, adjuntamos foto. Me encanta el correo tradicional. Lo electrónico le ha quitado la magia a la vida misma.

Sí, Doctor, es mi primera vez en Bogotá. No se preocupe, estoy acostumbrado a peores sitios. Ese al menos tiene agua caliente y no hay cucarachas. Bañarme y cambiarme porque el viaje por carretera fue como un lento suicidio que antes de acabar con usted le hace vomitar. No lo digo yo, lo dijo, y de mejor manera, San Roberto. Usted lo ha leído, yo sé, es usted un ilustrado. Abrí el paquete porque no me gusta leer en los buses. A este lo conozco. Cómo está de acabado, las cámaras le han robado el alma. Además de aparecer en televisión ahora escribe. Fui haciendo anotaciones al margen y señalando la desmesurada cantidad de errores ortográficos y sintácticos. Como no leen a Vallejo no recuerdan, no saben, Doctor, que el verbo en cualquiera de los dos números, cuando se antepone a varios sujetos que no son de persona, va en singular. Debió quedarse en el mundo de la actuación.

Y vea que en la mañana me sentí entusiasmado. La lectura de ese cartapacio fue exasperante pero me dio a entender que también acá en la capital hay garabateadores que merecen ser borrados. ¿Le conté cómo me inicié en este trabajo? Pida otras polas, Doctor, que para la palabra no hay afanes.

De niño en la primaria yo siempre izaba bandera pues era el que sabía deletrear mejor, era el que mejor conjugaba verbos, el que sabía dividir por dos cifras y era el que manoseaba más compañeritas. No me juzgue, Doctor, eran tiempos diferentes, ellas me buscaban para que les ayudara con la tarea de geografía o de español. Yo a cambio les pedía un besito y que me dejaran cogerles una pierna. No, Doctor, no había tetas, no sea tan perverso. En el bachillerato seguía yéndome bien y seguía sin tocar tetas porque ahora me tocaba hacer tareas de otros a cambio de evitar golpizas. Las lindas del curso mandaban a sus noviecitos ñeros y bien brutos para que yo les hiciera la tarea a cambio de que no me reventaran en el descanso o en los baños. Así descubrí que todos mis compañeros eran una masa de estupidez radioactiva. Les comencé a cobrar dependiendo de la nota que querían. Ya se imaginará, todos chichipatos. Unos pocos pagaban bien para sacar notas altas, pero nunca mejor que las mías. Me amenazaron. En octavo uno de esos majaderos quería ser el mejor de la clase. Era el más ignaro pero no el más alto. Bonita palabra, ¿verdad? Nos vimos a la salida. Me cargué a La Mole. Era un bonachón con la mano pesada. Yo no le cobraba pero sacaba notas promedio, eso bastaba para tenerlo de mi lado. De un manazo lo dejó enterrado en el piso. Me acerqué y le dije que la soledad sí que es capaz de generar deseos que no se corresponden con el sentido común o con la realidad. ¿Tampoco usted, Doctor? Lo dijo Bolaño, me pareció propicio. Lo leía desde joven. Era un cara dura, un putazo, un coñero. No, Doctor, a La Mole lo quebraron recién salimos del colegio. Ahí entendí que mi trabajo debía ser en solitario. Antes de todo eso, Valverde, el profesor de español, me citó en la coordinación. Supuse que se había dado cuenta de mi pequeño negocio lucrativo y en expansión. No me denunció, me dijo que cuando acabara el colegio y no supiera qué hacer lo buscara, que me haría ganar más dinero del que había  hecho en toda mi vida estudiantil. Lo busqué el mismo día del velorio de La Mole.

Ya mandé por pola, Doctor. No se me seque. Vea que lo primero que le pregunté a Valverde fue que si se había acostado con alguna alumna. Usted lo viera, tiene esa cara de ganoso, de concupiscencia, pero me dijo que no mezclaba el trabajo y el placer. Le dije que era un lugar común. Me dijo que yo era muy pilo pero que me faltaba estrategia. Benedetti, jamás, le dije. Me prestó toda la obra de Bolaño. Me la devuelve cuando quiera, me dijo. Yo cumplo, le dije y Valverde sonrió por primera vez. Tenía muchos libros en su apartamento que más bien era la esquina encerrada de una casona del pueblo. Puse letreros cerca al colegio diciendo que hacía trabajos de todas las materias pero nadie me llamó. Me la pasaba donde Valverde leyendo y hablando de películas y de obras de teatro y de series. La televisión ya no existe, le dije. Lo sé, tengo Netflix, me dijo. Pasé aún más tiempo en ese antro. Así estuvimos más o menos seis meses, Doctor, hasta que un día, estoy seguro que fue un martes, ese día había nuevo capítulo de Black Mirror, me pasó un libro argollado y me dijo que lo leyera y que al final le diera mi apreciación. Le dije que era una mierdísima y le pregunté de quién era. Me preguntó qué no me gustaba. Le dije que era la típica historia. Esa realidad que pretende vendernos a un autor barriobajero. Me dijo que no confundiera, yo le dije que ahí detrás brinca el ego del que escribe. Apenas alcanzaba a escatológica, con sicarios picarones, de buen humor, mujeres inteligentes y sumisas, mucha ciudad cosmopolita impostada. Y la historia, Doctor. Otra puta historia de amor. Imitaciones baratas de Palahniuk, de Auster, de Franco y compañía. Perdone usted y más bien brindemos por los días venideros. De ahí en adelante Valverde reía como si se fuera a desarmar. Le gustaba escucharme decir sandeces de esos textos pésimos que me pasaba. Al principio me aburría mucho leyéndolos pero luego le fui encontrando cierto encanto por las reacciones del profesor de español.

¿El fierro? Doctor, sé que usted me juzgará como un tipo contradictorio, falto de carácter, incluso un tanto melindroso o pusilánime, pero le pregunto, ¿quién no? Me lo consiguió Valverde. Me propuso un negocio, ¡por fin!, que me pareció poco rentable al principio. Deshacernos de los escritores de esos textos malos. Para qué, le pregunté. Lo hacen mal pero tampoco es para matarlos. Esos son los que ganan los concursos, me dijo. El único concurso que conocía era Quién quiere ser millonario. ¿Hay concursos de literatura? Imagine mi ingenuidad, Doctor. No se sorprenda por el arma, en mi familia siempre ha habido. Valverde me dijo que se ganaba mejor que en el programa de tv. Qué tiene que ver el matar malos escritores con ganar concursos, le dije. Como todo negocio, eliminar la competencia. Fue sensato. A mí nunca me ha temblado la mano, Doctor, ni para escribir ni para disparar. Lo primero no es lo mío. Valverde conocía a una gente que yo nunca vi, pero le tenían el dato de quienes participaban del concurso de cuento de Floridablanca. Estrénese, chino, me dijo. Me pasó un sobre y me dio para la flota. Adentro había un par de fotos y uno de esos libros malos que ya había leído, repleto de rayones míos. Sí, este cabrón no merece ganar. Eran dos horas de ida y regreso, Doctor. Como buen principiante, aquel novel estaba en la plaza central bebiendo y chicaneando del recién adquirido talento en el arte de las letras, decía el muy putazo. Esperé a que se fuera solo para la casita y en un callejón le descerrajé cuatro pepazos. Bonita palabra, ¿verdad? Nadie extraña a un escritorazo muerto a tiros.

Gracias a Valverde descubrí concursos de cuento en los lugares más recónditos de este país. En Ventaquemada, en San Vicente de Chucurí, en Puerto Rico, en Ubaque y hasta en Flandes. En serio, Doctor, con premios que usted no se imagina. ¿Quién ganaba? No tengo ni idea, yo solo iba detrás de los que me encargaba Valverde. El pago se demoraba pero era generoso. Nunca menos de dos palos por cabeza. Tan malos que eran escribiendo y lo que costaba sus cabezas. Un día le pregunté por qué trabajaba como profesor de español en una escuela perdida en medio de las montañas. Este país es una fachada, me dijo. Una portada, le dije. Una mala contraportada, me dijo.

Valverde desapareció. Conocía mucha gente rara, de mucho dinero, pero no era ostentoso. Él me estuvo recomendando para el trabajo y me decía que me tenían en buena estima. Poco ruido, muchas nueces. Usted me entiende, Doctor. Valverde me dejó la llave de su casillero postal. El trabajito no falta, gracias a Bolaño. Me protege siempre que salgo a trabajar. Viajé por buena parte del país y conocí pueblos misérrimos con concursos de cuento rimbombantes. Había más dinero en cada premio que en todo el pueblo junto. Yo cumplía con mi deber y a final de mes me llegaba el fajo de billetes. Hasta que recibí el sobre gordo, Doctor.

Todo es más fácil en los pueblos. Acá estoy un poco paniqueado, Doctor. Nunca había tenido que hacerle la cacería a alguien con guardaespaldas. Supongo que ya sabe que otros como él han quedado en algún potrero con la obra inconclusa. Lo más seguro es que de esta vuelta no salga, pero de seguro la corono. Nada de eso me asusta, Doctor, no se ponga con emociones. Siempre me acuerdo de Valverde diciéndome que la literatura de este país necesita de un reinicio desde cero, y que él era un abnegado servidor a esa causa. Yo siempre le creí, por eso estoy en estas. Somos pobres ruinas de lo poco que antes fuimos.

Lo que acá le dejo, Doctor, y le pido en verdad, es que usted disponga de mis garabatos. No se sienta mal si el impulso es botarlos o quemarlos. Siéntase libre. Le dejo la llave del casillero y ahí encontrará también dinero plástico. Yo no podía usarlo, Doctor, soy de otro espacio y tiempo. Usted no se amilana, por eso lo he contactado. Vea que entre esos papeles hay una historia de una gente que hacía lo que yo hago, acá en la ciudad, Doctor, hace ya un buen tiempo. Debería averiguar dónde se reúnen, porque son varios y tienen aquelarres literarios. El chisme es que se reúnen por las bodegas de la calle 13. Y ya que se me ocurre, debería terminar esa historia y enviarla a un concurso. Hasta puede que se lo gane.

 

diegortizv@gmail.com

Categorías: Voz y verbo

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