Off the road
Tito S. Martínez*




——–Los árboles, que dividen la autopista por la mitad, empiezan a derretirse. Las hojas amarillentas caen y se bambolean, difuminándose en el espacio a unos centímetros antes de tocar el piso. La radio no suena porque Jacobo insiste en que la música en inglés lo confunde. «No logro ponerle atención a la letra», dice. Sigo mirando hacia adelante, viendo cómo las líneas de los carriles de la autopista serpentean afanadas. Estamos arrinconados en el carril de la derecha para no tener que acelerar más de lo que soportamos. Los carros nos pasan a toda velocidad por el lado. Son solo segundos de diferencia entre cada mancha zumbante que pasa por nuestra izquierda pitando mientras nos deja atrás. Me digo que van tan rápido que derretirán el asfalto, y entonces empiezo a ver burbujas subir hasta la superficie negra de la calle. La puta boca me sigue sabiendo a metal. Iván sigue recostado en la parte de atrás. Se saca el cartón baboso de la boca y se queda viéndolo fijamente. Lo mira tanto tiempo, con la mano por encima de su cabeza recostada, que los hilos de saliva le golpean la cara. «Jaco, por fa, ponga música». «No, perro, me duele la cabeza». «Me voy a estrellar si no pone nada». «Bueno, va pa’ esa, pero pasito». Suena Angie, pero soy yo el que la canto. Ese cover no me gusta, las erres las pronuncio como el cliché de mierda que ponen a interpretar a Sofía Vergara en las series gringas, pero todo es mejor que el silencio. Con la música me siento valiente y acelero un poco mientras veo cómo mis dedos se estiran y achican sobre el timón. «Angie, Angie, when will those daRRk clouds all disappeaRR». Iván se pega el cartón baboso en la mejilla y se ve en el espejo retrovisor. Sus pupilas parecen comerse por completo el iris. «Perros, mi cara está llena de pecas», dice Iván. «No se haga caso, eso es el ácido». «Sí, viejo, deje de mirarse al espejo, ya le habíamos dicho». Con cada hueco que cogemos los pedazos de la batería sueltan sonidos ahogados en la parte de atrás de la miniván. «Ojo, perro, que los platillos son nuevos». «Qué pena, Ivancho, no vi el hueco, más bien coja con fuerza las guitarras que el estuche de la mía está roto». Sin dejar de ver hacia la autopista palpo el interior de mi boca con la lengua, pero no encuentro nada. El cielo es de un solo tono: blanco y eterno. No sé cuánto tiempo llevamos on the road y el reloj del carro sigue en las 3:01 como hace cuatro años, cuando se nos dañó con mi papá. «Pase otra pepa, Jaco». «Perro, nos va a matar». «Así es el punk, ¿no? Además, esas me concentran». Jacobo abre la guantera y me mete una pepa en la boca para que no tenga que soltar el volante. «RRRemembeRR all those nights we cRied, all the dRReams weRe held so close». Y todos gritamos por las ventanas abiertas: «Seemed to all go up in smoke, let me whisper in your ear. Angie, Angie».


——–Ya callados, Iván empieza a cerrar la ventana, pero se arrepiente a la mitad y vomita por el hueco que queda. Unas gotas se resbalan por el cristal de la ventana, no quiero saber de qué lado están. «Cambie esa mierda Jaco, que los Rolling me marean», dice restregándose la boca con la manga del saco. «Pero, perro, es nuestra versión». «Damos asco, Jaco, hagamos carranga». «Yo soy bueno es pal vallenato». «Reggaeton y nos tapamos en billetes». «Carrilera y nos tapamos». «Robemos un banco y nos tapamos». «Uy, uy, uy no, más bien deje de mirar para acá, Pipe, que usted va manejando». «Si nos faltan huevos compremos mejor el baloto, Iván». «No hay plata, toda se nos fue en pepas y ácidos». «Pues, pase una». «No más, perro, que usted es el único que sabe manejar…». Jacobo agita la bolsa de la guantera en el aire. «Si mi papá supiera, no le volvería a echar las monedas de mil que le dan a mi alcancía», dice. «Jajaja. Si mi papá supiera, no nos prestaría la miniván para el toque», le respondo.


——–Una media hora después, a las 3:01, según el reloj de la miniván, boto las vueltas del peaje en el portavasos. (No sé con cuánto pagué. Primero di un billete y la vieja de la casetica se quedó mirándose la mano, esperando más, así que di otro billete. Luego me pasó el papelito y un montón de monedas que casi se me caen de la mano). El olor a metal de mis dedos me llega hasta la parte de atrás del cerebro. Acelero, no quiero coger otra vez a la derecha, acelero más. «Necesitamos otra canción para el toque porque el repertorio no nos alcanza para llenar cuarenta minutos y lo único en que puedo pensar es en la mugre de mis uñas». «Perro, cuidado». «Ya estoy triste, ya tengo el sistema lleno de alucinógenos y estimulantes, soy una estrella de rock de manual, pero nada que sale una buena canción». «Perro, en serio, frene un poquito». «Para ser justos, siempre estoy triste». «Pipe, bájele, nos vamos a matar». «Usted cambie la música, Jaco, fresco». «¿Se le ha ocurrido algo, Pipe?…». «Nada, ¿y a usted?…». «Nada…». «¿Usted qué dice, Ivancho?». «Que si sigue cogiendo todos los huecos vamos a llegar a tocar a capela, la madre que la batería ya se rompió».


——–Con la velocidad a la que vamos y los vidrios abajo, los oídos me zumban en un tono constante. Esto es lo más parecido al silencio que nos queda. Finalmente puedo pensar. «No, papá fresco, yo nunca tomo cuando voy manejando». Eso dije: nopapáfresco. No es falso, en verdad no me he tomado ni una pola. No tengo ni veinte años y mi vida parece un puto anuncio de prevención con todas estas cosas que tengo en el sistema. Al menos uso condón, no quiero saber qué tipo de ratón con tres ojos sale si me llega a dar pereza de ir hasta la cajita escondida entre los calzoncillos. También dije que le iba a cuidar la miniván. Eso sí puede ser falso, pero intento que no termine siendo una mentira. Igual, como no voy a tomar, uso lo del toque para rellenarle el tanque. Que luego no diga que soy descuidado. Obvio lo soy, pero que no lo diga. Yo no le ando diciendo que su nueva esposa está más fea que mi mamá. No todas las verdades son verdades de gritar por micrófono, no importa que tan punk sea uno.


——–Iván se pone dos cartones como si fueran lentes de contacto. «Perro, vaya más lento que me voy a sacar un ojo». Cuando lo veo por el retrovisor me dice que fresco que el ritmo no se pierde y le pega al espaldar de mi asiento con ritmo de Jailhouse rock. Treinta minutos después, Iván se está comiendo las páginas del cuaderno donde anoto las canciones. No sé cuánto tiempo pasa hasta que se asoma entre las dos sillas de adelante. Con la boca llena de hojas de papel nos dice que él paga el próximo peaje. Son las 3:01 aún. El cielo sigue igual de blanco.


——–Me toca orillarme en medio de la carretera para poder orinar. Los carros y los camiones pasan pitándonos. Los más desocupados bajan la velocidad para chiflar y burlarse de mi verga. A los más desocupados les mando un beso mientras me giro y les orino las llantas y las manijas de las puertas. Iván está dentro del carro y nos habla por la ventana medio baja del asiento de atrás. «Parece un perro de esos que las familias felices llevan de paseo. No vamos a llegar», nos dice. «Yo tampoco creo, Ivancho. Yo tampoco». «Al menos no nos vendimos al mercado, Jaco». «Ojalá nos hubiéramos vendido al mercado. Las drogas de los famosos no golpean tan mierda. Esos ni se mueren». «¿Y Hendrix? Ese sí murió en un viaje». «Déjeme exagerar, Ivancho, excepciones siempre van a haber».


——–Mientras Jacobo y yo nos fumamos un cigarrillo para ver si nos calmamos, Iván está armando la batería en medio de la calle. Los carros siguen pasando y pitando. El cielo sigue blanco, no como si una nube hubiera cubierto todo, sino, más bien, como si el mundo estuviera debajo de la lámpara de un dentista. «Como los Beatles, perros», nos dice Iván. Empieza a tocar, pero no me la sé. Jacobo tampoco, pero va hasta el carro y saca las guitarras del estuche para ponernos a tocar. Iván toca la batería con una baqueta en la boca para pegarle con la fuerza precisa a los platillos. A la guitarra de Jacobo se le rompió una cuerda, de seguro por los huecos de la carretera. La mía está bien, pero como que sí le sobra una cuerda. Tocamos. La canción solo es una obra maestra si se tiene en cuenta el ritmo que hacen los carros al pasar.




*(Bogotá, Colombia)
Estudiante de Estudios Literarios.
Universidad Nacional de Colombia.

Ilustración por: Daniel Duque – Francisco Bernal

Categorías: Voz y verbo

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