Creyentes
Isabel Santos*

——–La nave dio señales de estar cerca de su muerte súbita.

——–Un visionario meditaba esa desgracia saboreando una copa de vino en uno de los bares de la nave. Alejado en un rincón, intentaba pasar desapercibido leyendo.

——–Al ver que un grupo de musicales entró al bar el visionario intentó salir, pero no pudo hacerlo porque lo encaró una avalancha de aromáticos que entraban en procesión con antorchas de palo santo.

——–Sin querer ser parte, se vio en medio de un brindis general.

——–Un sacerdote pidió silencio y propuso el recitado de profecías. Todos acordaron una batalla de salmos. Aromáticos y musicales desplegaron su arte.

——–Aprovechando un intervalo, el visionario pudo salir del bar. Su falta de fe lo hacía sentirse más triste en medio de todo ese júbilo religioso.

——–Cada vez era más difícil estar solo. Los creyentes tenían otro ánimo y ocupaban los bares para festejar la llegada del juicio final. Confiaban en que se cumpliría la profecía que decía que la nave los salvaría de la muerte. La resurrección había sucedido siempre y cada religión llevaba la cuenta a su manera: cinco aromas, cuatro ritmos.

——–—¿Cuántas cápsulas de incienso quedan? —preguntó Zeta, chequeando los contenedores de provisiones que se guardaban en el control.

——–—Tranquilo —dijo Alfa, consultando el stock en el ordenador—, van a alcanzar para toda la temporada.

——–—Vos y tus decisiones —insistió Zeta—. Odio el incienso.

——–—Me toca elegir a mí, Zeta, y voy a elegir aroma.

——–—Incienso… ¿Te parece?

——–—El incienso los va a equilibrar. Y tendremos menos trabajo para mantenerlos vivos.

——–—¡Odio a todos estos humanos! El día que encontremos al que nos puso acá en la nave para cuidarlos, lo fulmino.

——–—¿Qué decís, Zeta? El que nos puso acá ya debe estar muerto.

——–Zeta salió del control y pasó por la sala de vestuario, se puso la capa de visionario y observó que no hubiera ningún aromático en la reja del pasillo. Abrió la compuerta invisible y se dedicó a observar a los humanos sobrevivientes. Quedaban bastantes.

——–La nave ya estaba llegando al Sol, el cual los reabastecería de energía. Podrían volver a accionar el circuito de regeneración vital y conservar a algunos humanos vivos otro ciclo más.

——–Dadas las dimensiones de la nave, Zeta había elegido un recorrido específico. Sobrevolaría por algunos sectores elegidos al azar para armar las estadísticas en el control. Iba contando o descartando, según el estado de sus signos vitales. Algunos no sobrevivirían la muerte súbita.

——–Los aromáticos hacían filas de reemplazo en cada rejilla del aire acondicionado. Intentaban agudizar el olfato para notar cualquier cambio en el aroma del oxígeno. Un milagro que no había ocurrido, pero que gracias a Alfa iba a ocurrir.

——–—¿Para qué esperan haciendo filas? —preguntó Zeta al primer aromático lúcido que encontró.

——–—Todos queremos ser el elegido —dijo uno.

——–—Estar justo en el momento en que reviva la creación —contestó otro.

——–—¡Dar la noticia del triunfo de los aromáticos! —gritaron todos.

——–Zeta siguió contando.

——–Los musicales acostumbraban a reunirse para sus rituales en la zona de motores. Danzaban al ritmo de los sonidos casi imperceptibles de los motores de la nave. Ya quedaban pocos para sumar en las estadísticas. Exhaustos por los cánticos y los bailes, deliraban afectados por la falta de oxígeno.

——–Quedaban por contar los visionarios. Pero como Zeta simulaba ser uno de ellos, los conocía muy bien y ya sabía de los dos o tres lugares donde se refugiaban del agobio de la vida religiosa. Fue directo a esas zonas. Los visionarios no necesitaban estadísticas. Se podían contar directamente y saber cuál era el número exacto en la nave. Cuando finalizó el recorrido, Zeta subió a los controles a cargar los datos y a esperar el renacimiento.


——–Alfa ya había hecho el cálculo: diez segundos después de la muerte súbita. El renacimiento tendría esa demora. Algunos no iban a resistir el trauma de fe; algunos no podrían seguir creyendo sin ver los resultados, durante esos diez segundos de demora entre la muerte y la resurrección.


——–Aunque era Alfa el de los cálculos, era Zeta quien siempre insistía en reprogramar la nave con retardo, cambiar órdenes y hacerlas pasar por errores para así matar algunos humanos más, sin que se notara demasiado. No podían desobedecer lo programado en ellos mismos, pero tenían esas válvulas de escape y Zeta las usaba para sacarse trabajo de encima.

——–Si pudiera descubrir quién los había programado a ellos y desde dónde los controlaban, podría arriesgarse más. Pero no lo sabían. Zeta ni siquiera sabía que él era un cíborg, se creía una máquina.

——–—Cero, uno, dos…, ocho, incienso, diez —contó Alfa. Y la nave reinició sus sistemas.

——–El primer aromático en descubrir el milagro fue Nihil, por lo cual se hizo famoso. Enseguida se organizaron los festejos. La nave estaba viva y con toda la fuerza de una resurrección poderosa. Se vieron los cambios: azules, verdes, anaranjados, rojos. La vida en la nave volvió.

——–Nihil y su rejilla se transformaron en un santuario. Se formaban filas de creyentes para tocarlo a él y a la rejilla. Todos querían estar donde se había percibido el aroma a incienso por primera vez.

——–El incienso se percibía en el aire y, para estar a tono con los tiempos, Alfa dejaba salir más aroma a incienso por esa rejilla en particular, donde estaba el santuario, para ayudar un poco al comienzo de la nueva religión: nihilista, en honor a Nihil, su creador.


——–Zeta y Alfa se ocuparon de calibrar los sistemas para que se pusiera todo en marcha. Muchos programas superfluos habían sido desactivados para reservar energía. Atareados con eso, casi no salían a la zona habitada por los humanos. Sin embargo, Zeta tenía que aparecer porque algunos visionarios reclamarían su presencia al no contarlo entre los muertos por la resurrección retrasada.


——–Nihil hacía alarde de su fortuna aspirando el incienso en grandes cantidades. Se había instalado un habitáculo justo al lado de la rejilla del milagro. Sin que se lo propusiera, su cerebro asoció ese aroma a un color. Lo fijó de tal manera que Nihil no podía ver a las personas como las veía antes. Cada vez que se enfrentaba a un ser humano lo veía verde.

——–Desde los controles, Alfa y Zeta observaban lo que pasaba en el santuario: o Nihil era muy buen actor o realmente algo le había pasado a su cerebro.

——–—Te dije, Alfa —dijo Zeta—, que el incienso es peligroso.

——–—Tonterías, está exagerando el papel.

——–—Alfa, no puedo pasar cerca de Nihil. ¿Escuchaste lo que dicen?, ¿y si es verdad?

——–—Estamos bien camuflados, Zeta. No puede darse cuenta de que somos máquinas. ¿Qué nos va a ver?, ¿la cabeza de color metalizado?

——–—¡Estúpido! Ya sé que tenemos la capa camaleónica, pero ¿y si no alcanza con eso para que nos vea verdes?, ¿y si nos ve metálicos?

——–—¿Vos le crees a ese Nihil, Zeta?

——–—Dado que conozco a ese aromático, no se me ocurre que esté mintiendo. Lo voy a dormir y lo vamos a traer acá para estudiarlo.

——–—¡Estás loco! —dijo Alfa—. ¡No vas a traerlo! —Pero se ordenó a sí mismo investigar el fenómeno de la sinestesia.

——–Zeta salió como siempre a hacer sus recorridos programados por la nave, evitando esta vez la rejilla de Nihil.

——–Los musicales habían perdido la fe. En los primeros días de resurrección, todos los habitantes se habían hecho nihilistas o visionarios.

——–El incienso había sido una buena elección: menos conflictos.

——–La nave parecía haber reaccionado bien, todo estaba funcionando a la perfección. Zeta ya estaba a punto de irse al control cuando Nihil lo llamó, pero sin hablarle. Percibía el llamado, pero no el sonido de su voz. Y cuando quiso huir de la perturbadora situación, Nihil llegó corriendo por un pasillo, sus seguidores le pisaban los talones. Lo miró directamente a la cabeza y le dijo:

——–—¿Por qué solo veo verde toda tu cabeza? —Y sin esperar una respuesta Nihil remató: —Vos no sos humano. —Lo miró de arriba abajo y trató de tocarle el cuerpo que Zeta ocultaba bajo la capa de visionario.

——–Un murmullo se generalizó.

——–Alfa, que estaba viendo la escena en los monitores de observación, tomó la decisión de responder a ese remate. Hizo salir de la rejilla del pasillo un relajante muscular y un somnífero que a todos los dejó dormidos y apilados unos sobre otros
.

——–Zeta aprovechó para huir antes de que se despertaran.

——–—Explícame qué pasó, Alfa. —Zeta no salía de su asombro.

——–—Investigué sobre la sinestesia. Nihil te vio como sos.

——–—¿Por qué me dijo que me veía toda la cabeza verde?

——–Y Alfa contestó:

——–—Zeta, es hora de que lo sepas. Vos y yo no somos máquinas, somos ciborgs, somos robots con cerebro humano. Somos los únicos sobrevivientes de la tripulación de la nave que construyeron los humanos cuando abandonaron la Tierra.

——–Zeta, como si hubiese sido bautizado de humanidad, se descubrió haciendo una insólita pregunta:

——–—¿Podemos morir igual que los humanos?

——–—Vamos a vivir mientras la nave viva —dijo Alfa—. Quizás algún día ocurra un milagro y podamos hacer contacto con otros seres vivos. Quién te dice que no estamos solos en el universo.

——–En la nave, Nihil se despertó sin comprender lo que le había pasado. Todos los que lo rodeaban estaban igual que él. Mientras iba caminando hacia su rejilla, percibió otra vez el color verde, pero no solamente en las personas.

——–Siguiendo sus nuevos instintos, miró al espacio, sonrió y dijo en voz alta, como si fuera un profeta:

——–—Veo un camino con color humano en el espacio, y ese camino llega hasta esa estrella. —La señaló.

——–Alfa y Zeta, que observaban todo desde los controles, tomaron el gobierno de la nave por primera vez. Marcaron el curso señalado por Nihil y se prepararon para el milagro.

*(Buenos Aires, Argentina)
Contadora Pública Nacional, UBA.
Estudiante de Artes, UBA.
Publicaciones:
Infrarrojo, Ficción científica, Cuentos, 2013
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