Sin daño colateral
Julián A. Reyna*

 

——–Siempre creí que si llegaba a estallar otra gran guerra, sería el fin definitivo para nuestra especie: ya no se trataría de tanques, buses o cañones con un poder de destrucción limitado, buques de guerra y aviones capaces de volar objetivos a distancia con gran precisión; no. Si llegaba a estallar una tercera guerra, se trataría de arrasar ciudades enteras con el poder de la energía atómica, el infierno desbocado y dispuesto a tragarse cualquier cosa, deshacer la materia e infundir el terror más oscuro y atávico en la historia del hombre.

——–Pero las cosas no sucedieron así. Con los tratados que siguieron a la Guerra Fría —cuando Estados Unidos apenas ocupaba una parte de América y la Unión de Repúblicas Europeas no llegaba a ser un sueño—, las grandes potencias se vieron limitadas en la fabricación de armas de destrucción masiva, así que los avances técnicos se enfocaron de otra manera: armas que pudieran causar tanta destrucción como las bombas de neutrones, pero sin llegar a tocarle un pelo a un ser humano, obviando, claro está, a aquellos con implantes electrónicos en su organismo.

——–Como físico experimental, hacía parte del grupo de científicos encargado de desarrollar un pulso electromagnético (PEM), capaz de freír los sistemas informáticos y de comunicación de una ciudad tan grande como Nueva York. Trabajábamos bajo tierra para mantener en secreto las investigaciones —valga decir que a los que hacíamos parte de las zonas ocupadas no se nos permitía ningún contacto con el exterior—, pero con los drones de antimateria, con los que ambas superpotencias se espiaban, esto resultaba imposible: las medidas de seguridad funcionaban como un colador con el que se intenta retener un líquido preciado. Aun así, se mantenían los protocolos evitando cualquier mención relativa a los drones, solo que para algunos esto era inevitable, dada la presión y el encierro en el que vivíamos.

——–—Saber que están acá y no poder hacer nada —dijo Antonio frotándose la nuca. Se quitó las gafas que le permitían visualizar las holopantallas. Llevaba varios días confirmando los cálculos para ampliar el alcance de los faros. Se colocó de nuevo las gafas y continuó trabajando.

——–Antonio era uno de los físicos teóricos que hacía parte del proyecto. Pertenecía a la región conocida anteriormente como Uruguay, ahora Zona 53. Yo pertenecía a la 50, es decir, Colombia, ambas zonas ocupadas por la América de los Estados Unidos.

——–—Sigues con eso… —le dije acercándome sin que lo notara.
——–—¿Vos no los sentís?

——–Me situé tan cerca de él que cuando volteó pegó un grito descomunal y me golpeó con la holopantalla que tenía entre las manos. Esta me atravesó y después de varios intentos infructuosos, desistió de hacerme daño con un holograma. Soltó la holopantalla y me empujo.


——–—¡Me seguís viendo la cara y vas a ver!
——–
—Descansemos un rato —le dije palmeándole el hombro—. Tengo hambre.
——–—¡No pensás más que en comer!
——–
—Si te querés quedar solo con los drones… —dije remedándolo y alzando los hombros.

——–Salí del laboratorio y Antonio me siguió. Le tenía pavor a los drones, aunque, en realidad, ninguno sabía cómo eran o dónde se encontraban. Se supone que estaban constituidos de antipartículas con su consecuente invisibilidad, transmitiendo lo que hacíamos a un punto de recepción en los laboratorios del enemigo. Los científicos de las zonas no teníamos acceso a las áreas encargadas de su manejo.

——–—¿Sabés qué me gustaría? —preguntó Antonio una vez volvimos al laboratorio—. ¡Disparar los pulsos de emergencia y dejarlos como milanesa!

——–Entrecerré los ojos y lo miré aguantándome la risa.

——–—Vas a ver que un día de estos no me aguanto y se va a armar, ¡se va a armar, te digo! —Se colocó la bata y dándome la espalda continuó con su trabajo. Ya ni me preocupaba.

——–Él seguía con sus fórmulas y yo me encargaba de corroborarlas. Unos días después nos llegó un comunicado del área de seguridad: los europeos detonarían sus pulsos si la América se empeñaba en continuar con el desarrollo de los faros PEM. El problema residía en que tanto espionaje generaba un desarrollo de tecnología homogéneo. Incrementábamos el poder de nuestras armas y a la semana siguiente los europeos llegaban a lo mismo o, por el contrario, nos llegaban informes para que siguiéramos ciertos procedimientos que resultarían en una mejora sustancial del alcance.

——–El encargado del proyecto, el general Anderson, hizo caso omiso a las advertencias y se redoblaron los esfuerzos para ejecutar las últimas pruebas. No pasó más de una semana para que encontráramos otro comunicado: los europeos se preparaban para disparar sus pulsos por todo el continente. Ya era tarde para suspender el proyecto y, según el general, no se atreverían.

———-—Esto no me gusta nada —le dije a Antonio. Nos acababan de informar que las pruebas habían sido un éxito y los faros eran una realidad.
———-—A mí menos —dijo sin mirarme, sus ojos husmeando el aire del laboratorio—, pero si con esto me los puedo quitar de encima… —Antonio fingió disparar a varios puntos donde suponía, creo yo, estaban los drones.
———-—No lo dices en serio. —Lo miré ladeando la cabeza.
———-—¡Probame! —Se acercó al panel que activaba el pulso de emergencia.

——–Colocó su mano y las luces cambiaron de color.

——–—No juegues con eso. —Levanté ambas manos en señal de tregua—. Si te ven jugando con el panel, al que van a convertir en milanesa es a otro.
——–—¡No puedo más, siento que me observan hasta en el baño! —Alejó su mano y las luces volvieron a la normalidad.
——–—Eso se llama paranoia, Antonio. Créeme, lo último que les interesa a los europeos es saber qué haces en el baño

——–De pronto las luces del laboratorio volvieron a cambiar, solo que en vez del amarillo pasaron al rojo. Antonio miró azorado el panel pensando que lo había activado, lo que era imposible, pues faltaba ingresar el código de confirmación. Por todo el búnker resonaron alarmas de seguridad.

——–—¡Los europeos! —grité mirando hacia arriba, infructuosamente hacia arriba. Lo único que veía era el techo.

——–El laboratorio se iluminó con un resplandor blanquecino. Frente a nosotros, apareció una esfera amarillo brillante con fondo lechoso que giraba a gran velocidad. Se fue reduciendo hasta desaparecer.

——–Los equipos dejaron de funcionar. Bajo las luces de emergencia, Antonio sonreía.

*Biólogo y magíster en Creación Literaria.

julianreynak@hotmail.com
https://medium.com/@Julianreyna


2 commentarios

Julián RK · 22 agosto, 2018 a las 12:38 pm

Hola, por si quieren leer otros cuentos de mi autoría, mi perfil de Medium (actualicé la dirección):

https://medium.com/@Julianreyna

Sin daño colateral – Extrapolación Inversa · 22 marzo, 2019 a las 5:24 pm

[…] Cuento publicado originalmente en Revista Sinestesia No. 6: https://www.revistasinestesia.com/2018/05/sin-dano-colateral/ […]

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