Contrapunto

(Texto completo)

Daniel Alejandro Martínez Méndez*

 

“El Jazz es, para mí, una especie de presencia continua…

Mi trabajo de escritor se da de una manera

en donde hay una especie de ritmo…

una especie de latido, de swing, como dicen los hombres de Jazz.”

(Julio Cortázar en el programa A Fondo de TVE, 1977)

 

Me temo que soy un fracaso. Y no soy un fracaso exitoso como ciertos artistas amigos míos, que en su mediocridad destacan. No, ni eso. Innumerables veces he intentado cambiar de disciplina, tal vez el Jazz no es lo mío; la escritura puede serme más favorable, pienso. Pero no, ni siquiera sufro del éxito en ella, como compensación a mi medianía musical.

Cortázar, el gran escritor, era un amante del Jazz y un frustrado trompetista, cabe decir. Me da esperanzas. Improvisación y espontaneidad. La frente sudorosa en una noche austera, con sólo las luces histriónicas de compañía, las manos temblorosas. Charlie Parker y Thelonius Monk, ¿cómo le hacen? El sax no se toca solo, Bird. 1-2, que el tiempo no te alcance y las notas sigan saliendo, deslizándose como tinta corrida en una hoja blanca. ¿Quién es Monk? Los martillos de las manos atacan a las teclas, suena más el golpe que la nota, tal vez el golpe sea la nota. Las disonancias y las pausas, escaleras sonoras: en el Jazz no hay errores, sólo contrastes, lo importante es continuar. El ritmo, el ritmo, no la rima. Mutatis mutandi: Cortázar por lo menos escribía bien, si sus labios entorpecían la voz de la trompeta; de seguro hay otros, cuyos dedos, ágiles agujas, presionaban bien las cuerdas, aunque no supieran escribir o leer ni una sola letra.

¡Pero yo! Yo he recibido el peor don de todos: escribo con notas y hago música con palabras. Maestro, director, ¿cuándo acentúo la A? ¿Y la A#? Es terrible, no puedo hacer un texto coherente sin caer en groseras aliteraciones, tratar de forzar un ritmo para luego romperlo, y que Dios me salve de mis onomatopeyas invasivas, que, ¡zas!, no dejan leer el cuento. Además, especialista en la guitarra, no dejo de hablar mientras toco: como si fuera cantautor de Folk, declamo unos horribles poemas mientras medio intento un acorde -el bajista ya tiene otra nota base, y yo aún no hago el cambio ¿ya estamos en el coro?-. Es terrible tener la mente combinada: escritor y músico amateur, mediocre profesional.

Esa es la razón de que haya vendido mi instrumento. Nadie le paga a los mediocres. Así que ahora puedo ir borrando lo de músico amateur y todo el inicio, porque ya solo escribo. La escritura tampoco me paga, pero, por lo menos, no tengo nada que mantener  -cuerdas, amplis, pedales-. Tal vez, haya un poco de beneficio en esto, haber intentado ambos me distraía de ser verdaderamente excelente en uno. Joyce dejó el canto y empezó a componer verdadera Música de Cámara con sus palabras sordas. Rulfo no necesitó de la música para la banda sonora de sus libros. Tal vez, la palabra sí esté sobre la nota. Aunque siento que es un poco burdo tratar de categorizarlas -¿no son todas las palabras notas? Lenguaje es lenguaje-.

Ya no toco más y mi don mediocre es intratable, así que estos meses he decidido desarrollarlo. Tratar de reivindicar el camino, olvidar la guitarra, y aceptar que algunos de nosotros tocamos música con letras. Pero ¿cómo olvidar a Joe Pass acariciar su Gibson -la máquina como extensión del hombre- y cantar con los dedos? ¿Las noches que Chet Baker me había hecho llorar, con la trompeta sollozando por despecho, se irán? ¿Olvidaré a Duke Ellington, el Duque, y lo sentimental?  ¡Me iré de la guitarra, pero la música no se irá de mí!

Solo tengo que hacer un texto donde los reúna: las palabras como música y la música como palabras. Siempre me ha salido mal, pero eso es porque abuso de ciertas letras: la “m” melancólica y la “s” triste. Por eso termina forzado y sin fluidez. ¿Qué tocar entonces? Siempre he gravitado hacia el Jazz, como mi manía absurda por mencionarlo lo demuestra; pero el género es tan grande. Me gusta la lentitud y la parsimonia de ciertas canciones: hundirme en la nostalgia, que me cubra como manta en una noche fría para que me acoja con seguridad y reflexión. Cada punzada del contrabajo ahonda en un recuerdo, lo saca a la luz y me obliga a abordarlo. Las escobillas acarician la tarola y los tambores eliminan suavemente los detalles de la memoria. Y la trompeta, su melodía, guía mi mente como agua por un río que desemboca en una tranquilidad estancada. The world will always welcome lovers, as time goes by…

Ahora bien, no es que desprecie las Big Band: su locura me enreda, los vientos me encandilan como luces neón y reconozco que la gran movilidad de sus ritmos podría retorcer a cualquiera; pero creo que un cuarteto o un trío es más que suficiente para acelerar el pulso. Otra cosa aparte son los solistas, no sé cómo le haría para mantener mi ego en cantidades sanas ante tanta atención.

Si escribiera tal texto, tendría que detallar cómo es una canción y hablar de mi experiencia; solo podría decir, pues, que toda buena canción de Jazz, en su versión de cuarteto, necesita un acompañamiento.

Es así que el contrabajo y la batería serán la estructura y el esqueleto de la canción. Y como acompañamiento necesitan ser sólidos y formidables. Pero a la vez, casi invisibles. Ellos serán la hoja donde se escribirá. Un camino, notas graves que se deslizan elásticamente por el mástil, dando una sensación de movimiento, pero con una forma constante; de vez en cuando un piquete vibratorio aparecerá y nos recordará de su existencia, nos hará conscientes del mecanismo detrás de la melodía. Porque aquí los instrumentos no se escuchan, se saborean. Así, lo importante es la forma y no salirse de ella -no hay cuidado, habrá tiempo para romper la estructura también-. Habremos progresado y pasado del primer compás al sexto sin darnos cuenta. Y eso es porque los susurros de las escobillas nos vuelven susceptibles a soñar.  Los platillos como campanitas reposan a la entrada del oído con un leve eco, muy apenas perceptible. Los golpes son dulces y poco agresivos, pero dividen, inconscientemente, a la canción, marcan los cambios. Permiten acondicionar los cuatro instrumentos, las cuatro mentes que de alguna manera logran comunicarse sin hablar -lenguaje es lenguaje es lenguaje-, todo en orden y todos en orden.

Pero llega lo más importante: la línea melódica. Una-guitarra,-o-alguna-trompeta,-se-apoya-de-su-timbre-para-destacar-sobre-los-demás-instrumentos-y-guiar-la-canción,-producir-tarareos-con-notas-repetitivas-como-constantes-o-motivos-literarios,-fíjate,-otra-vez-la-misma-nota,-ésta-se-quedará-en-mi-cabeza-un-buen-rato.-Hasta-que-la-continua-melodía-punzante-de-A’s-y-E’s-y-C’s-se-detiene-y-da-espacio-a-un-solo-inesperado.-La-atención-se-mueve-como-una-cámara-en-una-película-

El piano que había sido limitado a la armonía decide silenciar un rato a la guitarra, y con percusión y movimientos de

                                   a                                                                               a 

                                r                                                                                     b

                              r                                               a                                          a

                           i                                                                                                  j

                        b                                                                                                      o

                     a 

 

continúa con la danza de los sonidos. Su tiempo se acaba y regresa a su función armónica.

La estructura se rompe.

Y lo que antes tenía una forma constante y notoria, se ha transformado.

El respeto de la guitarra y el piano deja a solas

al contrabajo y a la batería.

Es un solo de bajo,

-la batería acompaña-

un solo elástico.

Al igual que el piano,

nos lleva de un lado a otro,

tratando de romper con lo establecido.

Se hace presente un instrumento inaudible.

Los graves definen y juegan con la canción.

Sin posibilidad de equivocarse, toda nota es correcta.

Hasta que huye de la escena y deja a los huesos solitarios.

Las escobillas se tiran y las baquetas rompen los tambores.

El solo de batería aturde fuerte ¡pa! ¡pa! ¡pa!, alternando toms, haciendo ¡crash! con

los platillos y retumbando ¡tum! con el bombo.

Se extiende hasta el fin, aumentando la velocidad, sin guardar semblanza con lo que

era el principio, adueñándose de la canción.

La liberación de un impulso, que durante diez minutos estuvo retraído, se expone en

dos minutos. Agota el tiempo.

Y el acompañamiento regresa. Una vez más los instrumentos han vuelto a sus funciones originales, la estructura se normaliza, se hace constante y ordenada. La guitarra toca sus riffs usuales y el piano armoniza. La canción está lista para terminar, cada músico exhausto, cada músico con su propio momento de expresión y de escena. Se acuerda hacer una última vuelta. El gran final donde todas las notas son tocadas a la vez sucede.

Comienza la siguiente canción y mi texto termina.

 

*Daniel A. Martínez Méndez

Estudios: Estudiante de Ciencias de la Salud y aficionado a las Humanidades

Correo: daniel_martinez_mendez@hotmail.com

Redes sociales personales: TW: @DAMM0304  FB: /damm0403

 

Ilustración por: Daniel Duque – Francisco Bernal

Categorías: Voz y verbo

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