Megalomanía

(Texto completo)

Ernesto Mantilla, “El Chama”*

 

Inspirado en la canción Megalomanía del álbum Sabotage de la banda Black Sabbath.

En aquella habitación lo que más trasmitía vida era la radio encendida, también estaba él, pero como un vegetal al sentir que estaba muriendo. Había estado durmiendo pero una canción le hizo despertar de sus sueños, una melodía que se había  conjugado con su mente, especialmente con la memoria que le trasmitió una película de horribles recuerdos.

El primer evento llegó a su mente ¿Qué edad tenía, en dónde vivía? No lo sabía ¿Qué si era un niño? Por supuesto que lo era, y de hecho era tan pequeño que de aquella época no recuerda nada más que aquel horrible momento. Él tuvo una extraña enfermedad, parecida a la varicela, pero mucho peor porque su cuerpo estaba repleto de grandes granos con materia, le herían tanto que el simple rose con su ropa le lastimaba y eran tan delicados que no podía usar prendas blancas porque seguramente terminarían manchadas de sangre. Un día su madre le levantó temprano, le dio un beso en su frente, y le dijo: hijo, el doctor prometió que hoy le darían fin a tu enfermedad. ¿Acaso aquella noticia no debía ser alentadora? Pero él notó el desconsuelo en el rostro de aquella mujer, de hecho todo fue triste aquel día –  Tuvo que haber sido un domingo, el peor de todos los domingos – Se dijo mientras recordaba–. Las calles estaban vacías, el cielo oscuro, las horas lentas y el viento contenía escalofríos que lo golpeaban cada nada.

Llegaron al hospital y dos enfermeras le recibieron, dijeron que se lo llevarían, él abrazó a su madre como pidiéndole que lo acompañara, pero al parecer, ella no quería estar presente. Una enfermera agarró su mano mientras su madre le mostró la sonrisa más falsa que vio en su vida, y dejándose llevar sin anhelo, terminó en una habitación donde había tres enfermeras más. Su corazón latía tan rápido y estaba tan asustado que llegó a creer, en medio de su inocencia, que había llegado el día de su muerte. Lo desnudaron como a un muñequito, le remplazaron su ropa por una bata y lo pusieron en una camilla. Ellas no transmitían nada, no había lastima en sus miradas, ni sonrisas, ni siquiera lo determinaban, esperó cinco largos minutos hasta la llegada del doctor.

 Ya todo estaba planeado, todo estaba hablado, él era el único que ignoraba el evento, el doctor tampoco dijo nada, miró a las enfermeras como dándoles la orden de comenzar, y cada una tenía la tarea de sujetar fuertemente sus brazos y piernas. El  doctor sacó una gran cuchilla y empezó a apuñalar su cuerpo lentamente, a cortar y destripar uno a uno las dolorosas ampollas de materia ¿Cuantas eran, cien, doscientas, mil? No recordaba el dolor físico, recordaba el sufrimiento mental, la agonía, la agitación de querer ser liberado de aquel demoniaco acto ¿Acaso merecía sufrir de esa forma? Suplicó ayuda a su madre cuantas veces pudo. Gritó  al padre que ni siquiera conocía que por favor llegara en ese instante en el que más lo necesitaba,  también le  suplicó a Dios pero ninguno asistió a su socorro. Se sentía tan frágil ante la fuerza de aquellas mujeres que se convirtieron en cómplices del diablo, vio en el doctor a satanás alimentándose de su malestar y desesperación. Las horas pasaron y no le quedó otra opción que resignarse, ver las imágenes que generaban sus ojos aguados al observar la sangre que salía de su cuerpo.

Recordó cuando estaba en quinto grado. Al salir de su colegio un perro se acercó a su pierna, lamió su mano y esto le hizo querer consentirlo, luego el animal salió corriendo hacia su dueño y al intentar cruzar la carretera, las ruedas de un auto lo aplastaron por la mitad, presenció como sus patas delanteras arrastraban el resto de su cuerpo  inmóvil, acompañado  con los aullidos de dolor que resonaban por toda la calle. Se sintió culpable de dicha muerte, aquel animal se detuvo para saludarlo ¿Y si simplemente hubiera seguido su camino, estaría vivo? ¿Y si lo hubiese consentido un poco más, se habría salvado? Eran unas de las preguntas que se planteaba desde ese día.

También llegaron las imágenes de una época en la que vivió con su hermana. Se habían mudado a un treceavo piso, vivían allí cuatro personas, su hermana, su cuñado, su sobrino de dos años y él. Un día se encontraban en la sala viendo televisión y de repente se escuchó un fuerte sonido afuera, como si alguien hubiese tirado un bulto por la ventana. Los tres se asomaron y vieron justo en el primer piso un grupo de personas que gritaban y lloraban alrededor de una masa pequeña. La hermana inmediatamente gritó: ¡Michael! ¿Dónde está Michael? Empezaron a buscar al bebé por todos los arreadores del apartamento, y cuando se dirigió a su cuarto notó que su puerta estaba abierta y que la ventana que daba con su mesa de noche también. Su hermana y su cuñado después de haber buscado en el resto del lugar, y al saber que solo hacía falta la habitación de él, lo encontraron paralizado, observando como el aire de la ventana golpeaba su rostro. Nunca olvidó el ver llorar a su hermana inconsolable y escucharla gritar mientras se revolcaba en el suelo: ¡Mi hijoo! ¡Mi hijito lindo! ¿Por qué a mí? Sacudía a su esposo y le gritaba ¿por qué a nosotros? ¡Maldito sea el que nos lo quito! ¿Maldito sea quien se los quito? Esa frase siempre perduró en su mente, puede que se haya referido a Dios o a satanás, ¿pero quién era satanás? ¿Acaso no había sido él quien dejo la ventana abierta? ¿Acaso no había sido él, el culpable de la muerte de su propio sobrino? Su hermana se lo demostró con el silencio y el desprecio que le transmitió desde aquel día.

Pero quizás lo que más le afectó fue la muerte de su compañera. Ella era su luz, su cielo, su amor y desvelo, por ella daba la vida y sin ella no quiso vivir. La conoció una mañana, como se presenta el amor, sin percibirlo ni añorarlo ella apareció en su camino, para ese entonces él ya era un hombre triste, maltratado por la vida, lastimado por su propio destino. ¿Acaso este encuentro le traería más tristeza? Pues el creyó que ella era la recompensa de tan oscuro pasado, el final feliz de todos sus desvelos.

 Ella era la representación de la felicidad en un ser humano, esa mañana la vio arrancando la flor de su arbusto, y mientras salió a buscar el periódico, admiró su belleza sin esperanza, pero aquella mirada le fue correspondida. Ella le preguntó: ¿Estas flores son tuyas? Y él le respondió: son de quien las quiera tomar. Desde aquel día ella iba cada mañana a tomar una flor del arbusto de su casa, y él empezó a ser puntual con la recogida del periódico. Así poco a poco fueron hablando, conociéndose, hasta que la invitó a tomar una taza de café y ella jamás quiso salir de su casa. Ambos estaban solos en el mundo, ella porque no tenía a nadie y él porque todos le habían abandonado. Se enamoraron, el recuperó una sonrisa y  ella tuvo a quien compartírsela. 

Desde  el balcón de su casa se veía una gran montaña y cada mañana hablaban de ir a aquel lugar. Por fin, después de varios años, lograron sacar tiempo y un día decidieron acampar allá. Llegaron muy temprano, porque les fascinaba la mañana y querían desayunar mientras admiraban la vista de la ciudad. – ahora nos vemos desde acá– le dijo ella. Él había llevado unos prismáticos para jugar a quién encontrara primero su hermoso nido de amor. Pasaron una maravillosa tarde, pero cuando se hizo de noche, una extraña visita les arruinó la vida. Eran cuatro hombres de montaña, primero se mostraron con buenas intenciones, pero después empezaron a abusar de la confianza, se tornaron agresivos y él, después de todo lo que había vivido, no iba a permitir que le hicieran daño a la salvación de su existir.  No estaba dispuesto a pelear, les pidió que por favor los dejaran en paz, que se llevaran todo lo que quisieran pero que no los lastimaran, mucho menos a su mujer. Ellos si querían pelar, y la querían a ella. Recuerda haber utilizado todas sus fuerzas pero no pudo con la de aquellos hombres, un golpe lo dejó inconsciente y al despertar en la madrugada presenció la escena fatal.  Estaba ella, ahí, tirada en el suelo, con un cuchillo en su mano y su garganta cortada. Supo que no habían sido ellos, había sido ella quien le prometió un día que si volvía a ser abusada, preferiría la muerte, pues su padre, el único familiar que conoció, abusó sexualmente de ella varias veces cuando era tan solo una niña, y ahora lo habían hecho aquellos demonios del bosque.

Estos y otros muchos recuerdos le habían invadido, y aunque algunas imágenes desaparecían, el tormento, la tristeza, la tortura, la angustia, el dolor, la impotencia,  el desespero, el malestar, entre otras muchas sensaciones seguían ahí, en su mente, generándole una locura emocional que le estaba haciendo querer darle fin a su miserable vida. Había  logrado tomar su revólver y sentarse en una silla mirando la emisora, escuchando atentamente las oscuras melodías de una canción que conocía de memoria, que acompañaban perfectamente la película de terror que su pasado le había preparado. –  ¿Esto ya ha pasado? –  Se preguntó desorientado– .Sintió que ya había estado ahí, en esa silla y en ese estado ¿Para qué era el revólver? Seguramente para acabar con sus tormentos ¿Pero acaso aquella arma alguna vez fue utilizada? ¿Acaso podía moverse en medio de aquel martirio, de la ceguera e impotencia que produce el padecimiento mental al que se encontraba sometido? No, estaba paralizado. La canción estaba llegando a la mitad, la segunda parte era totalmente distinta y el sujeto lo tenía muy claro, de hecho anhelaba el momento en que terminara la inmolación. No era del todo consciente pero discernía sobre lo que iba a ocurrir.

 Sintió una distorsión en el sonido de la radio, intuyendo al mismo tiempo que era por la salida del animal que se dirigía lentamente hacía él para hacer posible el ritual. Abrió sus ojos y notó como una abeja descendía lentamente por su rostro para posarse en la mano con la que sujetaba el revólver,  moviendo lo único que podía mover (sus ojos) la admiraba y  decía a sus adentros: ¡Majestuoso ser, libérame, libérame! ¡Aguijonéame! Y al decir esa última palabra sintió el pinchonazo que le había causado el aguijón a una de sus venas, la lamentación había terminado y ahora solo quedaba la liberación megalómana que había traído la segunda parte de la canción.

 Se levantó con gran fuerza dejando caer el revólver al suelo, la vitalidad musical de una armonía infinita le otorgaron una potencia inmortal que se apoderó de su ser. Salió a la calle y sintiendo que su voz resonaría por todo el planeta, gritó: ¡Soy libre! Caminó por las calles y aunque a su lado ya no se encontraba la radio, aquella canción de Black Sabbath permanecía en su mente y solo faltaba mostrarle al mundo el semidiós en el que se había convertido.  

Agarró la rama de un árbol y la convirtió en un cetro de oro, una gran corona apareció en su cabeza y cubrió sus talones por si acaso tuviera el mismo defecto de Aquiles. Todos le miraban como si el mismísimo Jesucristo hubiera bajado a la tierra, porque una gran aura había aparecido a su alrededor. Las gloriosas melodías seguían transmitiéndole las imponentes sensaciones y al llegar a una plaza, mirándolos a todos como seres afligidos les dijo: he aquí el ser que los liberara de este infernal mundo, ¿acaso no están  cansados de tanto sufrimiento? Todos aquellos que ya no quieran padecer las injusticias de la vida ¡Síganme! Yo les llevaré a un lugar en donde solo existen melodías liberadoras, en donde las más perfectas notas musicales son las encargadas de engendrar la realidad. Después de haber dicho sus palabras, se sintió alagado al ver cómo todos lo veneraban por ser la única salvación a un mundo que consideraban terrorífico, y  al mismo tiempo sintió una gran placidez por saber que nunca más volvería a sufrir por su pasado, ignorando que al día siguiente se repetiría la misma historia.

 

¡Escucha en el siguiente link la canción que inspiró este cuento!

https://www.youtube.com/watch?v=Jfox9Gt0Ulw

 

*Estudiante en quinto semestre de Estudios Literarios

Universidad Autónoma de Colombia.

Correo: elchamita02@hotmail.com

Ilustración por: Daniel Duque – Francisco Bernal

Categorías: Voz y verbo

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