El hambre del universo
Santiago Morales Vargas*

——–«Este solía ser un planeta decente» pienso cuando vemos a Codu con los intestinos regados sobre un charco de sangre azul. El camdiano quedó con una expresión desagradable en los últimos momentos en que, con dos de los cuatro brazos que tanto le habían ayudado a robar, había intentado poner sus entrañas de nuevo en su lugar. Por un momento recuerdo al señor Kloom, el primer camdiano que conocí, llegó con la decimoquinta ola de inmigrantes intergalácticos, vendiendo las frutas y verduras de  colores fluorescentes con las que mamá solía cocinar cuando era niño. Si no lo mataron las guerras de pandillas y los disturbios del 3002, imagino que habrá vuelto a su planeta antes de que la Tierra se convirtiera en el infierno que es ahora. «¡Atrás homínido!», me grita Vyctel alejándome del pasillo desde el que nos disparan, el antiguo narcotraficante saca de una de las ocho botas de su uniforme una bomba ácida, que debió improvisar con los implementos del armario de limpieza, y la lanza contra los guardias que bloquean la salida. Los disparos cesan y Vyctel da la señal de que el camino está despejado. Hace unas décadas la escena de los cuerpos a medio disolver de los guardias me hubiera hecho vomitar en el sitio, pero he llegado a acostumbrarme a que las demás especies nos traten a los humanos como basura. La facilidad con que el arácnido narcotraficante aplasta un cráneo casi disuelto no es distinta a la que cualquiera tenía al momento de aplastar una cucaracha.

——–Recogemos las tres lanzas de plasma que quedaron intactas tras el ataque con ácido y seguimos corriendo al hangar. Sin Codu solo quedamos cinco: Diff, el pequeño informático rojo que abrió todas las celdas de la prisión; Aera, la encargada de despertar el motín con la “intuición femenina” de su tonificado cuerpo azul y la belleza de sus hipnóticos ojos naranjas; Tannil, el musculoso mercenario reptiliano (y “excompañero” de trabajo mío) que nos cubre las espaldas de los guardias; Vyctel, el cerebro de toda la operación; y yo, el único del equipo con el que pueden engañar las medidas de seguridad biométricas del hangar T-12. Supongo que deberíamos agradecer que no mataran a nadie que aún fuera necesario. El sonido de las sirenas se hace más fuerte según avanzamos al patio donde todos los otros presos luchan contra los guardias. El pasillo nos lleva a una de las pasarelas que lo rodean. Los disparos de las lanzas de plasma iluminan la oscuridad de la noche y las figuras de luz que producen al ser blandidas se asemejan a un espectáculo de fuegos artificiales de antaño. Casi es una lástima que no podamos quedarnos a ver la llamativa carnicería. Tannil, armado con dos de las lanzas, arremete contra todos los guardias de la pasarela que nos impiden el paso hasta la torre de control, ya solo falta la última parte del plan.

——–Al pie de la torre de control, Vyctel se da cuenta de que he cogido una lanza y me apunta con la suya. «¡Suéltala primate!» me grita escupiendo algo de veneno que quedaba en sus mandíbulas, todos se voltean y se quedan callados mirando la escena; no me atrevo a apuntarle de vuelta a Vyctel, si lo hiciera él jalaría el gatillo sin dudarlo. «La torre estará llena de guardias, no llegaremos a la sala de control desarmados y es bastante claro que Diff no puede usarla». Vyctel no baja su arma y Tannil está a punto de empuñar las suyas cuando Aera se atraviesa en la línea de tiro. «Estamos muy cerca de conseguirlo, ya atravesamos toda la prisión juntos y no voy a arriesgar mi libertad por culpa de ustedes. Déjalo tener el arma para limpiar la torre, cuando estemos en la nave ya podrás hacer lo que quieras con ella, pero solo saldremos de aquí si ellos alcanzan el panel de control». El narcotraficante mira a la asesina por unos minutos y baja su arma, murmura algo con disgusto y corre al hangar donde está la nave que usaremos, Tannil lo sigue y Aera me mira inexpresiva antes de unirse a ellos, «deja el arma antes de ir a la nave», asiento y entro con Diff a la torre.

——–La torre está casi vacía. Los únicos dos guardias que había caen muertos cuando uso la lanza, y Diff se pone manos a la obra cuando todo queda en calma.

——–—Cubre las escaleras mientras ingreso tu ADN en el sistema —me dice mientras abre una de las máquinas y empieza a hacer debut de sus habilidades como hacker—. Esto es absurdo —dice mientras trabaja—, implementar en la prisión más grande de la galaxia un obsoleto sistema de seguridad biométrico es la mayor idiotez que ha podido cometer tu especie… ¿Qué ganan con someter toda la tecnología de su planeta a su ADN? ¿Es que haciéndolo aún se sienten dueños de lo que dejaron atrás hace tanto tiempo?

——–—Supongo que habrá sido pura nostalgia —le respondo.

——–—Pues ese sentimentalismo barato les va a costar caro. En cuanto el concejo galáctico sepa que hubo una fuga masiva en su más grande basurero, los humanos perderán el poquísimo prestigio por el que se habían sometido hace tanto tiempo… en fin… ponte delante del escáner, ya he terminado.

——–Me siento en la silla del fallecido jefe de control y una jeringuilla baja para tomarme una muestra de sangre del brazo. Una luz verde se prende cuando la máquina reconoce mi ADN y Diff abre todos los hangares de la prisión. En cuanto salimos de la torre dejo la lanza a sus puertas.

——–Casi todas las naves han despegado para cuando estamos llegando a la nuestra. Las pocas torretas del sistema de defensa aéreo que quedan disparan sin mucho éxito a todos los transportes interplanetarios que van escapando. La nave está empezando a despegar cuando corremos a la puerta de carga donde nos esperan Tannil y Aera, y se aleja más del suelo cuando Diff aborda. Corro detrás de ella antes de que se aleje más del suelo y Tannil me acerca una lanza de plasma para ayudarme a subir. Salto para alcanzarla cuando veo a Aera apuntándome con otra, y es en el momento en que ella dispara cuando me doy cuenta de que he sido un idiota.

——–El universo es un lugar frío y hostil. Aquellos que han sido capaces de dominarlo lo han hecho únicamente porque son lo suficientemente avanzados para dejar atrás las creencias y sentimentalismos, son conscientes de la falta de sentido que tiene su existencia y no se rigen por un código moral que les impida sobrevivir. Esa es la razón por la que, frente a sus ojos, seguimos siendo primitivos. Perdemos nuestro tiempo buscando un significado para nuestra existencia en un universo caótico que se alimenta de la vida, y cuando intentamos parecernos a aquellos que ya han tenido éxito, empezamos a morir al dejar de lado nuestra esencia. Por eso es que vendimos nuestro planeta para convertirlo en una prisión en que pudieran tirar toda la basura del universo, por eso es que nos convertimos en asesinos, mercenarios y criminales para gobiernos intergalácticos, y por eso es que hoy quedamos atrás cientos de guardias y presos humanos en el planeta que nos había brindado un hogar. Porque el universo se alimenta de vida y somos los únicos que estamos vivos en el universo.

*(Bogotá, Colombia)
Estudiante de Estudios Literarios.
Universidad Autónoma de Colombia.


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