Nueva York en tres terribles escenas
Felipe Guevara Merino y Andrés Mora*





Escena I

——–En el lejano Amazonas, el botánico Roland Wesses capturó una pequeña anaconda oculta cerca de un pantano, bajo ramas húmedas en el interior de la selva espesa. La expedición en la que iban seis nativos amazónicos, dos científicos alemanes y tres botánicos estadounidenses, entre los que se encontraban Roland y su amigo Harvey O’Connell, continuó la marcha en la búsqueda de un lugar llamado Prinsa, en lo profundo del Amazonas. Esa noche, antes de dormir, Harvey le preguntó a Roland por qué había capturado a la anaconda, ya que no era usual entre botánicos y científicos alterar o perturbar los ecosistemas que estudiaban, además los nativos amazónicos se veían nerviosos y lloriqueaban viendo la cesta en la que estaba la anaconda. Roland le dijo a Harvey que su hijo Samuel de nueve años le había pedido una serpiente como regalo de su expedición, y por eso se la llevaba para Nueva York.


——–Hacia la madrugada, Roland escuchó suaves quejidos de voces que se apagaban, agudizó su oído y se estremeció al notar que el ruido sonaba como pequeños huesos rompiéndose. Esperó en su tienda un par de minutos hasta que escuchó pasos de pies que corrían. Frente a su tienda vio pasar a toda prisa dos sombras que, por el tamaño y lo delicado de sus pasos, incluso al correr, debían ser nativos amazónicos. Salió de su tienda alarmado preguntando en voz alta qué pasaba, al ver el improvisado campamento quedó pasmado: una anaconda de casi siete metros apretaba el cuerpo compreso de su amigo Harvey, el resquebrajar final de los huesos y la exhalación última de este lo hizo volver en sí. Los cuerpos sin vida de cuatro nativos, los alemanes y sus compatriotas estadounidenses yacían regados en el campamento; la soltura y elasticidad con que se veían sus cuerpos inertes contrastaba con sus cabezas hinchadas y enrojecidas, angustiadas por la asfixia con que la serpiente los había matado.


——–El botánico Roland corrió con la cesta en la que llevaba la cría de anaconda, mientras su madre lo perseguía lanzándole ataques que él esquivaba protegiéndose con un árbol, una rama o un salto hacia adelante. La carrera del botánico lo llevó a precipitarse sobre un pequeño risco que lo arrojó al riachuelo que alimentaba al gran río Amazonas. Esquivando enormes piedras y sosteniéndose únicamente de la cesta que flotaba en el agua, el botánico logró navegar río abajo el resto de la tarde. Al final, agotado y maltrecho, alcanzó la orilla opuesta del Amazonas e hizo pie en tierra firme. Caminó un día sin parar hasta llegar a una ciudad portuaria en la región amazónica de Colombia, Leticia se llamaba el lugar. Roland fue auxiliado por la guardia del país suramericano, el general Alfredo Naranjo se sintió orgulloso de ayudar al ciudadano estadounidense y, luego de creer gustoso su historia, envió al botánico y su preciada cesta de regreso a una ciudad capital donde conectó con destino a Norteamérica.



Escena II

——–Samuel Wesses bajó corriendo de su departamento ubicado en la calle Green Point y 13 en la ciudad de Nueva York, iba a recibir a su papá que en esta ocasión había sobrevivido de un terrible accidente en la selva del Amazonas. Samuel no esperaba ningún regalo de su padre, el solo hecho de verlo de nuevo con vida era suficiente para el pequeño de pelo rubio, labios colorados, ojos grises y un poco regordete. Al subir al departamento, Samuel estalló en llanto al ver que su padre trajo consigo únicamente una cesta en la que había una anaconda. Padre e hijo se abrazaron y juntos decidieron ponerle Leticia al animal, que en ese momento no medía más de un metro.


——–La vida para la familia Wesses continuó, incluso Leticia parecía adaptarse bien a las condiciones de la gran ciudad: los ratones muertos empacados al vacío, sus baños en la tina de la casa y las largas horas en la terraza tomando el sol al cuidado de una sirvienta, a todas luces aterrorizada, eran sus actividades favoritas. En invierno Leticia tenía que ser calentada varias veces al día sobre la terminal de la calefacción. Era normal que su piel se rasgara o quebrara, por lo que durante esta estación la serpiente mostraba signos de malhumor y rabia. Leticia era un miembro más de la familia, andaba por el departamento a sus anchas y aunque había estrangulado a Pufi y Siames, los dos gatos que la familia había adoptado, pronto todos se dieron cuenta de que lo mejor era tener solo una mascota: Leticia.


——–Para Samuel era divertido ver cómo de vez en cuando Leticia se estiraba toda y levantaba un poco la cabeza a su lado mientras él veía la televisión. El niño, de ahora doce años, estaba tan encariñado que pensaba que su mascota le estaba indicando cuan grandes y fuertes estaban creciendo. Una noche, mientras los padres de Samuel asistían a un evento de la comunidad científica norteamericana, Leticia se estiró toda como de costumbre junto a Samuel, el niño casi dormido acarició largo rato el prolongado torso de la serpiente, recientemente aceitado por la empleada. En un momento Samuel quiso recorrerla toda, de principio a fin, empezando por su cola: deslizó la mano y con sorpresa notó que para llegar a la cabeza del reptil ahora debía estirar todo su brazo. Así, el regordete niño con su brazo estirado y la serpiente toda desplegada se miraron profundamente a los ojos, un olor a humedad, ramas verdes y ríos caudalosos se apoderó del momento. Samuel cerró por un instante sus ojos y miró con resignación hacia su abdomen por el que empezaba a enrollarse Leticia; antes de morir asfixiado vomitó los raviolis precocidos que había cenado. Al llegar, sus padres no lo encontraron, había sido devorado por la serpiente que huyó por los ductos de ventilación hacia las cañerías de Nueva York.



Escena III

——–La anaconda se escabulló entre las cañerías y en la megalópolis tuvo siempre alimento abundante entre las cientos de miles de ratas que diariamente recorrían subrepticiamente la ciudad de Nueva York. Aquel año el verano registró temperaturas nunca antes vistas y muchos ciudadanos murieron agobiados por el calor, no así Leticia que se fortalecía con cada grado que aumentaba. Hacia el final del verano, la policía de la ciudad registró treinta y dos desapariciones misteriosas de ciudadanos, todos habían sido vistos por última vez en estaciones de metro. El maestro de la escuela Jefferson Patrice Woods iba rumbo a la estación Queens Plaza y nunca llegó a su destino; la señora Margareth Stevenson fue reconocida en cámaras saliendo del metro en la estación Freeman St, pero cerca de la primera ronda de escaleras, en un punto ciego de las cámaras, la mujer desapareció; los niños Rupert y Sonia Hatelbaum, del barrio Belmont en el Bronx, fueron vistos por última vez entrando a la estación del metro Bedford Park. Durante el invierno las desapariciones cesaron, Leticia se ocultaba bajo las grandes fundidoras de acero del occidente de la enorme ciudad, el calor incesante de las calderas mantenía caliente a la serpiente.


——–Al siguiente verano, el detective Sigmund Clife, que estaba tras el rastro de las personas desaparecidas, ingresó al metro en la estación Bedford y siguiendo los pasos que, según él, habían hecho los niños Hatelbaum, llegó hasta la puerta de servicio y mantenimiento. El detective avanzó por un pasillo oscuro de ventilación hasta que se topó con una enorme piel de serpiente vieja. Como pudo, estiró la piel y soltó una exclamación de terror al notar que el largo de aquel reptil medía más de cuatro metros. Aterrorizado, se dispuso a volver sobre sus pasos cuando la colosal anaconda se posó frente a él, la magnitud del animal sobresaltó tanto al detective que retrocedió y cayó al suelo. La serpiente quiso embestir a su víctima, pero Clife alcanzó a desenfundar su arma y descargó todos los cartuchos sobre el animal que se retorció y retrocedió.


——–Endiablada, Leticia salió a plena luz del día en la estación del metro y atacó en veinte minutos a más de sesenta personas, algunas engullidas, otras golpeadas por el cuerpo del animal y empujadas a las líneas del tren y otras más estranguladas en segundos por la musculatura de la serpiente que envolvía, retorcía y asfixiaba en un parpadeo. Las autoridades de Nueva York reaccionaron en poco tiempo y al cabo de media hora tenían el área acordonada, solamente el detective Clife seguía adentro y se desconocía si vivía o había muerto. La serpiente estaba herida y agitada, se escabulló por la línea del metro hasta llegar nuevamente a las fundidoras de acero.


——–El detective siguió el rastro de sangre de la serpiente hasta llegar a una cañería que entraba a la fundidora. Leticia sintió su presencia y se agazapó en un rincón de la tubería, pequeños hilos de sangre destilados por la serpiente corrían por las aguas negras. Cuando el detective estuvo a pocos metros de la anaconda, esta arremetió en una embestida de la cual Clife apenas pudo salvarse al trepar rápidamente por unas escaleras que daban ingreso a la fundidora. Pocos operarios pudieron percatarse de la entrada angustiosa del detective y de los disparos que realizó hacia el interior del desagüe; el sonido ensordecedor de las calderas y las maquinas impedía a los operarios notar cualquier interferencia que no se relacionara directamente con sus funciones.


——–Solo el viejo Ernest Collings, vigilante de la fundidora, notó cómo una serpiente enorme que chorreaba sangre por su boca aparecía furtivamente por entre la alcantarilla. Leticia, con su descomunal fuerza arrojó al suelo máquinas y calderas de la fundidora mientras perseguía a Clife por la gran fábrica. En pocos minutos la fundidora parecía un volcán en erupción en la mitad de la ciudad. Nueva York se vio afectada en sus sistemas de drenaje en un sesenta por ciento, el calor fundió tubos de ventilación, explotaron tubos de gas y alcanzó a debilitar estructuras de metal de calles aledañas a la fundidora; las miles de ratas que habitaban subterráneamente la ciudad, que no se alcanzaron a quemar, se apoderaron de las calles y las plantas bajas de casas y edificios. La emergencia fue declarada en la ciudad y organismos de socorro lograron taponar ciertas cañerías y desviar la avalancha hacia el río Hudson. Leticia y el detective Clife murieron incinerados. De la serpiente se conserva la enorme cabeza de cuatro metros y medio de ancho y tres de largo en el Museo de Historia Natural de la ciudad, en la vitrina se puede ver a su lado un sombrero de detective en homenaje a su perseguidor.




*Felipe Guevara Merino
Politólogo
alfgmerino@hotmail.com

*Andrés Mora
Ingeniero de sonido
mora.mora2704@gmail.com
https://soundcloud.com/andresssssssss-1

Ilustración por: Daniel Duque – Francisco Bernal

Categorías: Voz y verbo

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