¡Ya quiero ver la pintura otra vez!

(Texto completo)

Yulieth Nuñez*

 

Mi papá es un hombre al que todos respetan mucho. Yo a él lo quiero mucho. Él llega de trabajar, se da un baño y juega conmigo, hace de caballito y deja que yo monte en él. Luego jugamos con mis muñecas y reímos mucho. Él es un gran hombre, mi mamá también lo respeta, pero nunca se une en nuestros juegos.

Un día, él llegó preocupado del trabajo… No quiso jugar conmigo. Se encerró en su habitación y le decía a mamá que él sabía lo que había hecho, que ya no podría volver a ser el mismo. Esa noche lo oí llorar mucho, al otro día tampoco quiso jugar. “No lo molestes con tus juegos”—Decía mi mamá— “Ahora sólo piensa en su trabajo”.

Le hice una tarjeta diciéndole que lo quería mucho, que extrañaba jugar con él. Yo quería que todo volviera a ser como antes, pero no fue así. ¡Las cosas mejoraron! Lo ascendieron en su trabajo; ahora me traía juguetes con los que jugamos mucho, y mamá… Ella sólo nos veía de lejos mientras miraba por las ventanas con preocupación. A veces cerraba las cortinas con fuerza, nos susurraba que apagáramos las luces. La pobre tenía miedo. Papá se levantaba y le gritaba que se calmara, pero ella no lo hacía. Entonces papá debía levantarse para golpearla y dormirla, y esto se volvió uno de mis momentos favoritos de la noche por la tranquilidad que venía cuando ella caía al suelo.

Me preocupé cuando él llegó cerca de las once a la casa. Mi mamá también estaba preocupada, cuando él entró mamá casi se desmaya. Él tenía manchas rojas en su ropa de trabajo, las manos rojas y venía sudando. Él corrió a bañarse y le decía a mamá que no llamara a la policía. Luego me dijo que estaba pintando, por eso las manchas rojas.

Mi papá es el mejor papá del mundo. Cuando salgo con él todos nos miran, las mujeres huyen y la gente con corbata también. Él es muy respetado. Una de mis compañeras de colegio me dijo que se decía que mi papá era un ladrón, y yo le respondí como lo hubiera hecho mi padre. Le grité las palabras que él le dice a mamá cuando deja la comida salada y que se supone no debo decir. Luego quiso ir a quejarse con la maestra, pero tomé su cabello y estrellé su perfecta carita contra el suelo repetidas veces. Pude ver la misma pintura roja que mi padre tenía esa noche. Ella lloró y fue corriendo donde estaba la profesora. ¡Ah! ¿Así que por eso mi padre tenía manchado de rojo su ropa? ¿La pintura se llama sangre? ¡Se siente muy bien!

Ahora, señores policías, necesito que dejen salir a mi papá de aquí. Él me prometió que, cuando su víctima esté débil, me dejará tomar el cuchillo y me enseñará a hacer heridas más graves para ver cómo brota esa pintura que tanto me gustó. ¿Acaso eso está mal?

 

 

 

*  Correo: jazzbyvita05@gmail.com

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Fotografía tomada de Pixabay.

Categorías: Voz y verbo

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