Digresiones en torno a la música

(Texto completo)

Nabor Rachowsky*

 

Estoy convencido de que todos nacemos con ritmo. De esto no me cabe duda, antes que dibujantes, arquitectos, escultores, bailarines, literatos, fotógrafos o cineastas,  tenemos un compás: el latido. Esa pulsión que determina la forma y el estilo de nuestro andar en la vida. Probablemente se crea que estoy yendo demasiado lejos. Pero incluso Pitágoras, tenía noción de la música. Al parecer, él fue quien creó el monocordio, denominado instrumento de Dios. Me extraña que se le haya puesto semejante nombre. Puesto que todo lo basaba en escalas matemáticas. Y para disfrutar la música, no necesariamente necesito saberme las tablas de multiplicar.

Actualmente para los músicos, todo es ecuación, medida; prueba y error. Y claro, la mayoría falla, porque no sabe escuchar el latido de su corazón. Ven dinero, en lugar de sentimiento. Quieren fama en lugar de pasión. Resulta grotesca la velocidad que imponen los medios masivos de comunicación, limitan la capacidad de creación en la música. Quizás hablo de más, pero tendrán que perdonarme, no soy más que un borracho nostálgico que escucha las suites de chelo de Bach. Lo más cercano al cielo y al infierno. Al menos para mí, los especialistas hablarán después.

A Hemingway no le gustaba el arte efímero, el más espléndido. Por eso lamentaba que espectáculos como la música o el teatro terminaran y nunca volvieran a interpretarse de la misma manera. No como la literatura, donde se pasean los ojos sobre las mismas letras desgastadas, una y otra vez. Una suciedad innecesaria.

Imagino que la música se gestó con el apareamiento. La mujer como un hermoso y curvo disco de vinyl, y el hombre como una vulgar punta o aguja, para extraer el sonido que ya venía grabado en las féminas. Un gozo inescrutable al que no se le debe dar la espalda sin prestarle el oído necesario.

Desconozco qué animal en la naturaleza sea capaz de imitar el gemido de placer de una fémina. Supongo que no hay ninguno, y espero que así sea. Porque si no, no habría sinfonía predilecta. Y siendo demasiado atrevido, no habría música que escuchar. La lluvia, con los gestos de placer de una mujer es una combinación irremplazable. Cualquier hombre que haya pasado por ello lo comprenderá.

Cuando una mujer gime, se despliega un réquiem delicioso. Pero también existen mujeres que comprenden lo necesario del mutismo. Como los directores de orquesta, que al exigir un silencio, ponen un rostro de placer inescrutable. Ver esos rostros en las mujeres que entienden lo exquisito del silencio en la música es una cosa sin igual. Ese énfasis y matiz que da una nota silenciosa es una cualidad artística que ellas dominan a la perfección.

El origen de la música está indiscutiblemente ligado con el origen de nuestra sensibilidad.

Tal vez Kepler debió de fijarse en un fenómeno más cercano como la mujer, en lugar de buscar la armonía en el universo. No desdeño su trabajo, pero pudo ser mucho más sensato y utilizar toda su deducción sobre el universo femenino.

Bien decía Cioran en alguno de sus aforismos: “La pasión por la música es en sí misma una confesión. Más sabemos de un desconocido que la tiene que de alguien insensible a ella y que frecuentamos a diario.” Y he de añadir, que no conozco mujer que no tenga gusto por ella.

La pasión sonora, al momento de gestarse, se marchita con la misma inmediatez con que es ejecutada. Por esto la música es la metáfora audible de la vida, de los crescendos, los alegros, los prestos, las pausas, y los silencios.

 

 

* Nabor Rachowsky
Correo electrónico: naborismos@gmail.com
Página web: https://issuu.com/naborrachowsky

 Ilustración por: Daniel Duque – Francisco Bernal

Categorías: Voz y verbo

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