Café en París
Shannon E. Casallas Duque*

 

——–En un café en la mitad de dos edificios, en una calle no muy concurrida de París, durante un día de lluvia tibia, sol y nubes; con un aire lleno de esperanza y penuria donde se dibuja un futuro incierto y un presente no muy acogedor, es donde ocurrirá el encuentro.

——–Él camina con pasos cortos y tímidos. Su mente está llena de dudas mientras recorre las calles buscando algo que le recuerde la chispa que enciende el fuego de su alma. Ha perdido la fe, ya no ve con el corazón, y la razón le muestra cada día su lugar en la maquinaria de una sociedad sumida en la miseria que surge de la competencia salvaje y la necesidad de estar al principio de listas y filas interminables que se juntan, dividen y reemplazan entre sí constantemente, pero que son inútiles y hacen de la vida una cadena de sucesos conocidos e infortunados con pocas sorpresas.

——–Es en este día, un día solitario en el que las personas siguen su camino por calles y avenidas que se extienden hasta donde la vista alcanza, bajo la lluvia y con el sol en su contra, haciéndolos desviar sus miradas, y la atmósfera cargada con electricidad, que nuestro héroe (quien en verdad no pretender ser un héroe) camina con rumbo desconocido. O, en realidad, es bien conocido: cualquier lugar lo suficientemente lejos, tan lejos como sus pies sean capaces de llevarlo, y aun así no sería muy lejos porque él conoce la sensación de querer volar, ir más allá de lo conocido y abandonar el cuerpo. En medio de una tormenta de pensamientos y recuerdos, con la indecisión en su andar, un nudo en la garganta y las preguntas que lo atormentan, este hombre solitario encuentra un café en medio de dos edificios, a mitad de la calle.

——–Se aventura y sin pensarlo, antes de que la duda lo invada y se arrepienta de develar este misterio, entra al café. Música triste y el recuerdo de la sensatez y sencillez de las películas en blanco y negro inundan su pecho. Sus ojos buscan un lugar donde sentarse, pero solo encuentra una máquina pomposa para hacer café (que la verdad no tiene mucho que ver con el lugar, aunque le aporta ironía al ambiente). Al lado de una ventana sucia y empañada se sienta, dejando caer el peso de su cuerpo y sus pensamientos en una silla de madera. Al intentar hacer un garabato sobre la ventana, como lo hacía en su infancia, el sentimiento paranoico de otros mirándolo lo detiene. Unos instantes después le pide al mesero un café, más café que leche, con poco azúcar. Suficiente para endulzar la bebida un poco.

——–No fuma, pero él sabe que sería el plano perfecto para una fotografía si tuviera un cigarrillo prendido. “Perfecto, pero no real”, es lo primero que le viene a la mente con una voz acusadora. Monólogos, declaraciones, confesiones, todos en silencio, todos en la oscuridad con un deseo, pero nunca expuestos, nunca pronunciados, nunca lo que quiere, como él quiere o con quien quiere. Pasan los días, las semanas y todo es igual. Amenaza con seguir igual. Todo carece de sentido porque ya no encuentra razones para darle explicación a su vida. Y en medio de la guerra que hay en su cabeza, su nube de desolación, los enfrentamientos entre sus demonios y sus ángeles, sus días buenos y malos y su esperanza por una vida que le satisfaga ante la muerte inminente de su alma, la ve sentada al otro lado de la habitación, sola, con un café.

——–Latte sin azúcar porque para ella el sabor es perfecto así. Nada de comer en la mesa, solo un libro que parece ser aire para ella, un libro que la consume, que la rapta de la realidad. No parece fascinante, solo alguien más en un café haciendo algo que casi todos hacen, pero debido a las circunstancias y a la forma en la que el momento la presenta, cabe decir que a veces la mente y el presentimiento en la boca del estómago bailan al mismo ritmo. ¿Cómo atraerla?, ¿cómo hacer para que lo mire y luego hablarle?, ¿cómo comenzar esta historia? Él envía con el mesero un papel que encuentra en su bolsillo. En él ha escrito un «hola» en cursiva y ha dibujado una cara sonriente. Ella, tan inmersa en su lectura, no se da cuenta de la nota hasta que el mesero le dice que hay alguien que quiere hablar con ella.

——–El café es ambientado con música de antaño. Hay una atmósfera familiar, pero se puede sentir la incomodidad entre levantar la mirada y reconocerse mutuamente para dejarse saber que la aproximación estaría bien.

——–Él sonríe y mientras camina, tropieza. Es torpe, está nervioso y no ríe, pero está decidido. Se sienta frente a ella en silencio. El tiempo pasa y ella sonríe mientras guarda silencio y cada vez que mira el libro vuelve la mirada rápidamente porque sabe que es descortés y él puede pensar que la está aburriendo, pero en realidad es todo lo contrario porque él, con su mirada, su nerviosismo, su torpeza y su gran cantidad de nada es como un cuadro en la mitad de la metrópolis ruidosa que podría quedarse mirando un buen rato.

——–Hablar del clima es una opción, una muy mala, y cuando él abre la boca para decir algo ella lo interrumpe y le pregunta algo sobre unas hojas en el piso, sobre los cuadros, sobre su bebida enfriándose al lado de la ventana, sobre una película cuyo nombre ha olvidado, sobre los libros viejos y amarillentos sobre su mesa. En ese momento todo se torna blanco en su mente, ella se vuelve la luz, eso y el hecho de que no se calla ni por un segundo cuando lo ataca con sus preguntas, y por un momento, le quita a él la responsabilidad de llevar la delantera en la conversación para entretenerlos.

——–A pesar de ser una mujer promedio, vestida como cualquier otra, con ojos híbridos: entre esmeralda y chocolate que se esconden bajo el café y la leche, los cuales se unen en un torbellino que se debe apreciar de cerca para entender su belleza. Ella no es como las otras. No es especial, pero tampoco es alguien común. Y en este día él, de entre las miles de personas que habitan como fantasmas la ciudad de luces enceguecedoras y de amores imposibles, la encontró sentada en un café.

——–Es un sueño que quiere vivir, pero que a la vez siente etéreo. Hablan de canciones, libros, recuerdos, pero nada de nombres. Las horas pasan y los dedos se mueven constantemente entre manos nerviosas mientras las risas se vuelven más coloridas, más sonoras, tienen más eco.

——–Hay momentos de mirar a la mesa, de ver el libro (por el que él no pregunta porque sería muy lógico y muy tonto), de ver las tazas de café acumulándose en ambos lados de la mesa; de ver los meseros y los clientes yendo y viniendo, pidiendo bebidas. Mientras la tarde se vuelve noche y la despedida se acerca. Ninguno de los dos quiere aceptarlo, ninguno de los dos sabe qué hacer. No saben si sería bueno intentarlo o dejar ir este momento para que se inscriba en la memoria del diario vivir. Un momento mágico en medio de la cotidianidad que los ha cambiado porque han compartido, con el extraño de enfrente, el ritmo cardiaco. Sin embargo, el deseo de prolongar este ensueño es incierto.

——–Se miran, se escuchan, casi se tocan, pero nunca se besan. No hay que hacer lo mismo que todos hacen, no hay que abrir y cerrar agendas, no hay números ni nombres grabados en celulares, no hay que desperdiciar este encuentro en veinte minutos de respiraciones aceleradas porque este momento va más allá de las pretensiones y hay que evitar que se vuelva incómodo, pues el ocaso se asoma por las ventanas que dan a la esquina donde se cuelan los ruidos de la ciudad, que se agitan y palpitan con más desenfreno al llegar la noche.

——–Van a cerrar pronto. Se está haciendo tarde y afuera las calles están bañadas con un aire húmedo, lleno de posibilidades. Ambos van en la misma dirección, las preguntas se dibujan sobre el rostro del héroe, pero ella murmura algo que él no entiende y entonces solo guardan silencio y sonríen. Los taxis pasan, los taxis paran, los taxis recorren la mitad de París, los taxis esperan frente a una puerta azul. Él sale del taxi, aunque no quiere cerrar la puerta y, ante la duda, ante la posibilidad de ese futuro que está desplegándose, ella cierra la puerta de un portazo. Cierra los ojos y aprieta los dientes para no reír o llorar. Ella prefiere ignorarlo mientras escucha sus gritos desvanecerse y el taxi sigue su camino.

——–Las noches, los días, las semanas y unos meses pasan. Ninguno de los dos ha vuelto al café. Al menos no al mismo tiempo. Un día por poco coinciden, pero, entre una llamada y una salida presurosa, no hubo encuentro. Estoy tentado a reunirlos, a favorecer esta vez al destino como si fuera cupido porque veo su necesidad y su deseo cada vez que entran, cada vez que esperan, cada vez que el dolor se dibuja en sus rostros y la decepción con la que se van. Pero pienso que, tal vez, si ellos no han cruzado sus caminos nuevamente, ¿por qué debería yo hacerlo? Los dioses inventaron a los humanos porque estaban aburridos; luego inventaron el amor y decidieron probarlo entre sí mismos; finalmente, inventaron la risa para poder soportarlo porque ni siquiera ellos sabían cómo controlarlo. Nunca damos lo suficiente, nunca es suficiente.



*(Bogotá, Colombia)
Licenciada en Educación Básica con énfasis en inglés y especialista
en infancia, cultura y desarrollo de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas.

Actualmente es docente de inglés.
paris_606@hotmail.com

Categorías: Voz y verbo

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