Bams

(Texto completo)

José Aristóbulo Ramírez*

 

Los talentos se heredan, esta es una verdad de a puño. Los que afirman que tal presunción es mero convencionalismo aciago no saben lo que dicen o, menuda ironía, heredaron aserrín y alas de cucaracha en lugar de materia gris y por ello son refractarios a las evidencias y se empeñan con porfía en negar que buena parte de sus cortedades y majaderías fueron escritas con letra de molde y tinta indeleble por los genes que les transmitieron a machamartillo sus ancestros de uno y otro lado de la balanza. Como la cuestión tiene tanto de ancho como de largo, tranquiliza y espeluzna al mismo tiempo. Tranquiliza porque una está segura que lo que puso en el caldero donde se cocina la vida nueva es material de primerísima clase, cromosomas capaces de hacer brotar a un genio de campanillas. Horroriza porque lo que puso la contraparte…

A la sazón de esta conjunción de genes –refulgentes los propios y lánguidos los ajenos–, en virtud de esta relación antagónica y rebelde entre lo sublime y lo zafio que se produce cuando una se entrega de lleno al oficio de hacer muchachitos con resultados imposibles de predecir con exactitud –se dice de todo, que lo excelso es más fuerte y por ende tiene todas las de ganar, que lo cerril es de suyo retrechero y torticero de tal suerte que puede emplear trastadas ominosas para salirse con la suya, que si se mezcla excelso con tosco lo más probable es que el resultado sea aceptable, pasable, digerible–, un poco para ayudar a la causa y otro poco para que al cabo no se diga que una dejó el asunto en manos del buen tuntún, acaté el consejo de los expertos en bajitos –psicólogos, pedagogos, musicólogos y otros gogos que se la saben entera en aquello de no permitir que la puerca tuerza el rabo hacia la sentina– y con la mira puesta en el punto más filoso de la cumbre –los veintitrés cromosomas paternos no van a echar al traste una obra maestra–, desde que yo tenía dos horas de embarazo receté a mi hija en formación, la futura Cherezada, un jarabe de músico-terapia, un brebaje en regla y conforme a los lineamientos trazados por los doctores de la ortodoxia, es decir todo el repertorio completo de Wolfgang Amadeus Mozart, desde la Pequeña Serenata Nocturna hasta Júpiter, pasando por Fígaro, Bastien, Bastiana, Papageno y la Reina de la Noche, en las versiones de los grandes directores de orquesta y en las manos de los grandes intérpretes y músicos de mi predilección, Böhm, Barenboim, Solti, Muti, Alicia de Larrocha, Oistrakh, Kyung Wha Chung, Horowitz y Pollini, no faltaba más. Nada de versiones almibaradas y recortadas, nada de arreglos modernos, tristes y mediocres, nada de ardillitas cabronas y cantoras. Mozart en su más pura esencia. Mozart genial, vital y lisonjero. Mozart sin ambages ni artificios. Mi Cherezada se merecía lo mejor.

En un principio y tras las primeras dosis del elíxir o mejor, de la vitamina KV –las sonatas para piano, los cuartetos de cuerda, uno que otro concierto para violín y el elegante concierto para dos pianos–, henchida de vanidad, inflada como un sapo sabanero, conjeturé que las patadas que sentía en mi panza eran provocadas por una suerte de éxtasis divino que transportaba al feto de mi hija más allá del líquido amniótico en que chapoteaba con fruición, hasta alcanzar el olimpo mismo donde moran los dioses, donde se forjan los genios, que las notas gloriosas del rondó Alla Turca y del Allegro del KV 365 le vivificaban el ánimo y le borraban eventuales huellas e imperfecciones transferidas a mansalva por la corneta prosaica de su papá hasta dejarla convertida en un prodigio único, una criatura con el pesquis de Marie Curie, el arte de María Callas y la belleza y gracia de Audrey Hepburn o para ponerlo en términos musicales, en la mismísima Sinfonía 41 KV 551 en la versión de la Orquesta Sinfónica de Viena, bajo la batuta de Karl Böhm.  

En un principio y hasta el final porque, pese a las patadas que mi pequeña me prodigaba a porrillo, a despecho de las náuseas que me acometían con saña inenarrable y al margen del malestar general que me invadía –fiel a mi divisa, la barriga pegada al parlante de mi reproductor de música– jamás cejé en mi empeño de curar las eventuales taras de Cherezada mediante el influjo de la música del genio de Salzburgo.

Dos años después, aunque reconocerlo me supiera a diablos –me negaba a carta cerrada a aceptar mi derrota con resignación–, por mor de los chillidos y las morisquetas, de la rabia, los vómitos, los reflujos y las churrias apestosas con que mi hija, testaruda y dueña de una voluntad digna de encomio, acogía el remedio que yo le recetaba, tuve que agachar el moño y admitir que, en lugar de concitar una experiencia mágica e insuflar en su alma partículas cargadas de genialidad, las sinfonías Haffner y Praga, los conciertos para piano y violín, las óperas, el réquiem y las demás creaciones del maestro austríaco eran veneno para la pequeña, algo así como un potaje elaborado a base de ajenjo, hiel de pollo, juagadura de calzón cagado, baba de perro pachón y aceite de hígado de bacalao o, para no salirnos del tema, una fusión de vallenato, bachata, hip hop, guasca, ranchera y reguetón de esas que suenan ahora en cada esquina, si a esa barbaridad se le puede motejar de sonido. Yo lo llamaría estropicio.

Aquella actitud de mi hija me escamaba hasta el delirio. Tanto sacrificio para tan ralo botín. Como no estaba dispuesta a dejarme peinar de raya en medio por una mocosa incapaz de justipreciar lo que es mirífico y colosal –gustárale o no, Cherezada sería uno más de los genios forjados en la fragua de la músico-terapia–, haciendo uso de mi autoridad irrecusable varié las formas, renuncié a Wolfgang Amadeus y en su lugar, sin atender a protestas, berridos, cagaleras y zarandajas, le estremecí el organismo y el meollo con dosis diarias de Vivaldi, Dvorak, Tchaikovsky, Haydn, Beethoven, Saint Saëns, Telemann, Handel y Corelli.

Pero, ¡me lleve el que me trajo!, a santo de qué llamarse a engaños. No había caso, mi hija tenía orejas de pescado y el sentido del arte refundido en algún recoveco de su intestino grueso. Por más de que yo, a través de los grandes de la música, me desgañitaba y hurgaba a trompicones en su interior en procura de una pradera feraz para que allí el talento inmanente anidara a sus anchas, la muy insensible no dejaba de chillar y patalear, de hacer pucheros y mohines de asco cada vez que le administraba su medicina.

¡Contro, qué contrariedad! A fuerza de reveses y luego de dos años de lucha sin tregua tuve que aceptar que una cosa piensa la burra y otra la que lo está ensillando. Mecido al compás de melodía tan desgarradora, cuando estaba a punto de tirar la toalla y abandonar a la niña a su negra suerte, a que fuera criada y nutrida al arrullo del chucuchucu chungo que tanto le fascina al ordinario de su papá, ¡zape!, acaeció el prodigio, un milagro de no creer. Por esas trastadas del pinturero de lucifer, harta ya de herencia, genio, talento y retintín, un día en que cavilaba en la idea de unir un óvulo mío con un renacuajo del semen de Gustavo Dudamel para enmendar la plana con otra plana y no volver a regarla tan feamente, ya no en pro del sayo ajeno sino para beneficio propio, creyendo que se trataba de la maravillosa Sinfonía del Nuevo Mundo en la versión de Leonard Bernstein, puse a sonar a todo taco el Concierto para Piano No. 1 en Re Menor, de Johannes Brahms.

¡Caramba!, quien lo entienda que me lo explique. Al escucharlo, la insensible de Cheri se agitó en su silla como presa de una descarga eléctrica, aplaudió, sonrió por primera vez en su vida, se le alumbró el pecho y de sus omoplatos surgieron un par de alas. A partir de dicha experiencia, báilenme ese trompo en uña, además de su compota y de su tetero, la mocosa pedía a Brahms mañana, tarde y noche. Brahms al despertar, Brahms para bañarse, Brahms para dormir, Brahms para soñar. Brahms y toda su artillería pesada, sus sinfonías –más complicadas que la cagada de un estíptico–, sus conciertos –en los que el presto parece adagio y el adagio un pozo sin fondo–, sus sonatas –harto difíciles de abordar a las primeras de cambio e imposibles de abordar a las últimas–, y sus variaciones –laberintos plagados de minotauros en donde yo jamás hallé la fuga prometida en el impreso del programa–.

Menudo choteo aquel. Yo, alentada por la esperanza de saber que mi Cheri no era sorda, trate y trate de administrarle música genial, y ella pida y pida música de locos. Y ella llore y moquee y gesticule y patalee al ver mi renuencia a satisfacer sus gustos tremebundos, y yo, para calmarla, vencida en todas mis líneas, dele y dele Brahms al desayuno, al almuerzo y a la comida, y en ese jaleo, pierda y pierda la preciada calma. Y yo cada día más desquiciada con Brahms, más lóbrega, más bruna, más tétrica, más esquizofrénica, y mi hija, cada día más radiante, más exultante, más risueña, hasta el punto de increpar con su media lengua… «Mozal no, mami. Mozal no guta, Mozal es feo. Bams, yo quelo Bams. Bams es bueno. Cheli ama a Bams».

¡Atiza! Por más vueltas que le daba a la cuestión era incapaz de sentirme atraída por los oropeles de una victoria tan pírrica. En efecto, aunque así lo aconsejaba mi fuero interior, no podía salirme por la tangente argumentando que a falta de pan buenas son tortas, que da igual tambor que pandereta, que, para azuzar el genio de una chiquilla, da lo mismo el primoroso Cuarteto de Cuerdas No. 17, de Wolfgang, que el tétrico Cuarteto de Cuerdas No. 3 en Si Bemol Menor, de Johannes. No, señores, ni de riesgos. Esta no es la vidriera irrespetuosa de los cambalaches. En mi morada no vivimos revolcados en un merengue y en el mismo lodo, todos manoseados.

Estaba claro que las cosas no podían seguir así indefinidamente. Era menester cortar el mal de raíz. Una cosa es aspirar a que, estimulada por la música de Mozart o por la de un artista parecido, la hija de nuestra sangre se convierta en un genio de campanillas y otra muy diferente precipitarla, en aras de este afán, a experimentar los rigores del horror, de la furia, de la locura, del averno. Porque, hablando en plata blanca, allí descansaba el busilis de la cuestión. Para digerir un sancocho sazonado por las manos de Brahms se necesita disponer cuanto menos de un organismo sin alma y de ocho estómagos de gallinazo de albañal. En suma y sin arandelas, si el precio que debía pagar mi Cheri por la obtención de lucidez y caletre era pasar una larga temporada en el mundo lóbrego, rocoso, monótono y enmarañado a que precipita sí o sí la música de Bams, digo, de Brahms –y me importa un ardite que una miríada de melómanos y académicos no estén de acuerdo conmigo–, yo prefería mil veces que mi hija creciera bruta, atarantada, patosa y pazguata. Incluso, prefería renunciar a mi rol de tutora y dejarla en manos de su papá para que este la desclasara, desportillara y sanjuaneara a placer con las estridencias de Six Pistols, Miami Sound Machine o Black Sabbath.

Pero, ¡diantres!, lo que son las paradojas de la vida. Ya era tarde para regresar como si nada al punto de partida, no era posible hacer de tripas corazón y olvidarse de música, terapia, genialidad y pijotería. Como buena hija del tiempo en que le tocó vivir, en un abrir y cerrar de ojos mi pequeña fue capaz de mover a su antojo la discoteca que heredé de mi padre para atiborrarse a placer de su Bams ella solita, sin atenerse a los enojos, antojos, malos hígados y prejuicios de su progenitora. Así las cosas, no tuve más remedio que claudicar ignominiosamente, clavar el pico, entregar las armas, retirarme del campo de batalla, aceptar a ese mal bicho barbudo y canijo como influjo, inspiración, fondo y trasfondo de nuestro porvenir, pedir perdón al cielo por ponerme de artista a abrir cajas de Pandora a la topa tolondra, implorar a la divina providencia para que el calibre de males que caería sobre mi descendencia indefectiblemente no fuera tan ruinoso, y aguardar a que el engendro de cuya simiente era yo precursora a mi pesar, se metamorfoseara y mostrara en sociedad su rostro impío para saber si procedería llorar, morir o renegar para siempre de la perra suerte.

Ni que decir tiene que, acunada en música semejante, yo aguardaba con resignación lo peor de lo peor. Qué sé yo, mi Cherezada convertida en pastora de la Iglesia Akáshica-Angelosófica de los Últimos Días, en profesora de econometría de MIT, en periodista paniaguada al servicio de los intereses de un grupo económico poderoso o, más espeluznante todavía, en accionista de un banco, en senadora de la República por el Partido Liberal o, la quintaesencia de la infamia, en espía o policía del Departamento Nacional de Inteligencia.

El tiempo pasó y vaya una a saber si por albur o por piedad o porque el tigre no es como lo pintan y Brahms en el fondo no es tan espeluco como se me figuraba –dejo el asunto de ese tono, no quiero pagar por ver–, Cherezada emergió de su capullo convertida en mujer machucha, despejada y sagaz, sin arremuescos ni estropicios ni extravagancias que lamentar. A despecho de mis premoniciones abracadabrantes y agoreras, sus sobredosis de compositor imposible de digerir no le desangelaron la coraza, el candor y la trastienda. Y aunque parezca como una suerte de retaliación, como una especie de ansia vengativa conmigo misma, aunque no tenga tranquila mi conciencia por haberme metido en camisa de once varas, aunque mis yerros como madre y tutora me escuezan de cuando en cuando en el costado izquierdo del pecho, a pesar de que sé de buena tinta que su genialidad no es fruto de mis previsiones y de mi buen gobierno, a pesar de todos mis yerros y de mi fracaso de medio a medio con Mozart y compañía, me enorgullezco y me inflamo de vanidad cada vez que veo a mi Cheri en la pantalla chica desplegando a manta arte, belleza, talento y donosura.

El que nace para tamal del cielo le caen las hojas. Aupada o no por don Johannes, hija o no de la músico-terapia, acaso porque sea el vivo retrato de su mamá, lo mismo que Bette Davis, Barbara Stanwyck y Joan Crawford, Cherezada es actriz de quitarse el sombrero. El Canalla, la tercera telenovela de la cual es protagonista principal, causa actualmente un furor inusitado en toda Hispanoamérica.

 

*José Aristóbulo Ramírez Barrero

Bogotano, economista, lector voraz y un apasionado de la literatura. Desde 2010 le dedico medio tiempo a la economía y otro medio tiempo a escribir. Mis cuentos, relatos, microrrelatos, novelas juveniles, relatos juveniles y cuentos infantiles han obtenido reconocimientos en doce países.

Correos electrónicos:  telesforo_mambaco@gmx.es numenca.106@mail.com

Ilustración por: Daniel Duque – Francisco Bernal

Categorías: Voz y verbo

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