Algarabía

 (Texto completo)

 Nathaly Cuesta – Alejandro Gómez*

 

De pie en la roca,

mientras el huracán azotaba mis cabellos y mi manto,

espiaba en pleno éxtasis  

la fuerza de la tempestad que se encarnizaba con el navío,

bajo un cielo sin estrellas.”

Wilman, 2015.

 

¿Cómo es que me llamo? ¡Ah! sí. Alekos. Hace casi un siglo tenía otro nombre, pero lo olvidé. Al viajar en el tiempo, un recuerdo inventado viene a mi mente, es tan nítido como la cortina opaca que cubre mis ojos. En él, los gritos de mi madre atraviesan la placenta de terciopelo que recubre mi pequeño cuerpo y se escuchan las voces deformadas de los que nos rodean. Todos preguntan: ¿cómo bautizará  a la criatura?, el recuerdo se esfuma, y sólo queda esto que soy, mi yo presente, Alekos. Por momentos, parece que salté desde ese túnel húmedo hasta aquí, sin que nadie hubiese limpiado las vísceras de mi madre que se amalgamaron en mi piel con la mugre del mundo, sobre mí.

¡Arrugado! ¡Encogido! ¡Decrépito! Hace unos años era más pequeño aún, ahora parezco un adorno de buhardilla como mi hija, enfrascados, y colgada ella al atrio de la iglesia. Un recuerdo de lo miserable de la existencia, un cartel para que los feligreses hipócritas tengan una imagen inspiradora de lo que les depara el futuro si no pelan las rodillas. Antes, toda mi vida cabía en una botella de vodka.  Mi vida, así de ínfima, así de ilíquida.

Desde el recinto principal, en la planta baja de la casa, las voces se alternan entre palabritas y palabrotas, su agudo timbre de voz hace eco en medio de los amplios muros, las carcajadas suben de tono, los espacios en silencio de hace un par de minutos se fugaron con el revoloteo de las palomas; el diseño contempla que ingrese luz a sus anchas, olvidándose del ruido, pero ¿Quién va a temer a la música de sus alaridos?

Un crujir de puerta se escucha y tras de ella las voces de los recién llegados que se confunden. Alekos habla en tono alto mirando las palomas que se posan en lo alto a través de la ventana:

-¡Al fin llegan! Tanto frío en este último tiempo hará que mis huesos no anden a su incesante ritmo. Al fin, porque no aguanto un titular más de esos: “Esto podría cambiar su vida”, ¡ja! payasos. Puede que haya pasado menos tiempo del que siento, lo sé.

Apoyado en la baranda cerca de su cama se estira con dificultad para ver subir a su nieto y entre dientes murmura:

-La última vez eras apenas un nudo de palabras que se empujaban por gritar unas a otras. Sé que estos días son diferentes a los otros, para mayores y jóvenes no es habitual tu…y en voz alta le dice:

-Ya voy, ya voy. Te parece fácil porque no eres quien baja hasta allá. ¡Si hablas con tu voluntad como con cada desconocido un día subes!

Es invierno y aquí todos conocen su futuro, pero para Natividad, un día más no tiene sentido. Avasallado por la sutil presión de Natividad, su forma de hablar le recuerda viejos libros de infancia; Alekos sin éxito en un primer intento trata de levantarse del nido de sábanas enmohecidas donde permanece arrebujado.

Hace frío y sobre la plaza gorjean multitud de palomas que se confunden entre sombreros y ruanas de niebla. Bajo las escalinatas, una multitud de gente sin rostro atraviesa la plaza sin percatarse de la existencia de un mendigo, algunos, los que están obligados a pasar frente a él para entrar en la iglesia, ante la falsa dicotomía entre piedad y vergüenza, le lanzan unas monedas mientras reprimen la evidente repulsión.

Son las 5 de la tarde, el viento fresco de los cerros acelera el ingreso a la catedral, dentro de la basílica, otro tipo de aire vibra contra las bóvedas, el órgano está listo como puente para darle paso a Bach, todos parecen estar de acuerdo en la solemnidad del momento y aguardan en silencio que la música comience.

Impaciente y cansado luego del esfuerzo de ayudar a subir a Natividad, Alekos señala la ropa que trae su nieto y dice rabioso:

-Mira que desastre traes ahí, límpiate bien y entrégale esos dibujos a Elianne antes de dañarlos, tus cosas están donde las dejas. No sé cómo te gusta ese rincón frío y oscuro más que cualquier parte de la casa, tendrá que ver tu madre porque no recuerdo gustos así en la familia.

Mientras Natividad mira a lo lejos del primer piso, Alekos piensa:

¡No entiendo! De verdad no, ¿se entiende después?, en algún momento del futuro, ¿habrá una respuesta última y definitiva?

Y luego comenta:

-A propósito, ella sigue estable, como tú y como el padecimiento humano. Pero para lo último no hay tiempo así que concentrémonos. Alístate que quiero saber detalles.

Alekos mira las piernas marchitas de Natividad como mirando las propias. Esas maderas mustias que ya no sienten ni frío ni calor, ni dolor, ni placer.

El tiempo es tan hostil, la vida (murmura mientras se aleja) y grita:

¡Natividad!, la vida es tan hostil. Cuando chico me hicieron creer que era un soldado de dios, nacido para grandes cosas, pero no fui más que un adoquín, inmóvil; parido para ser pisoteado. Y en una época, hace mucho, me asaltaron pensamientos oscuros que justifican actos de amor y de redención.

Sus relaciones con el tiempo predicen sus conflictos, en una villa principal de la cual hacen parte desde que el obispo tronó las campanas niqueladas para estupor de confesos y extraños, Natividad y su abuelo, han provocado desde risas hasta regaños, pues ninguno apura su paso en las calles cada vez más congestionadas y para colmo empedradas. Del letargo de otros días queda sólo la vajilla pintada a cuatro manos, traída en baúles del oriente.

Elianne sube para servir la mesa.

Hace frío y los platos sobre la mesa brillan, antes que restos de todos los colores y sabores invadan el espacio con la sazón de la cocina antigua. La función comienza, el sonido se mezcla con los ruidos de la calle haciéndolo aún más majestuoso. A pocas cuadras, el tráfico propio de la hora también comienza su concierto, la ceremonia centralista de los afanes.

No ha pasado un minuto y antes del siguiente bocado, Alekos interrumpe mientras dice:

-No has probado nada de fibra, si lo haces frente a mí, imagino cuan mal comes fuera de aquí. Tu color parduzco te acompaña con las punzadas de siempre, ¿verdad?; me parece estar viendo a tu madre revolcada sobre su llanto por el dolor luego de su último alimento.

Deja a un costado del plato la cuchara vacía y señala entre el regazo de su nieto:

-A ver, ¿qué traes ahí? ¡Ah! sí, sí. Tus dibujos, mira que se han salvado.

Reflexivo para sí, dice:

Los viejos divagamos mucho y no damos respuestas, nos perdemos en frases que parecen poemas y nadie entiende. Así somos todos. Yo imaginé que la vejez traería sabiduría, que ya viejo uno ansiaba la quietud como los niños el movimiento y por eso confieso que he deseado y soñado con el alma muchas noches saltándome en el tiempo hasta la niñez. ¿Para qué sirve la vejez si no puedo ser amado? Al menos a los viejos el amor se nos hela. Ahora sí, vamos a ver.

Enrollados en fino pergamino, Natividad abre y cierra sus lienzos sobre los cuales estampa sin titubeo cualquier escena de sus recurrentes sueños, solo Elianne en un reciente descuido, conoce en detalle cada uno de ellos. Para cuando termina, sus pupilas horrorizadas buscan significado lejos de las metafóricas respuestas del abuelo Alekos. Su cariño especial por Natividad y por la honorable familia se debe principalmente a la solidaridad que recibió en un cuento que ahora no nos ocupa. Antes del nacimiento de Natividad ya tenía funciones secundarias, pasado poco tiempo, fue sumando méritos hasta ganarse la confianza para cuidar del último heredero que se sepa vivo. No entiende cómo con tantas limitaciones la imaginación de Natividad describe con pavorosa frialdad el momento por el que pasa con su madre.

En una comida interminable para Natividad su abuelo no para de hablar.

-No haces más que preguntar por ella, necesito saber cómo estás allá, no es fácil conseguir que te acepten salvo por la posición que tengo en la junta de gobierno. Dicho esto y entendiendo que vengas de nuevo con ese manojito de maravillas, te recuerdo: sus vidas se ligaron antes por tu nacimiento y luego por su deseo de vivir, a lo que me temo debo decir, por su miedo a morir. Cada pulso de vida que late en tu corazón la mantiene con el éter suficiente para estar presente, no necesitamos tanta atención como el año pasado cuando todavía comía. Y sobre cómo la veo, prefiero que hablemos de eso -dice señalando el lienzo-.

Grandilocuentemente, irguiendo el pecho, haciendo alarde del uso de las manos y los brazos, atraviesa el espacio como quien blande una espada y continúa con su perorata:

-Cuando grande debes ser poeta, haz los viajes de Verne en tu imaginación, atraviesa mares y conoce monstruos, aunque, ¿sirve de algo pensar en eso?, ya sé, ya sé. En nuestro caso no tenemos más opciones que estar en estas sillas imaginando ser quienes nunca seremos. Pero tú, aún sigues teniendo muchas opciones. Si te llamaras Alekos, ¿le harías honor al nombre?, ¿librarías mil batallas?, ¿conquistarías mil ejércitos? , ¿Morirías joven?

Sus conversaciones habitualmente se extienden hasta las ocho luego de terminar la cena, esta vez no hubo excepción.

Tan cerca como para señalar un cónclave, Natividad y el abuelo Alekos dedican suspiros para repasar con miradas tiernas la evidente picardía. Las ennegrecidas garras de un feto felino, se pliegan hacia la tez de una pequeña rata alada, sus diminutos ojos viscosos entre cataratas señalan a quién observan como el hijo; vidriosos y habladores como Natividad dibujan una mirada humana, la visión del parto que es traer un hijo; libre en el pequeño espacio al cual parece confinada, sólo la acompañan restos de cereal, un par de semillas más grandes que su boca, la etiqueta de Heinz pegada al envase de vidrio y la tapa agujereada.

Tan solo un momento de alivio, tan solo un momento de calma para que Natividad haga una mueca al escuchar de nuevo el zumbido de su abuelo Alekos.

 -A ver si entiendo, ¿dices que sientes eso por una niña que te abandonó? , ¿Que sientes que te odian?, pero si con tu equipaje llega la queja de tu desquicio, por el que ahora tenemos este receso obligados. Para ser francos, qué crees que puedan sentir las personas cuando no solo gritas sandeces sino te masturbas y arrastras el orín y las heces por el alojamiento. No me tienes que responder. Crees que no escucho porque estás abajo, sé perfectamente que has abusado del cariño que te brinda Elianne. Entonces que tu sentimiento descifre tu comportamiento. Hacemos lo posible, pero nunca es suficiente, temo explicarte la importancia de tu vida porque al segundo, como esa vez, huyes a perderla. ¿Para qué? Para borrar la esperanza de la tierra como la pierna que quedaba. Creo honestamente que tu condición se apodera de ti, y con el paso de los años, la inquietud y curiosidades normales se transforman en un ser cruel que se autodestruye para hacerme sufrir. Ya deja ese papel, por más que inventes tu niña amada no va a existir, al menos mientras sigas así.

Y mientras lo dice, piensa: ¡No es cierto! Siempre existe alguien oculto bajo el piso observándote vivir, amándote en secreto, tal vez con un amor que es a la vez odio. Porque sin que consientas, ese alguien construye muros laberínticos del largo de tus brazos para que sólo sigas una ruta y no te desvíes de la senda de su propia añoranza…

El espiral por el que se eleva la construcción está apoyado sobre una base ancha que se cierra en punta sobre piedra, madera, adobes y ladrillos. La forma de embudo invertido habla de su contenido, el metal constante bordea con acabados cada superficie convexa o lisa, la opacidad de los materiales naturales contrasta con el más mortal de los elementos. Diseños, materiales y territorios hablan de todo, menos del hombre. Mucho más de la mujer, su madre, a quien sostiene en vida la aplazada muerte de ese hombre, su hijo. ¡Y qué madre! Sus superficiales deseos fundaron las vigas de su fortuna, a su vez heredada. Su recuerdo sugiere una vida placentera, llena en sus barrigas y opulenta en sus corazones, esa vida que todo lo anhela y desconoce que con el todo viene la muerte. Nada que no se entienda, cuando una sociedad de sí misma se alimenta.

Todos los momentos aquí, salvo uno que otro encuentro inesperado, han sido maravillosos. Sin embargo, las escenas mienten tanto como las verdades que se ocultan en ellas.

Para empezar este día, el afán trajo a punto de la expulsión a Natividad; antes de servir la mesa, han leído la carta dirigida al abuelo. Se observan en ella y se regodean en sus obscenidades, con unos distanciados puntos suspensivos se limitan a narrar tres hechos recientes.

El más sorpresivo se lo tenían bajo llave: Natividad no perdió la otra pierna por la enfermedad congénita como habíamos creído o quisieron hacernos creer; Natividad había sido conducido preso por la guardia durante un tiempo, sospechoso de influenciar a menores hacia todo lo que su libido apunta. So pena de ejecutarlo a manos de los matarifes católicos que gobiernan aquí, el viejo Alekos logra un acuerdo para mantenerlo alejado del poblado, un mal menor para la familia que para él, Natividad, fueron años brillando con el repaso de sus ojos el metal de sus barrotes . Nunca les perdonó haberlo entregado sin más dientes que sus filosos berridos, esos que enmudecieron cuando libre de nuevo en la calle, sin dudarlo, arrojó su cuerpo esperando ser destrozado. Para su sorpresa, solo una carreta guiada por un prófugo ebrio y la estampida de las únicas tres cucarachas de la cuadra, cumplieron a su llamado con la suerte del que a pesar de todo no quiere morirse. Una pierna menos, una chiquilla loca a quien le marcó la historia y la última vez que su madre probó bocado.

-Me gusta esta, mira. ¿Cuántas palomas pueden ser? cincuenta, cien, ¿doscientas? ¡Qué asco! No soportaría todo ese excremento encima de mi cuerpo; ni por un segundo haría esa mueca alegre que dibujas, nunca traes y luce tan ficticia. ¡No me mires así! disfruto los dibujos tanto como querrías aparecerme inerte en esas escalinatas de la iglesia. ¡Qué gran detalle! Si no la dibujas nunca la habría visto, pasó tan rápido como el mismo Bach por esa esquina. Con que entonces vivió el gran defensor de los derechos humanos allí, vaya paradoja. La placa hecha del mismo material: de piedra; áspera, al roce del frío en las madrugadas, suave a la vista desde lejos para atraer tantos peregrinos; ¡Qué agradable! No pasa mucho antes de escuchar tu música al ver estos trazos, los días en tu ausencia traen compases alegres como tus risas, carcajadas y balbuceo delirante; el mendigo que despides antes de irte extiende la melodía casi hasta tu llegada. Tan mecánico como su soplido -como quiero que mis viejos mantras funcionen – posa su cuerpo por horas sobre su pequeña banca, tan mecánico como para hacerme a los detalles que admiras alrededor de tu esquina favorita en la plaza.

La sombra de tu cuerpo marcada por tantas tardes de insomnio, tus monólogos sobre la tristeza que deja el abandono del amor, tu público de aves a la espera de generosas manotadas, toda esa sarta de vagos que merodean por boronas que escurren de tu cintura. ¡Bah, pierdo la calma! ¡Bastardos! ¡Tú, aullándole a la luna por morirte y ellos alimentando con su despojo esa cosa oscura que late en ti! ¡Oye! ¡Vuelve acá! ¿Adónde vas?, ¡qué!

En la carta reconocen una Sarah, como se llama la supuesta amante, que rodeó con gentilezas a Natividad tan pronto supo de sus abundantes viandas y monedas. Nada mal para una cualquiera rodeada de beneficencia, pero, Sarah desconocía la amenaza que enfrentaba; sin piernas, con delirios de grandeza y una desbordada pasión hacia ella, Sarah vio oportunidad para cubrir su calamitosa existencia con un poco de clemencia. Cómo no entenderlos. Ella, fruto del incesto abandonada a su suerte muy temprano, abusada desde entonces, teme a los pasos que quieren destruirla y colonizarla, no conoció hasta ese día, al menos en palabras, el amor, el amor de un hombre. Natividad en su delirio conoció a su amante ávida de deseo por el prominente y grandilocuente hombre, sintió la suavidad del hogar, la tranquilidad en estómago y pecho. La gratitud por la vida que ahora anhelaba a su lado para siempre.

-Desde aquí te podré ver, no llegarás muy lejos, lo sé. ¡Caprichosos ambos!

Elianne, ¿dónde estás? ¡Rápido! alguien corre hacia el portal de la iglesia. ¡Oye! ¿Qué es lo que llevas ahí? trae aquí estos dibujos, no te pertenecen a ti.

Le voy a confesar lo que descubrí -dice Elianne al abuelo-, la mejor forma de ser eterno es ser un fantasma, vivir para siempre sin que estorbe el cuerpo. En cualquier caso, fantasma o no, para llegar al cielo se necesita primero morir, así que, muérase, ¿sí? En un acto de autocompasión, muérase.

-¡Acabar el cuerpo para liberar el alma!,

¡Acabar el cuerpo para liberar el alma!,

¡Acabar el cuerpo para liberar el alma!

-susurra como poseída una loca a la cerradura metálica del portón de la iglesia. Y a continuación sigue diciéndose: lo oigo en mi cabeza, lo oigo en mi cabeza.

¡Oiga! ¿Qué hace ahí? – le grita Elianne a la loca desde el portal de la casa. – ¿Quién es usted?, le vuelve a gritar.

― Yo odio mi nombre. Lo odio. Lo odio. Lo odio. Es como si a todo el mundo tubiera que recordarle que naci, contra todo pronostico, contra todo agurio. Me llamo Natividad, ¿no es ese un nombre viejo?, ¿acaso significa que estoy condenada a nacer una y otra vez, dia tras dia para permanecer bieja? Es sierto que no soy una niña tampoco, dentro de poco cumplire años, aunque mis piernas parescan las de un resen nasido y tenga que andar en coche como un bebe, pero si muero en este istante junto a ustedes, afisiada por su olor a basura, los que visiten mi tumba van a creer que la que alli llace, es una anciana decrepita, encojida y arrugada. Igual que usted, usted y ¡usted! Y que simplemente se equivocaron al tallar la lapida.  ¿Le molesta que le diga vieja? ¿Arrugada? ¿Encojida? ¿Decrepita? Cuando sea grande, si es que llego a ser grande, me quiero llamar Alekos.

En la cabeza de Alekos resuenan estas palabras y de pronto lo embarga la nostalgia, recuerdos de su infancia y de su antigua casa. Empotrada en el cerro, que en el crepúsculo se levanta en un horizonte rasgado de nubes y de sombras. Decide levantarse por fin, luego de meses, que parecen siglos, de estar en el mismo sitio, no viviendo ni muriendo, solo, fundiéndose con el material, mimetizado con el color ocre de las paredes.

Sin ayuda de nadie, porque hace rato que dejó de existir para el mundo, Alekos emprende un último viaje hacia su viejo hogar. Camina dificultosamente usando las muletas que ya hacen parte de su anatomía, por momentos sólo se arrastra pero nunca se detiene, no lo hace hasta llegar al que fuera el último bastión de su felicidad.

Una vez allí parece no recordar nada más que la hiedra del jardín, la biblioteca y el campanario, desde cuya única ventana podía verse lejana y borrosa una Villa sin contornos, extraviada en el tiempo. Ingresa por el portón con aldaba en gárgola, el parqué ajedrezado se ve intacto y las lámparas están encendidas.  Sube al segundo piso y ve por fin el portal de su refugio secreto, adentro no hay más que velas y libros, enormes estantes llenos de hojas de autores muertos, inmortales solo allí, falsos dioses que sometieron al tiempo y fueron en venganza metamorfoseados por él.

Se recuerda a sí mismo, aislado, en ese lugar de sombras, y allí mismo donde se imagina, está sentado un niño. Natividad, con la mirada perdida entre las páginas de un tomo de Verne, el lomo caído de un texto de Poe al frente y la ciudad a la vista. El piso de madera chirría bajo las muletas y hace que el niño se percate de su presencia.

― ¿Nevermore? También leí ese poema. Nevermore. Pero en la muerte no hay opción, hay más opción en el sufrimiento. Vivimos en una tierra condimentada con cuerpos putrefactos y no seremos más que eso. Después de la muerte no hay nada, ni piel, ni huesos, ni dolores, ni hambre. Pero… Yo no soporto sufrir, yo prefiero la muerte. ¿Vale la pena vivir? Acabar el cuerpo para liberar el alma.

Empieza a tirar uno a uno los candelabros, y las hojas secas comienzan a encender la noche, y hacerla tibia, un humo denso con olor acre se escapa por los arcos del campanario y se funde con la niebla, la vieja casa comienza a desaparecer en el cerro que no parece inmutarse, un cerro que será eterno frente a la eterna capital.

No se oyen sirenas, ni gritos, ni súplicas; sólo un sonido lejano, el sonido de este canto organoléptico; aullidos en una nube esferada, que salen a tumbos por lo alto, de la catedral primada; haciendo eco en el tiempo, haciendo eco a la algarabía, usando su repertorio, por los cinco mil quinientos tubos desde antes del penúltimo siglo.

 

 

* Nathaly Cuesta
Estudios: Ingeniera Química/ Esp. Mercadeo/ Dipl. Creación Literaria
Correo electrónico: atha.quest@gmail.com

**Alejandro Gómez Buitrago
Estudios: ADMINISTRADOR/INGENIERÍA/GASTRONOMÍA/RESTAURACIÓN
Correo electrónico: alejandrogomezbuitrago@yahoo.com

Ilustración por: Daniel Duque – Francisco Bernal

Categorías: Voz y verbo

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