Entrecalles
Pablo Alvarado Ortega*



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Ahora voy a intentar callarme, o si usted puede, ¡cálleme!, pero no me llame, ¡no, no quiero eso! ¿Es usted pocho o no me entiende?, calle mi voz, no me llame. Aun cuando me vea por la calle hablando solo o cantando de forma lamentable en algún callejón, no lo lamente, tampoco engañe a su mente y ¡cálleme! Yo sé que en el fondo eso es lo que usted quiere, tal vez sea un demente, pero puedo leer muy bien la mente. Le pido a usted que me calle sin importar que yo se la miente, no sabe lo mal que se siente ir por la calle mentando a diestra y siniestra, a veces sin comer, es lamentable. Le pido amablemente que al menos lo intente, pues se ve usted una persona decente. ¡Cálleme! Aunque pierda usted algún diente. Algunas veces me pongo muy caliente y envisto como un Miura, pero ya habrá quién a usted lo cura, siempre hay alguien para ustedes, pero para uno que vive en completa soledad y amargura no hay remedio ni cura, solo tedio y locura. Escúcheme bien, más perdí yo por valiente, una vez que andaba de caliente en la calle esa, esa que llaman Valle, yo más bien la llamo callejuela, espero no le parezca a usted una falta de respeto, ¿le doy más detalle?, ¿quiere usted que le cuente? Muy bien, aquí le espeto con todo mi respeto: ahí, en la calle Valle, conocí a Gabriela, una hermosa mujer de fino talle, de piel canela, maestra muy elegante de baile, pues bien, resultó mujerzuela que enseña… enseña también braille y es egresada de La Salle, pero como para comer de eso no sale, ahora vive con más holgura del calor de la calle. Con menos cordura y más soltura, su cuerpo perfecto luce sin gordura. Va meneando su figura que hace perfecto juego con su altura, pasea por la acera su cuerpo de pera y con entallados vestidos que brillan como la cera. Pasó de la escuela elegante de millones a enseñar por la calle sus melones, camina con tacones de aguja y se lanza a buscar amantes de locura por la calle Valle de la Amargura (que yo le digo callejuela) y debo decir que soy uno de ellos, aunque me duela que usted me fusile, no soy ningún fraile de huarache sin suela, ni uso sotana para el vacile y así seré hasta que un día me jubile. A la susodicha Gabriela la vi una noche por la acera comiendo ciruela junto a su amiga Manuela, ambas tirando el hueso a la calle. Una estudió, como ya dije, en La Salle, la otra se gradúa este año de la uni Del Valle. «La manuela de Gabriela es a quinientas cincuenta lucas», me dijo la espigada de Manuela, «puede ser en el motel Villa Capri o en el Plazuelas y le incluye: botella, látigo y espuelas». ¡Sálvese quien pueda!, que ya voy por ella, pensé. «Y con quiniela más», me interrumpe Gabriela; «hay baile, una lección de braille y no nos importa si usted es fraile, nos puedes oler a una o a las dos hasta la nuca, eso sí le advierto: besos en la boca ni a la una ni a las dos, bueno, para que me entienda, nunca».

——–Los tres nos fuimos como a las once por aquella callejuela adoquinada hasta llegar al Plazuelas, una construcción a la que no le duele nada. De pronto tuve una premonición, una mala corazonada y les rogué caminar más, hasta llegar al final de la calle que topa con el Villa Capri, motel de estilo rústico con ecléctico, la fachada tiene sillar tabaco con entrecalles color gris, cornisas de tabique de barro recocido y detalles con tubos de acero inoxidable, soldado con argón para el anuncio de letras helvéticas de neón. De la recepción de acrílico y aluminio sale un músico barbón, cargando con su acordeón, parece tísico, lo digo por su físico, es algo lógico, ¿no?, en realidad no es físico, egresó de químico del tecnológico. El músico recepcionista y profesionista trabaja de noche para pagar su coche. No es nada ecológico, hablo del químico-músico que todo compra de plástico, porque su automóvil sí que lo es, un modelo eléctrico, cinético, estético y con singular atractivo magnético que enmarca perfecto y poderoso con la fachada del motel ecléctico, además no es ruidoso. El débil químico, en cambio, es oloroso, diabético muy patético y algo psicótico, pues vende grapas por un moche, las guarda en la cajuela del coche y las sube hasta tu mesita de noche en una bolsita transparente de ziploc el broche. Yo pienso que mejor debería trabajar de químico en la Roche, aunque tuviera que rolar turno de noche, pero no trabajar de músico recepcionista en un hotel sin estilo minimalista, para mí es algo muy lógico, para eso estudió y salió del tecnológico, ¿no? Lo demás que hace de su vida es un campo mórfico o yo no sé, es un pensamiento algo hipotético y no muy lógico de mi parte.

——–¿Quiere que me calle o le sigo con más detalle en este debraye?

——–Hablando de “aquellas” déjeme le cuento que, después de dos grapas y dos botellas, se levantaron la ropa, también la voz y se perdieron el respeto; déjeme le digo que se golpearon en el ombligo, se agarraron de las greñas (de las de la cabeza). A la Manuela casi la desnuca la forzuda de Gabriela, es que es más cuca y ahí supimos que Manuela usa peluca y que está por mucho más ruca. Me tocó ver algo que se ve poco, al menos yo nunca, algo que raya en la locura: de mujeres desnudas una pelea y yo les aplaudo como loco su bravura. Después de insultos vino una trompada de mi Gabriela y rodó por el suelo de falsa duela una muela de Manuela, que por un hueco en el zoclo casi se cuela. La recogí y guarde para que no vaya a la uni toda chimuela. Se abrazaron, forcejearon y rodaron, se aventaron, se escupieron, lucharon y de nuevo rodaron. Entre tanta vuelta, un tacón de Gabriela, que por ahí dejaron, se clavó justito detrás de la melena (la de abajo) de Manuela. ¡Ay, qué pena sentí por mi Manuela!, no imagino cuánto la parte de atrás ahora le duela. Mejor nos hubiéramos quedado en el Plazuelas que tiene verdaderos pisos de madera, son de bella duela, color de oscura ciruela, que no la hace ver una habitación tan austera. Eso me contó una chaparrita de apellido Cabrera, que estudiaba para reportera, la verdad no sé su nombre, ni si acabó su noble carrera, pero sí sé que la apodan la “flexible Rita”, cuando muy maquillada transita con su pulcro vestido color perlita y anda de mujerzuela por la calle Valle (que yo le digo callejuela).

——–La habitación del Villa Capri se llenó de paranoia y dolor. Después de una llamada anónima a emergencias (¡Shhh!, yo sé que fue Gabriela), las calles se llenaron con luces de una ambulancia y dos patrullas que andaban en vela, la noche llena de luz y color, pero a Manuela se le escapaba de la vida el olor. Salí caminando disimulando, como dijo Gabriela, despacio y agarrado de la mano de ella, como si de otra habitación viniera. Camine aferrado a su guante, con paso elegante, y ella me jaloneaba como diciendo: «no sea estúpido, no se adelante». «¡Camina bien o te pongo un calmante!», me dijo alzando su puño con guante. Gabriela llevaba en la frente un turbante de ridícula tela gruesa que le tapaba frente, oreja y ceja, para que nadie la reconociera y dieran a la poli la queja, no vaya a ser que alguien dijera: «¡miren!, ahí va la Gabriela o se asemeja», ya ven como hay gente pendeja. Debíamos andar con cuidado, pues con la policía trabaja su hermano, al que apodan “lenteja”, es el poli más redondo y marrano; un oportunista que tenía de momento agarrado de la mano al músico recepcionista. Yo seguía nervioso mi andar, al lado de Gabriela caminé y caminé con cuidado, se me veía muy confiado, pero la verdad es que de los nervios le apreté tanto la mano que le dejé un brazalete de color azulado y luego se puso morado. Demorado llegó otro “azul” gritando algo atolondrado, decía que había encontrado un sintético junto al neumático izquierdo del auto eléctrico y ecológico, estacionado en la fachada del motel ecléctico, con una calcomanía que rezaba: «Egresado del Tecnológico». Pobre químico diabético se puso como un lunático, seguro se le cayó la dentadura y es posible que no pise la jefatura, pero un psiquiátrico le auguro; yo conocí una vez uno, pero nada más fue un “ratico”, como decía mi doctor, es que él era de Puerto Rico, no era moreno sino blanco, alto, con piernas flacas y el trasero gordo, que lo hacía ver como un mastodóntico elefante blanco, como los hombres que fueron por mi Manuela. La pobre era transportada por tres corpulentos de blanco que entraron al cuarto y la encontraron en cuatro, llorando sangre por el ano y pedorreando por la boca horribles gritos de dolor, una sinestesia terrorífica, como una de las catorce pinturas negras de Goya en La Quinta del Sordo. En un rato ya eran las tres y cuarto de la mañana, la cargaron con mucho cuidado entre cuatro manos, pues el tercer corpulento que entró al cuarto iba cuidando como buen samaritano que no se moviera el tacón alto, enterrado muy profundo y cerca del ano. ¡Ah, no! No se puede morir por un tacón de aguja en el ano, pero es tan fácil perder la razón cuando se pierde el pulso en la mano y sin querer te lo empuja.

——–Será mejor que usted me calle, ponga sus labios sobre mi boca y si no le parece, dígamelo en la plazuela o en la calle, yo le advertí de este debraye, le dije fuerte y claro que me calle y usted no me calló. Es más, usted nunca me cayó bien, le conté mi historia porque me parecía más amable, de fachada confiable, como la del Plazuelas, pero es usted tan desagradable como el Villa Capri, seguro debe tener algún cargo en Hacienda y no vive como uno en la calle ¿Cómo dice, es supervisor contable?, ¡qué ser tan detestable! Es lo que saca uno y todo por no hacer caso a la voz que me dice: que entre más me calle, se está mejor en la calle Del Valle (que yo le digo callejuela) que viajando por la ciudad en el asiento trasero de la patrulla de un tal “lenteja”, que abusa de ti y luego te deja a orillas de la ciudad con los pantalones en las rodillas y un cachazo en la ceja. Para regresarse como uno pueda a su amada calle Del Valle (¡que ya no soporto que le digan callejuela!) porque es mi calle, es mi vida, mi felicidad y amargura, donde solo puedes sobrevivir rayando la locura.

 

*(Celaya, México)
Nació en una tremenda inundación. Como no pudieron comprobarle nada lo dejaron ir.
Bajo el signo de acuario anda y tal vez por eso le encanta el agua.
Flota, se sumerge y de ella emerge. Se hizo arquitecto para vivir, pero anda más tranquilo sin branquias leyendo y escribiendo sin estilo.

ccc.arq.alvarado@hotmail.com

Categorías: Voz y verbo

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