Sentimientos atávicos

(Texto completo)

Génesis Tobón*

Cuando el sol se ponía detrás de la casa y sus rayos penetraban los ladrillos de los edificios del centro, una pequeña lágrima rodó por su mejilla y cayó directo sobre la sábana desgastada. Eran las 6:05 p.m y aún no había recibido un mensaje de respuesta. Podía sentir como lentamente la luz iba cayendo y, a su vez, el frío iba colándose por la ventana abierta. No podía poner en palabras lo que sentía. Mientras miraba el cielo violáceo a través del vidrio y el caminito húmedo en su mejilla se secaba, pensaba en lo que había pasado aquel día.     

Buscó el enchufe de la lámpara de mesa e intentó conectarlo en medio de la oscuridad a la que la había arrastrado lo que quedaba de tarde. Incapaz de conectar el aparato, maldijo al viento y una ola de vergüenza le calentó las mejillas. Presionó el interruptor y soltó un sollozo sonoro, estaba recordando lo patética que lucía. Volvió a la bitácora que tenía enfrente y empezó a escribir su historia.

Aquella noche, después de acabada la botella, la ebriedad se le subió despacito a la cabeza y le salió a borbotones por la boca. Sentada sobre la cama miraba su reflejo en el espejo, semidesnuda y delirante comenzó a tocar el pico de la botella vacía encima de la mesa. Se detuvo apenas escuchó una de las puertas abrirse, y regresó la mirada a los oscuros ojos espías que salieron de allí. El hombre se acercó, tomó su mano y la besó dulcemente. Con su sutil gesto la despachó de su casa, creyendo que no la volvería a ver.

Llegada la madrugada, veía las luces de una plaza a lo lejos y caminaba torpemente hacia ella con las zapatillas aún en la mano, recordando lo ocurrido. La cena había sido increíble: atún y un par de galletas para dos; y como bebida principal: la botella que le había regalado su padre por su cumpleaños. Una vez destapada, la pasión salía a pedazos por la ventana de la habitación. Cuán fugaz es el amor, cuán fugaz es la botella, pensaba mientras acariciaba el pico de la botella esperando a que él saliera del baño. Ni corta, ni perezosa, se dejó arrastrar por ese par de ojos hasta donde la pasión se funde con algo más oscuro y macabro: el amor.

Una vez en la plaza, las luces lucían más brillantes y perturbadoras. Ansiaba ver el sol asomarse por entre los cerros cuando recibió la respuesta que no debería haber estado esperando. El mecanismo interno de su cuerpo se sacudió en un pequeño espasmo al leer lo que el secuestrador de su cordura le dejaba como despedida. El saber que era un hasta pronto y no un adiós le cambió la perspectiva y comenzó a alimentar al demonio que la acompaña hasta hoy en día: la esperanza.

Tomaba agua del grifo envasada en una botella lujosa de agua mineral, mientras escribía en su bitácora cómo había llegado hasta allí. Todo empezó la noche del vino, pero no en el preciso momento en el que se desnudó enfrente de aquel espejo. La Bestia, grupo naciente de salsa y son cubano, se presentaba aquella noche en la ciudad donde vivía, e inocentemente, se declaró culpable de estar en el momento incorrecto y a la hora inadecuada para conocer a aquella persona que transformaría a todo su ser en locura.

Después de un par de piezas bailables y unas cuantas cervezas bebibles, todo estaba dispuesto para el encuentro. Con el vino en su bolso y el corazón en un bolsillo, llegaron a consumar lo que en la pista se había denunciado. Sin embargo y, a pesar de ello, el golpe final se dio mucho después de aquella noche. Cuando llegó al apartamento de él, miles de lunas después, encontró lo indebido y, obviamente, lo inevitable: él haciendo uso de sus dotes más oscuros. Mientras la lluvia golpeaba el ventanal curvo del apartamento, ella encontró, pieza por pieza, la ropa de dos amantes en celo. Y cuando abrió la puerta de la habitación principal, vio todo dentro de una pantalla, como una película, dos animales en medio del acto sagradamente pecaminoso de reproducirse.

Mientras que la ira, o más bien la desesperación, subían deprisa a sus ojos, se hizo cargo de finalizar lo que había empezado mil amaneceres atrás, y fulminó a aquel hombre de mirada siniestra que una noche salió a juzgarla con esos mismos ojos que hoy veía fundirse en la eternidad. “Cuán fugaz es el amor. Cuán fugaz es la vida” pensaba mientras entraba al ascensor del edificio y dejaba atrás la estela de desazón que siempre deja la muerte.

Dejó la pluma justo al lado de la lámpara que hace años ya no encendía. Tragó un sorbo de agua del grifo y cerró la bitácora, esperando que en el día de mañana la noche no llegara nunca, la torre no encendiera sus luces en la penumbra, y la puerta no fuera cerrada con seguro por Claudia, la enfermera del sanatorio.

 

*Colombia.

Estudios Literarios Universidad Nacional.

Fotografía tomada de Pixabay

Categorías: Voz y verbo

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