Darling

(Texto completo)

Diego Germán Romero Bonilla*

 I

Luego de suponer que esa noche, en la habitación de ella, hubiese sucedido lo que él deseaba que sucediera, él, o más bien yo, que fui él, pregunta ¿y a la mañana siguiente qué? La posibilidad de imaginar aquello o de suponer que realmente hubiese sucedido, me llena de miedo, o mejor, lo llena a él un profundo escalofrío. “Eso sería lo Real de lo Real, porque en un principio, todo lo sucedido durante esa noche, especialmente después de los espaguetis, el vino, la revista porno, las confesiones (de ella, no de él) y especialmente después de haber tocado esa canción en la guitarra de ella antes de dormir, y lo que ello hubiera podido desencadenar, sería lo Real: ese momento donde los cuerpos se encuentran más allá de las convenciones del lenguaje, donde el Uno ve al Otro en su apoteosis, en la lógica del placer, del deseo irrefrenable, del malentendido. Después de esa ceremonia de cuerpos y jadeos vendría lo Real de lo Real, que significaría todo aquello que sucediese al despertar, especialmente al encontrarse a ese Otro, en carne y hueso, después de haberse manifestado. De esta manera, ¿con qué ojos ver a esa persona con la que tanto se ha fantaseado luego de haber cumplido la fantasía, si es que el lugar de esa fantasía es en el terreno de lo irrealizable?”. Él se queda absorto pensando en esto. Desde luego, han pasado varios años, pero ahora él se imagina a sí mismo acostado en su cama, seis años atrás, mirando hacia el techo de su vieja habitación, haciendo figuritas con las estalactitas del techo. “De haber sido así, de haber sucedido lo que yo quería que sucediera, hubiésemos despertado juntos y no solo en esa habitación de huéspedes, una pieza iluminada de cortinas y paredes blancas desde donde se divisaba la calle 45. No. Hubiera despertado en su cama, en la oscuridad de esa habitación sin puertas. Es curioso, de las tres habitaciones de su apartamento, la habitación en la que pasé la noche era la única que tenía puertas, las demás no. De haber dormido allí, junto a ella, hubiera visto de nuevo ese cuadro, ese retrato de ella, de su torso desnudo, de su culpa. Luego, ¿qué seguiría? No sé. ¿Un buenos días con beso en la boca? ¿Quedarse observando cómo ella duerme y recordar la noche anterior y pensar “Wow, y ahora qué”? O mejor, haber despertado sólo en esa cama, la de ella. Escuchar que ella está por ahí. Vestirme y encontrarla. Verla de nuevo con el pecado en los ojos, verla quizá en camisa, como lo hacen las películas eróticas, o verla como debe ser, Real, vestida ya sea en pijama o ya completamente arreglada para un nuevo día. ¿Qué haría? ¿Le diría “hola”, “buenos días”, “linda mañana”, “cómo te va”? ¿La besaría? De nuevo esa pregunta. Mejor pasemos de largo esa situación. Es difícil, más aún con una mujer como ella. Pero ¿qué seguiría? ¿Hacer juntos el desayuno? Pero la noche anterior no había nada en la alacena, por eso hicimos esos espaguetis que nos quedaron horribles. Quizá lo mejor sea ir a una de las panaderías de la 45 y desayunar juntos. Un cuadro típico: una pareja que hizo el amor desinteresadamente toda la noche se vuelve a reunir, cara a cara, para desayunar mientras el sol de la mañana entra por la ventana a la mesa de ellos como un cuadro de Hopper. Ellos, la pareja, se hablan. Pero ¿de qué hablarían? ¿qué palabras hay después de que el deseo se ha exprimido, y de paso las palabras que de este emergen como pretextos para que dos personas que nunca se buscaron se buscasen de nuevo? Quizá simplemente él hubiese despertado, vestido y a correr para la casa ya que hay muchas tareas por hacer, y todo marcharía de maravilla, como si nada hubiera pasado, ya que simplemente fue un polvo más que nos echamos como amigos. Sería muy parecido a ciertas películas. Ahí no habría miedo a lo Real de lo Real. Nos volvemos a ver el sábado en clase, y luego el miércoles y así sucesivamente durante las semanas que quedan de semestre, que ya son pocas, poquísimas. Pero luego ¿qué? Sería interesante otra resolución: que al despertar, sin mediar palabra, simplemente volvieran a tener sexo. Otro desenlace de película. Luego volver a caer tumbados sobre la cama, saciados, sedientos, enmudecidos. Pero en algún momento, pasado el deseo, habría que volver a mirarse a los ojos y buscar palabras para organizar el universo. Y ahí ¿qué?

II

 

Ahora que no tengo nada en qué pensar, me pregunto qué hubiese sucedido aquella noche. La sangre corriéndole por las venas, o más bien, la sangre como bocadillo hirviente latiendo a través de su cuerpo de hojaldre. La certeza de algo que le interpeló desde que, la primera clase del primer semestre, él la escuchó: una voz frágil argumentando las posibilidades de introducir la creación poética como texto de una tesis de maestría en Estudios Culturales. A él le encantó eso. Ahí se empezaron a hablar. Ahí ella se convirtió en una figura enigmática y deseable. Tres semestres después, en ese presente que él tanto recordaba cuando le daba por ser nostálgico y ponerse a recordar, se fraguaría una situación de la siguiente manera: él sentado en el borde de la cama de ella, ella acostada, en pijama, arropada, acurrucada de modo que su cuerpo apunta a donde él está, los dos se encuentran bajo los efectos del vino, aunque ella tomó más esa noche, por lo que su estado de somnolencia es mayor. Él toma la guitarra, esa guitarra que estaba, de pura casualidad, al lado de la cama, la cama de ella. Él agarra el instrumento por el mástil, es una guitarra azul, muy pequeña, tanto que no caben las manos de él, pero efectivamente sí las de ella. Ella está en estado de somnolencia. Él no. No obstante, él afina la guitarra sin afinador. Para ello, él toma como referente tonal la nota G que encabeza el punteo inicial de Wish you were here. Es la compleja operación de afinar a oído, afortunadamente él ha estado practicando, así que afina la guitarra más o menos bien. Luego de un jugueteo por varios trastes para acoplar su mano al instrumento, piensa en la canción adecuada para ese instante que no se olvida. Rápidamente se decide por la que más ha practicado en los últimos días. Así, él procede a entonar ese extraño acorde de E+, vibran la cuerdas de nylon, un-dos-tres-un-dos-tres-un-dos-tres, pasan los segundos, mientras que por su cabeza se proyectan los más osados pensamientos circunstanciales y casuales; él continúa, de memoria, a ritmo de blues, esta secuencia A, E, F#m, D, Bm7. En ese instante ella abre sus pequeños ojos, ella es arrancada del trance en el que estaba cayendo. Con un hilillo de voz cansada dice: “Esa me la sé, pero no recuerdo su nombre. Espera…”. “Sí”, dice él, “es…”, “No me la digas, espera, esa canción es…”, “Oh Darling!, de los Beatles”. Silencio, solo la guitarra. “Lo sabía” dice ella, manoteando bajo las cobijas. “Una vez me la cantó él…”, ella menciona el nombre del hombre de su deseo, nombre que para él significa una barrera al goce mucho mayor que su propia inseguridad, pero también una imposibilidad, la prohibición al goce por el que él espera esa noche. El deseo es el deseo de otra persona. Él prosigue con la canción, se aproxima el interludio A-D-A-A7. Ella reacomoda su cuerpo, esta vez más cerca de él. Ella apoya la cabeza sobre su mano derecha. Está dispuesta a escucharlo. El cabello le cae sobre la cara, al tiempo que él puede ver su boca entreabierta, quizá deseosa. Nunca la había visto así. Y lo peor, nunca más la volverá a ver así. Tampoco la podrá volver a imaginar así, porque la imaginación y la memoria lo engañarán a futuro, porque luego la imaginará siendo ella otra, un rostro diferente, una mirada diferente, una ficción diferente. Siguen los acordes, A. Emocionado, él decide cantar, y así, aniquilar sus inseguridades ontológicas que no son nada justificadas a su edad. Será su último acto para esta noche. Se programa. E+. “Oooouh-daaar-ling. Pliis-bi-liiiiiv-mi. Aaaai-nee-ver meik-it…”. Ella desliza su cabello con la mano izquierda para verlo bien, a lo que deja entrever su pálido cuello. Es de madrugada y está muy oscuro, él la mira a ella a los ojos, temor y temblor, él imagina que las pupilas de ella están dilatadas, eso da pie para interpretar un signo de deseo. Tampoco se puede ver si se ha sonrojado, pues está muy oscuro. Pero él lo supone. Se aproxima el interludio, él sabe las notas que siguen, pero en la parte del coro no recuerda los acordes que siguen después de E7, acorde difícil de ejecutar, más aun en este mástil tan pequeño. No importa. Él se pone frenético. A-D. Ella se levanta un poco. A… más cerca… D… mucho más cerca. Él cierra los ojos para no ver, no pensar, no saber qué seguirá, una renuncia a sí mismo, una entrega al azar, aunque las cartas ya están echadas, esta vez, muy bien echadas. Él la siente a ella respirar sobre su mejilla, siente un brazo de ella que toca su brazo, y ahí, un acorde malogrado. Tibia sensación. Colapso. Lo inevitable. Lo deseable. La fantasía se aterriza en su carne. Con cuidado, una mano libre deja la guitarra en un lugar seguro. La fantasía se explaya a su manera, se hace a sí misma. Lo imaginario deviene real. Pero lo imaginario… será siempre imaginario.

 

* Licenciado en Educación Artística de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas (Bogotá, Colombia) y Magíster en Estudios de Género de la Universidad Nacional de Colombia. Actualmente es docente de escritura, investigación y práctica pedagógica en la Universidad Pedagógica Nacional (Bogotá, Colombia).

Info adicional: El presente texto hace parte del proyecto literario Purgatorio de los artistas, novela de corte experimental, aún en construcción.

Correo: diakomix@gmail.com

 

Ilustración por: Daniel Duque – Francisco Bernal

Categorías: Voz y verbo

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