Trabajo insalubre
Juan Pablo Goñi Capurro*

——–Aldrina se quitó el casco una vez superadas las compuertas externas. Se dejó el traje protector a pesar de los treinta grados que había en el interior de la vivienda simultex, modelo intermedio; su trabajo la había enfrentado a situaciones complejas y prefería no arriesgarse a una nueva sorpresa, por más que bajo el traje llevaba el mono térmico provisto por la compañía. El traje no se podía quitar sin su código personal.

——–Dado que nadie acudía a recibirla, especuló dónde encontraría a sus clientes. Dejó el casco sobre un sillón a medio desinflar, pasó la mochila con el instrumental a sus manos. «El natatorio», aventuró. En el llamado no habían mencionado la cantidad de participantes, pero calculaba que serían no menos de tres. Orientada con facilidad, las simultex intermedias eran idénticas, anduvo por un lateral de suelo deslizante hasta acercarse al polígono vidriado donde esperaba hallar a sus contratantes.

——–Dos perfectos cuerpos femeninos suspendidos sobre las aguas le dieron la razón. Eran cuatro hombres desnudos quienes estaban en las tumbonas, bebiendo y controlando sus microgeneradores de hologramas. Un vistazo le bastó a Aldrina para advertir que estaban siguiendo cotizaciones. La tranquilizó su indiferencia hacia una recién llegada.

——–Escapando de la visión de esos ejemplares barrigones, de piernas flacas y velludas, se acercó al borde del agua, dejó la mochila junto a la escalera de tubos. Los controles de las acompañantes debían estar cerca; los buscó sobre las mesas bajas que rodeaban la piscina, pero no hubo caso. No pensaba meterse en el agua y saltar desde allí para hacerse con cada una de las magníficas amantes cibernéticas. Ambas estaban tendidas boca arriba, sus espaldas apoyadas en el aire; eran los modelos más caros, piel natural, vello y gemidos humanos, esos cuatro debían haber ahorrado para rentarlas.

——–El procedimiento para reactivar las funciones de las acompañantes requería que los productos estuvieran sobre el piso. Aldrina estaba obligada a interpelar a los clientes para hacerse con el control, ¿por qué se les habría ocurrido dejarlas levitando?, ¿qué necesidad había? Quizá hubiera riesgo. Finalmente desprendió el cobertor de su activador paralizante antes de acercarse a los hombres desnudos. Consideró que encender el desatomizador sería exagerado.

——–Le costó interrumpir la atracción de sus conectores y conseguir su atención. Antes de la respuesta que buscaba, recibió una andanada de insultos. Estaba acostumbrada, los clientes descargaban en los operarios de mantenimiento las frustraciones por las fallas de los productos rentados. Cuando cesaron las quejas, resultó que ninguno tenía idea del destino de los controles. Empezaron a pasearse, desnudos, bamboleando sus colgajos. Aldrina retrocedió, era un comportamiento sospechoso, de manual.

——–Los hombres se separaron, con la excusa de buscar el aparato. La joven giraba, tratando de tener a los cuatro a la vista. Le resultó cada vez más difícil, los hombres se agachaban, se tendían sobre el piso acolchado, se movían rápido. Decidió extraer su activador demasiado tarde. Un brazo detuvo su movimiento, otros se encargaron de reducirla. Aldrina maldijo, había caído en una trampa, las amantes cibernéticas no tenían ninguna falla.

——–—Ahora sí vamos a disfrutar —dijo el más bajo de los cuatro.

——–La resistencia del traje cedió cuando la forzaron a entregarles el código de abertura, una punta afilada acercándose a sus retinas fue más de lo que pudo soportar. Tras quitarle el traje, le sacaron también el mono. Lo que vino a continuación fue obvio. Los hombres, uno tras otro, penetraron en su cuerpo; Aldrina se retorció, gritó, consiguiendo que sus violadores se excitaran más. La escena estaba tomada por la cámara tridimensional oculta en el último botón del traje protector, los individuos serían identificados y castigados; ¿de qué le servía ese conocimiento? El único fin de esa cámara terminaba siendo el control de los empleados, no su protección.

——–La violencia creció. Tal vez, agotadas sus energías sexuales, los hombres pusieron en práctica otros métodos para obtener placer del cuerpo de la joven. Uno la sujetó de los brazos, llevándolos hacia atrás de la cabeza; dos tomaron sus piernas, forzando la máxima apertura; el cuarto se acercó con un cuchillo eléctrico encendido, los dientes del aparato sonaban como una sierra, lo acercó a los bordes de los labios vaginales efectuando un mínimo contacto. Decenas de cortes mínimos la hicieron gritar. No satisfechos, le alzaron su pelvis para que viera la sangre. Quien tenía sus brazos le apretó el cuello hasta sofocarla, en tanto cambiaba el protagonista de la siguiente vejación.

——–Este tomó un picahielos de un mueble oculto a la vista de Aldrina. Lo pasó ante los ojos de la joven, pinchó sus pezones, recorrió sus pechos, lo hundió con más firmeza mientras bajaba por el vientre, hasta que lo metió dentro de la vagina misma. Montándose sobre las rodillas de la mujer sujetada por sus compañeros, lo hundió con fuerza en su interior. El alarido de la operaria los hizo dar vivas. Quien sujetaba el cuello reclamó a gritos su turno, el perpetrador retiró el elemento cortante y ocupó su sitio.

——–Aldrina no reconoció el artefacto, una suerte de mango con pinchos de metal. El violador pidió que alzaran más las piernas del joven, buscó por debajo hasta dar con el orificio anal. Con una mano apartó las nalgas, introdujo con fiereza el elemento de tortura por la cavidad, haciéndolo girar como un torno, desgarrándola con cada centímetro que conseguía penetrar. Sacudir sus caderas no consiguió evitar los avances del eufórico perpetrador. Por fin retiró el artefacto pinchudo de una vez, revolviéndole las heridas. Aldrina, entre los espasmos y las punzadas, pensó en alternativas favorables como el tiempo que transcurría; las visitas técnicas estaban grabadas en los servidores, tras el tiempo promedio para un servicio se encendían alarmas. ¿Cuánto llevaba siendo vejada y herida por los cuatro energúmenos que aullaban como lobos cada vez que la embestían? La joven cerró los ojos, esperando al último, superada por el horror que vivía. Los segundos de calma coincidieron con el reemplazo del torturador de turno. La ocurrencia del nuevo llegó sin aviso, cayó sobre las heridas de la vagina un chorro de un concentrado alcohólico, la reacción fue tan viva que les costó mantenerla sujetada. Creyó que se incendiaba, que tenía fuego entre las piernas. La intensidad fue tan alta que no escuchó los festejos ni los epítetos obscenos que le dedicaron los cuatro.

——–Tendida sobre una mesa quedó libre por unos instantes. Palpó la sangre que chorreaba entre sus piernas. Dolía como si le ardiera un conducto interno, casi contra la columna vertebral. Los hombres estaban abriendo una caja alta, de espaldas. Quiso moverse, no pudo; carecía de energía para impulsar con brusquedad, y cada pequeño movimiento aumentaba el dolor. De ahí que no la vigilaran, conocían su estado mejor que ella.

——–Intentó razonar con ellos cuando recuperó la voz. Les habló del monitoreo, de la segura presencia policial en pocos minutos, en la necesidad de liberarla para reducir sus penas. Sin inmutarse, los hombres continuaron trabajando en esa cápsula rectangular.

——–Una carcajada poderosa la estremeció. La cápsula estaba abierta. Entre los cuatro hombres se deslizó una mujer desnuda, en sus cincuenta, el cuerpo moldeado con una perfección digna de artificio. La cápsula era un modelador, comprendió pronto la joven. La mujer se acercó. Aldrina notó la humedad en su entrepierna, la lascivia en sus labios; llevaba una mano escondida tras la espalda.

——–Los hombres se adelantaron, la mujer de pómulos altos lo percibió. La mano oculta se dejó ver, con ella un micro control. La mujer pulsó sobre la caja negra, los hombres retrocedieron, luego caminaron hasta las tumbonas y se tendieron como antes. Los hologramas esta vez no se encendieron; no eran necesarios, la trampa había resultado.

——–—Estos modelos son geniales, pero nada tan excitante como una humana violada por una manada.

——–Aldrina se incorporó a medias, apoyándose en sus codos. La mujer notó la dirección de su mirada, volvió a reír. Manipuló su control y movió los labios. La voz que se escuchó fue la de uno de los amantes cibernéticos —no eran otra cosa los cuatro hombres desnudos—. Solo dijo «Hola».

——–La mujer tomó el traje protector de la operaria y se lo arrojó. Aldrina notó una partícula apenas brillante sobre la piel de su captora; crema invisibilizante, la cámara del traje no la tomaría.

——–La mujer efectuó un giro, ofreciendo sus nalgas rotundas y macizas a la joven; volvió a jugar con el aparato. Las dos amantes descendieron hasta quedar tendidas al costado de la piscina. Hubo un movimiento final de la mano y los seis productos cerraron sus ojos, dejando caer sus brazos como si estuvieran muertos. La mujer se acercó a Aldrina, besó con suavidad sus labios magullados y le dijo «gracias». Luego desapareció.

——–El comunicador de Aldrina chilló. Con esfuerzo, la joven logró atender al agente de control. Quería saber si estaba todo en orden y si la falla había sido subsanada. Había cierta tensión en la voz, pero la joven sabía que no era por su estado sino por los acompañantes cibernéticos involucrados en su tarea: eran modelos de lujo, si crecían rumores de fallas, adiós negocio.

——–Aldrina respondió que todo estaba okey, anegada por la vergüenza y el asco. Se acercó a la piscina, el agua estaba caliente. Bajó por la escalera de tubos y dejó que el agua fuera llevando las manchas del oprobio; no se le ocurría la manera de vengarse de la sádica desconocida, millonaria sin dudas. Trató de no culparse, la situación montada por la abusadora había sido muy creíble, no era responsable de haber caído en la trampa. Sus argumentos no calmaron el dolor entre sus piernas.

——–Hizo buches con el agua salada de la piscina hasta recuperar un aliento presentable. El comunicador chilló y dio saltos: otra cita, otro muñeco fallaba. Salió del agua, utilizó una de las toallas dispuestas por la artera mujer para acumular detalles que hicieran creíble su puesta y se volvió a colocar el traje, esta vez, sin ponerse antes su mono térmico. Estaba segura, no se lo quitaría por propia voluntad. Recogió el casco antismog y se introdujo en la exclusa; la nueva dirección era otra vivienda simultex.

⃰⃰   ⃰   ⃰

——–El consejo en pleno la observaba desconcertado; desnuda y amarrada a una camilla, los rostros de sus jueces se acercaban y se alejaban. No había guardias en el cuarto, las ataduras estaban para impedir que Aldrina se lastimase a sí misma, tras el diagnóstico inicial del escáner cerebral. No existía peligro para los jueces; cada uno sentado en un despacho de su propia colonia participaba del interrogatorio y del debate mediante sus prolongaciones virtuales.

——–Era la tercera vez que repetían el cuestionario, no conseguían entenderla. Cuatro muertos, cuatro jóvenes gamma, integrantes del ejército, pulverizados por el desatomizador de Aldrina Copwichz, en circunstancias donde fueron requeridos sus servicios técnicos.

——–La joven reiteró la misma versión que venía dando desde que la interrogaron en el trasbordador camino a la estación carcelaria: «Pasé la exclusa, me quité el casco, nadie me atendió. Con el traje colocado me dirigí a la piscina. Dos modelos femeninas se sostenían en el aire, sobre las aguas, cuatro jóvenes desnudos consultaban sus hologramas contables. Extraje el desatomizador y les disparé, uno a uno».

——–Insistieron en preguntarle el porqué de su curiosa reacción. Se negó a responder, ¿acaso entenderían si les decía que disparó para comprobar que no fueran cibernéticos? Nunca creerían la historia montada por la sádica mujer, la misma que dio por cerrada la sesión ordenando a sus compañeros de consejo que presentaran sus dictámenes en veinticuatro horas.

——–Aldrina cerró sus ojos, aún le dolía el cuerpo y sentía el leve beso de la doctora Klogan; se durmió en paz, cualquier castigo sería preferible a enfrentar otra vez el horror, el peor destino carcelario no la expondría a una vejación tan cruenta como la sufrida en su trabajo.

——–A diez kilómetros de allí, levitando en su sala antigravedad, la doctora Klogan se acariciaba el clítoris en tanto recorría la galería de imágenes de sus presas. —Debo cargar la nueva captura —se dijo antes de las convulsiones del orgasmo. Luego se durmió preguntándose qué nueva estrategia diseñaría para gozar de ella durante su reclusión.

*(Argentina)
juandeolavarria@gmail.com


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