Alogía virtual I:
El hombre que temía que borraran sus recuerdos
David Martínez Acevedo*



——–Un hombre temía, en sobremanera, porque amenazaban con borrarle los recuerdos de su hija y su esposa muertas. Era extorsionado por crackers para que les diera una cantidad importante de dinero mensualmente o de lo contrario borrarían sus recuerdos, sus preciados recuerdos. Vivía con miedo de amanecer un día sin ellos, el solo imaginarlo lo hacía temblar y lanzar gritos mudos.


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Él prefería no hablar de su extorsión con vecinos o familiares, a quienes veía poco. Nadie notaba su amargura, pues ni siquiera se veían fotos de las dos difuntas en su casa. Temía que llegaran más extorsionistas si se ponía en evidencia; sabía de personas extorsionadas que preferían perder sus recuerdos a seguir pagando elevadas cuotas de mantenimiento por conservarlos. Él, como los atesoraba tanto, era presa fácil para cualquier mnemoextorsionista. Su recuerdo más triste y a la vez más preciado era una imagen de sí mismo arrojando sobre las brillantes aguas del Mar Atlántico las cenizas de su hija y su esposa. Con frecuencia, la contemplación de un bello día soleado acentuaba en su mente el fugaz movimiento de las cenizas dispersándose sobre el intenso azul del mar. Adoraba más a su hija que a su esposa, lo justificaba diciendo que ella había salido de él, era su carne y su sangre mejoradas. Su esposa siempre fue su mayor idilio, pero las discusiones maritales imprimieron en su memoria algunas amarguras que opacaban los recuerdos más amenos. En ocasiones recordaba gratamente cuando llevaba a su hija de vacaciones, le colmaba el corazón de alegría verla nadar en el mar y recorrer las playas. Le gustaba oler su café en las mañanas porque cuando lo hacía recordaba este suceso, aunque no se le presentara a la memoria haber tomado café en algún viaje familiar.


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Había leído en la sección científica del periódico que aparecía cada mañana en la pantalla táctil de su mesa de desayunar que la memoria era estimulada con mayor efectividad por medio del olfato, su lectura le indicaba que la viveza del olfato permitía conservar con gran intensidad algo ocurrido durante la captación de un olor. El ejemplo que ponían en el artículo que había leído sugería que una mujer en Múnich asociaba el olor de la cerveza a los juegos con su hermano menor ya fallecido, porque solían jugar en una habitación cercana a la taberna de su padre cuando su madre no podía cuidarlos. Luego de atisbar la importancia del olfato, había adquirido el gusto por absorber con brusquedad el humo tenue del café mañanero. Sentía algunas veces que era como activar los interruptores de la luz, olía y de inmediato venía a su cabeza el recuerdo. Era una sensación melancólica, pero plácida, en última instancia, feliz.


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Durante sus jornadas laborales se mantenía enfocado en sus tareas; era muy reputado por su responsabilidad. Se dedicaba a la revisión de solicitudes de implantes de quinta categoría, los cuales se agotaban rápidamente en el mercado destinado a poblaciones vulnerables o con menos recursos económicos. Él debía consultar el historial socioeconómico y médico del solicitante para asignar el implante. Generalmente aprobaba implantes con filtros de calidad media; pocas veces utilizaba filtros de calidad alta, ya que sus jefes, y él muy de acuerdo, preferían utilizar estos filtros como materia prima de repuestos para implantes de categorías superiores. Los pobres recibían una conexión burda de implantes pesados que sobresalían demasiado de la cabeza; las conexiones de las sienes eran toscas, grandes, pero de materiales muy resistentes a altas temperaturas, ideales para los trabajos en las fábricas de enfriamiento de los núcleos informáticos que alimentaban cada dispositivo electrónico del planeta.


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Desde tiempos remotos, el transhumanismo se integró a la vida cotidiana de tal manera que cada ser humano sobre el planeta debía adaptar a su organismo implantes que les facilitaran la vida. Los implantes se usaban para todo, la información mediática se transmitía mediante ellos, la información personal, datos bancarios, historial médico, todo lo que hace mucho tiempo se comunicaba utilizando computadoras era ahora consignado en un implante conectado al cerebro. Se descubrió, en algún punto de la historia reciente, que algunos individuos debían dedicarse a trabajos duros y para ello era de gran importancia inducir un pensamiento que no estimulara la imaginación. Algunas investigaciones arrojaron resultados que decían que percepciones pobres no permitían refinar la imaginación, «cuando no hay contenidos mentales complejos, la potencia predictiva de la mente es deficiente», decía uno de los documentos científicos más difundidos. Según las investigaciones, dada la complejidad del implante, la percepción de su poseedor se vería afectada. Tal cosa era de dominio público, los pobres sabían que los ricos tenían mejores sentidos que ellos; los ricos sabían que los pobres tenían un defecto en la imaginación porque no tenían acceso a un espectro perceptivo más amplio.

——–Cuando no era abatido por los recuerdos de su familia, el hombre extorsionado era consciente de estas cosas, su trabajo consistía, de cierto modo, en contribuir a esa desigualdad. Pocas veces, cuando tenía un dilema moral, pensaba «si la gente que tiene implantes de quinta categoría quiere mejoras cibernéticas, deberán trabajar y ahorrar para comprarlos, el paquete subsidiario de los centros hospitalarios lo permite. Si la gente así no consigue estas mejoras es simplemente porque no quiere, porque desperdicia su dinero». Él estaba planeando adquirir una mejora, no era la segunda categoría que tanto quería, pero era una actualización 3.4, la más alta para la gente de su espectro perceptual. Eso lo llenaba de entusiasmo cuando estaba en su oficina, pero en su casa este deseo se extinguía porque se activaban los recuerdos de su familia. Mejorar sus implantes y perder los recuerdos de su familia no estaban en su lista de posibilidades, prefería su software obsoleto y seguir hundiéndose en la soledad con sus recuerdos. Sus relaciones interpersonales eran muy buenas, sus compañeros de trabajo le tenían en buen concepto porque era colaborador y conversador, aunque muy recatado. En sus noches solitarias cenaba injertos de arroz con carne in vitro saborizada con explosiones musicales. Le gustaba saborear notas musicales en su cena, había escuchado que la actualización 3.4 le permitiría sentir con la lengua el sabor de notas musicales y sonidos que el mismo oído humano no podía captar en la categoría de implantes que él poseía, pero de inmediato era agobiado por el terror de perder sus recuerdos familiares. Las explosiones musicales de su cena atraían una recurrente imagen de él portando un suéter azul cerúleo y pantalones negros mientras el sonajero electrónico de su hija repetía una melodía infantil. En su recuerdo se veía acostando a la niña en la cuna y mirando el brillo de sus ojos desvanecerse por el sueño.

——–En los momentos que transfería el dinero a los mnemoextorsionistas su cerebro emitía una cantidad importante de endorfinas y sentía que el agobio desaparecía. Nunca se le pasaba por la cabeza que llegara un momento en que los criminales pidieran una suma superior o solicitaran un pago doble en el mismo mes. Solo sentía placer y tranquilidad. Y por curioso que le pareciera, cuando los temores aumentaban, los primeros días del mes, justo después de pagar, no recordaba mucho a su esposa y a su hija, pero él nunca reflexionaba sobre esto.

——–Le gustaba conectarse al neuroprogramador cuando sus temores se disipaban. Frecuentaba programas musicales y noticieros; veía programas de debates políticos y documentales, si el tiempo se lo permitía. A veces pagaba dinero adicional a su paquete de programas para que le incluyeran el canal de viajes, una persona de su categoría podía darse esos lujos porque las experiencias que transmitían estos programas eran tan intensas que casi se podía respirar el aire de los sitios donde fueron grabados.

——–Vio por coincidencia noticias sobre algunos hombres que no borraban recuerdos, sino que los implantaban en la memoria. Usualmente eran recuerdos falsos que incluían un estado anímico muy particular: la constante angustia de perderlos. El temor, decía un delincuente capturado, aseguraba una enorme contribución monetaria al criminal. Por eso los mnemoextorsionsitas gastaban mayor energía fabricando el recuerdo-transversal de la víctima, en vez de recurrir copiosamente a la fabricación de recuerdos muy personales; incluso era más económico y eficaz que borrar recuerdos auténticos. Según resumía el reportero, las víctimas de esta modalidad eran afectadas por un virus que se filtraba durante algunas actualizaciones de software de los receptores neurocodificadores o cuando el proveedor de antivirus descartaba su servicio de sistemas obsoletos. Dicho virus se encargaba de entablar una conexión entre el cracker y los mnemodepósitos de la víctima, una vez establecida la conexión se estudiaban sus hábitos, recuerdos, intereses y experiencias. En seguida se implantaba un metavirus que se encargaba de implantar los recuerdos falsos y el valiosísimo recuerdo-transversal, cuyo propósito era implantar el temor irracional de perder estos nuevos recuerdos. Para los delincuentes el recuerdo-transversal podía entenderse como la actualización en la memoria del metavirus insertado. Un policía entrevistado mencionaba que los criminales aprovechaban algunos sentidos para estimular la activación reiterativa del metavirus. Se citaba el caso de una mujer en Japón que disfrutaba comer helado, se le había implantado el recuerdo de su madre muerta jugando con ella en la niñez y disfrutando de un helado. En ocasiones se aprovechaban los efectos sinestésicos de algunos productos en el mercado. El comisionado de policía reconocía que rastrear este tipo de virus era una lotería porque la calidad de los recuerdos implantados era tan vivaz como cualquier recuerdo natural; no obstante, los delincuentes admitían que su nitidez iría desapareciendo como ocurre con cualquier impresión natural en la mente, pero era alentador que la función del recuerdo-transversal pudiera reactivar el temor original y ejercer con este una presión más violenta sobre el afectado. Para cerrar el informe, el reportero resaltó que la única manera de liberarse de ese virus era actualizando su software o haciéndose un examen de electro-neuro-virología, pero ambas cosas excedían cualquier presupuesto y los seguros médicos no incluían estos servicios en los planes de salud primaria. Además, el temor inducido por el metavirus era tal, que las víctimas descuidaban la importancia de estos exámenes médicos por ceder a la extorsión. Infortunadamente, sin un escáner virológico las víctimas no tenían manera de saber cuáles de sus recuerdos eran implantados.


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Aquél sujeto sintió pena por las víctimas de estos extorsionistas, pensó que era un poco privilegiado porque al menos sus recuerdos eran genuinos; sufrir por falsos recuerdos lo consideraba una pesadilla insoportable. Sintonizó un canal de viajes y olvidó por completo el tema del informe de noticias.



*(Bogotá, Colombia)
Filósofo de la Universidad Nacional de Colombia.
davmartinezace@unal.edu.co


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