A todos nos toca el infierno
Ignacio Cantillo Saade*



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Cruzó la calle mientras el olor de las primeras gotas que reventaban sobre el suelo seco se levantaba inundando su olfato y nublando su mente. Cual espejismo, entre la multitud que se agrupaba en una larga y ancha fila, le pareció ver al poeta que le mostraría el camino y le resolvería sus dudas. Se arrimó como pudo a un puñado de gente, volviéndose uno más en aquella muchedumbre indolente que hacía fila. Un fuego líquido con sabor a cobre emanaba de las bocas impregnando el aire que él respiraba, nauseabundas inhalaciones y exhalaciones que se volvían una viscosa masa humeante bajo la lluvia helada y pegajosa que, como gotas alargadas, recorría su espina dorsal, que golpeaba en un incesante murmullo, casi imperceptible, la larga hilera de paraguas aglutinados y puntiagudos prestos a sacar ojos desprevenidos, mientras el miedo y el terror le trepaban silenciosamente y se transformaban en sudores fríos y salados que se endurecían sobre la piel al mezclarse con el polvo de la calle, con el humo de los autos, dejando en el olvido el delicioso petricor que brotaba de las líneas blancas y negras que demarcaban el antes y el después de la vida o la muerte.


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Sin paraguas y sin abrigo alguno que lo cobijase, aguardaba —como siempre— pacientemente en las largas filas de las cinco de la tarde de cada día. Sin embargo, esa tarde la impaciencia creció como una sombra, como una mancha negra que le marcaba el pecho y lo asfixiaba. La gente se aglutinaba cada vez más, oprimiendo sus pulmones entre torsos ajenos, haciendo aun más densa su respiración; daba diminutos pasos tumultuosos que lo acercaban a la ilusión de la esperanza que aguardaba en los torniquetes. En el marco superior de la entrada de la estación, en letras chicas grabadas en el hierro, se leía: «Por mí se va a la ciudad doliente, por mí al abismo del tormento fiero, por mí a vivir con la perdida gente. La justicia a mi autor movió severo: me hicieron el poder que a todo alcanza, el saber sumo y el amor primero. Antes de yo existir no hubo creanza: la eterna solo, y eternal yo duro; ¡Ah, los que entráis, dejad toda esperanza!». Al cruzar la entrada recobró su sensatez y allí tuvo la indudable sensación parecida a la mirada de ojos saltones y venosos que custodiaban el Aqueronte, cuyo juicio tenía un olor a formol que le hizo regurgitar el sabor de los huevos revueltos del desayuno, el aroma a café matutino, las lágrimas sin llanto de la cebolla picada, las manchas rojas del tomate aguado sobre la tabla de cortar, el humo sabor a azul de su primer cigarrillo; regurgitó estrepitosamente la alarma del reloj que lo despertó antes de despertar, marcando la hora de su último latido.


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Después de los torniquetes el río cobró vida y en una danza descoordinada lo arrastró a través de la metálica estructura gris que rechinaba con cada paso como si de elefantes se tratara; ya no había guardia que vigilara las manos furtivas que registraban los bolsillos, las maletas y las carteras de las desprevenidas almas que allí pagaban cada uno de sus pecados. Un silbido de aire puro atravesó ese mal aliento, y fue ese mismo mal aliento comunal quien lo empujó a través de las rojas puertas del TransMilenio. Sus puertas apachurraban abruptamente cualquier síntoma de libertad, de sueños, de indomables corazones perdidos en un tiempo sin tiempo. Cuánto tiempo perdido. Pero allí iba él, montado junto con otros como vacas ensimismadas y aglutinadas para el matadero; ni filas, ni raciocinio, ni lógica, ni decencia; solo la ley del más rápido, del más fuerte, del que clave más duro el codo y pise más fuerte. Y el articulado arrancó y el mal aliento reposó enclaustrándose junto con el tóxico, ácido y fuerte tufo de «hoy no me bañé», de fétidas emanaciones traseras que calentaban el aire, de las papitas de paquete recién abiertas, del chorizo eructado recién comido, de la mandarina pelada de la secretaria, del pañal pesado del bebé de brazos, del olor a tigrillo mojado del que yerra en las calles, del tabaco ahumado del anciano y, como llovía, las ventanas empañadas estaban cerradas y el aire era cada vez más denso; el mareo inminente le vino acompañado de cosquillas por las caricias de vellos de axila que coqueteaban con su oreja, y se perdió en un susurro estridente inteligible que mareaba la marea; sintió sin sentir los roces de traseros, de piernas, de tetas, de penes, de codos, de manos, de pies pisando pies, de la excitación o el desagrado, y el sabor de los besos imaginarios de extraños conocidos, que siempre cruzaban miradas pasionales en cada trayecto, le generaban ganas de vomitar. El bus se detuvo en una línea hilada de orugas rojas, que iba desde el horizonte hasta el horizonte; quedó atrapado viendo el reflejo fugaz de los ciclistas pasar encorbatados y con las botas del pantalón metidas entre las medias, sin afán, sin apuro, sin prisa, aunque iban tarde y venían de lejos, pasaban fantasmales entre los carros y se alejaban dejándolo atrapado en la perdición del ser humano, con el sabor del tubo liso y gris del que se aferraba para no caerse, enterrándose en las callosidades de la miseria.


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Sus manos se volvieron dos hojas de papel mantequilla que se deslizaron suaves por el tubo y cayeron en hombros desconocidos. Su pensamiento se enfrió hasta el dolor y su visión tornó la luz en oscuridad cerrada y un grito sin aire se dibujó en su boca y, entre empujones, fue abriéndose camino hasta el sucio y carrasposo suelo gris. Las voces que clamaban se alejaron del mundo y el silencio se apoderó de sus oídos, los últimos roces en su piel los sintió entre sueños, como irreales y como si no lo estuvieran tocando a él, y allí lo abandonó la consciencia. Por eso no notó que el olor a podredumbre se disipó cuando el olor a diésel invadió todo el bus. Por eso no escuchó el unísono grito de pánico del resto de los pasajeros. Por eso no sintió el calor que calentó el suelo ni sus ojos se irritaron cuando el humo subió hasta el techo. Tampoco sintió las pisadas contundentes sobre su cuerpo mientras todos saltaban del TransMilenio como ratas que abandonan el barco para tener un peor destino, y no vio al auto que atropelló a la secretaria de la mandarina, ni a la mamá con su bebé en brazos, ni al indigente, ni al estudiante con aliento a chorizo que saltaron directo a la calle. Tampoco vio al anciano con olor a tabaco quebrarse el pie al caer, ni a la señora gorda que cayó sobre un niño. Pero, definitivamente, no vio cuando el calor hizo estallar los vidrios, ni las sillas derretirse, ni la pintura consumirse; tampoco vio cuando su piel empezó a carcomerse, ni su cuerpo perderse en el fulgor de las llamas que lo asediaban. Sin saberlo, él fue víctima de su propio invento, pues, tarde o temprano, a todos nos toca pasar por el infierno.

*(Bogotá, Colombia)


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