Momentos en la ciudad

(Texto completo)

Eimy Ro*

“Que el brillo de la ciudad no te quite las estrellas”
Anónimo

Todas las noches Ana se mete a la cama e intenta dormir. Busca en sus recuerdos todas las vivencias del día. Hace una inspección de todo lo vivido,  intentando quedarse con lo bueno y alejando lo malo. Desea encontrar en los sueños la paz y el descanso que tanto necesita.

Mañana será otro día, otra dulce mañana -se dice a sí misma-. Sabe que al otro día tendrá que empezar de nuevo su rutina: levantarse, hacer el desayuno, arreglarse, llamar a los chicos para que vayan al colegio y después, salir a trabajar.

Ana es una mujer muy bella. A los 45 años aún conserva la gracia de mujer latina, y su fuerza. No le ha tocado fácil. Su esposo un día decidió no seguir más y ella se hizo cargo de sus hijos y de su vida. Cada día es una nueva aventura sumergida en la gran ciudad: una urbe de edificios más grandes que los cuellos de las jirafas, calles parlantes que con el tinto hacen las tardes eternas, casas tan viejas que cuentan las arrugas de las abuelas, y montañas madres que abrazan nostálgicamente el tiempo que vuela y el que vendrá.

Le parece paradójico que mientras ella ama profundamente este lugar, otros no hacen más que quejarse y hablar pestes de él. Escucha a diario las quejas: basuras, inseguridad, indigentes y lo peor, el caos del transporte. Aunque ella no es ciega y sabe que todos esos problemas son una realidad, trata de ver el lado positivo, de verlos de otra manera, como quien ve algo muy preciado, pero lleno de defectos. Por eso no comprende el poco sentido de pertenencia que la gente siente hacia la ciudad, de quienes no cuidan ni valoran lo mucho o poco que tienen.

Ella todos los días debe subirse al transporte público. Vivir la odisea de la cantidad de gente, que como una estampida pasa por encima, buscando como un tesoro perdido el privilegio de sentarse en una de las sillas del bus. Hay días en los que es ella quien logra obtener tan preciado tesoro y entonces observa a través de la ventana los diferentes matices de las calles que recorre. En ocasiones logra contemplar algunos murales, bellas pinturas callejeras, realizadas por grandes artistas que tal vez nunca verán sus obras expuestas en alguna galería parisina, pero que ella contempla con el placer de cualquier crítico de arte. Se siente como una niña que juega con las ráfagas del viento que mueven las hojas de los árboles plantados en medio de la vía que atraviesa sin prisa.  

Mientras descansa plácidamente en la silla que se ganó a pulso, añora los años de su juventudcuando la oleada de vendedores ambulantes no perturbaba sus dulces pensamientos y era un placer para ella subirse en una buseta, llegar hasta el paradero más lejano de la cuidad para después devolverse sola hasta su barrio, soñando en grande o pensando en el amor. ¿Y ahora? Ahora es imposible. Diariamente se suben a su transporte personas con la necesidad de vender y no hacer nada más que vender.

Ana ama las noches en las que se puede dar una escapadita y puede contemplar las calles iluminadas de la gran ciudad. Pero en especial le agrada un rinconcito en el centro, donde un ex novio la llevó un día a conocer una hermosa fuente y una capillita en la que los jóvenes se sientan en sus escalones a escuchar los cuenteros para que los transporte  a un lugar mágico o en ocasiones, lleno de realismo.

Este lugar la hace soñar. Se siente viva en las noches bohemias frente a una copa de vino, escuchando música en compañía de sus amigas y oyendo a los jóvenes universitarios contar sus historias frente a una gran chimenea, sentados en el piso sobre cojines viejos; lugarcitos para escaparse de clases y alejarse del mundo real.

Ana ve en este lugar cosas que otros no ven. Para otros, un lugar así es sinónimo de vagancia, de pérdida de tiempo. Además, eso de escuchar cuentos “es para personas que no se toman la vida enserio”. Pero eso a ella no le importa. ¿Qué vale más que el arte, la gente y las calles? ¿Qué enriquece el alma sino la caída del alba y un amante juguetón? ¿No es la tertulia, la amistad y la palabra, compañeros eternos de la vida que vuela en los suspiros de todos?

Para una mujer como ella la vida no es fácil, pero ella intenta ponerle la cara bonita, amando su casa, sus hijos, su ciudad; ama vivir aquí. Cuando era niña, vivió mucho tiempo en el campo y aún recuerda los días en los cuales su madre la traía a visitar a su tía. Al llegar al mirador en el cual se podía observar la totalidad de la ciudad, se deslumbraba. Llegando en la noche la vista era magnifica ¡Que cantidad de luces!, se decía a sí misma. Era como el cielo en una noche llena de estrellas, pero aquí en la tierra. Por eso ahora al tener la oportunidad de vivir en ella, no desea jamás irse a otro lugar. ¿El campo? si, rico de vacaciones, pero volver a ordeñar vacas o cuidar gallinas toda su vida  ¡Nooo! ella es una mujer citadina. Le encanta volver al mirador y  ver como su ciudad día a día crece y se extiende, dándole asilo a miles de habitantes como ella.

Los días en el parque del barrio también son especiales. Lleva sus audífonos para escuchar  música y se sienta en uno de los bancos  que se encuentran en el lugar, mientras observa lo que otros -por sus múltiples afanes- no pueden disfrutar. Ella no ha perdido la capacidad de ver las cosas pequeñas de la vida, de saborear lo que a muchos les es negado. Ese es el lado oscuro de la ciudad, “ese otro lado”. Una ciudad tan grande, con millones de habitantes que día a día buscan un sustento, que para lo único que tienen tiempo de verdad, es para prestarle atención a su celular o para mirar su reloj porque andan apurados; han perdido la capacidad de observar y comunicar, y en los pocos momentos que lo hacen es para quejarse de lo malo a su alrededor y del gran caos.

Pero Ana no. Ella, como dije, se sienta tranquila, observa al entrenador de futbol mientras enseña a su pupilo a “gambetear” y no puede dejar de pensar que es un hombre muy guapo. ¡Lástima! -piensa ella- se ve muy joven.  Ve al abuelo llevar a su perro a hacer sus necesidades y lógicamente ve como las recoge, y a los enamorados mirarse frente a frente mientras se comen un helado y suspiran, y esto la hace añorar sus días de enamorada. Pero lo que más le gusta, es cuando los niños se divierten jugando en las atracciones del parque, sus hermosas sonrisas le recuerdan las de sus hijos.

Se va del parque y camino a casa compra el pan para el desayuno, francés y hojaldradocomo de costumbre. Cuando llega a casa terminando sus labores y un día más al igual que los pasados, bendice a sus niños sin dejar de pensar que al otro día volverá a sumergirse en la travesía de una ciudad que en su eternidad siempre tendrá una nueva aventura.

*(Bogotá, Colombia)
Técnica en Auxiliar de enfermería.
Actualmente es coordinadora y tallerista de eventos para niños.
(eimy8013@gmail.com) 

 

Categorías: Voz y verbo

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