Para los perdidos

(Texto completo)

Shannon E. Casallas Duque*

La ciudad es un escenario para la melancolía, sin importar el clima o lo que ocurra entre las calles escondidas, donde hay espacio para lo imposible, y las avenidas principales, donde las muchedumbres se mueven y se llevan todo a su paso como ríos desbordados.

Caminar por la ciudad, sin importar el país o el continente, lo cerca o lo lejos que este del lugar que uno llama hogar –aunque entre más lejos mejor- es una experiencia que le brinda catarsis al que está perdido, y se vuelve un lugar encantado para el que está enamorado. Las calles con edificaciones que recuerdan los romances Shakesperianos porque en sus balcones hay jardines colgantes, dan un sentimiento de alivio, de esperanza, de fe en el mundo y los que lo habitan. Un escenario caído del cielo para sostener la mano de alguien sea un amigo o un amante. Sin embargo, la arquitectura moderna brinda gentilmente una mirada más objetiva y simple de la vida, una evaluación clara para ver las decepciones por lo que son y un empujón para poner manos a la obra y por fin saltar al vacío que llaman futuro.

Cualquier persona, sea oriundo o extranjero, nunca podrá decir que realmente conoce su ciudad porque las calles nunca serán iguales; no es lo mismo recorrer la metrópolis de día o de noche, cantando canciones con el corazón abierto o escondiendo lagrimas que hacen que los ojos se vean como universos con explosiones del color de la sangre, con los cielos cayéndose a pedazos y haciendo que el olor a tierra encante a los transeúntes o a pleno rayo del sol que colorea las mejillas.  Un café, un museo, un parque, una banca siempre serán nuevos porque el sentimiento cambia, nosotros cambiamos, las ciudades cambian, y se vuelven personajes en sí mismas.

Sentarse al lado de la ventana en un bus o en un carro mientras se compite para llegar al mismo destino es una odisea donde se descubren una y otra vez las formas naturales y artificiales, siempre cambiantes, siempre mutando en mejores o peores formas de sí mismas. No son iguales un campus universitario al inicio y al final del año, un hospital con ambulancias rodeándolo como cordones de seguridad o con personas protestando porque la gente se muere en las escaleras antes de poder entrar, el centro de la ciudad, el norte, el sur, los cerros son misterios que se despliegan en el horizonte. Uno ve en la ciudad lo que quiere ver y como lo quiere ver, en los días que rebosan felicidad hay verde, hay color en las construcciones -porque en las protestan les han lanzado bombas de pintura-, hay recuerdos que llegan de improvisto e inundan el corazón, lo llenan; mientras que en los días tristes no hay nada estéticamente atractivo, no hay nada colorido, solo hostilidad, solo oscuridad, las luces se apagan y solo se ven fantasmas abriéndose paso por callejones donde los monstruos esperan.

Las ciudades son hogares para los perdidos porque brindan de forma temporal un lugar donde conectarse, donde sentir que todo es posible, donde empezar de nuevo sin cargar a espaldas el pesado equipaje de la vida que se vivido hasta el momento, pero no importa lo lejos que uno este, siempre se sentirá fuera de lugar; esa condición de no pertenecer que parece que lo dejara a uno en evidencia ante todos, como un letrero o un color que resalta es algo permanente, eso no se borra, no se va.

 En mi opinión, es mejor estar perdido en ciudades grandes o pequeñas, donde uno es extranjero, donde nadie te conoce, aunque siempre imagines que estar con alguien o con algunos se sentiría mejor porque aquí no es como en casa, es diferente. Lo curioso de estar en los extremos del mundo, con los pulmones llenos de diferentes aires y la mente abierta ante las posibilidades es que uno siempre recuerda a personas con las que le gustaría estar viviendo el momento para redefinir cafés con nuevas bebidas, bautizar calles con besos que despiertan juicios en las miradas curiosas y lanzar promesas al viento que nunca se van a cumplir.

A lo mejor, las ciudades al igual que nosotros, son entes con un alma que encontró donde quedarse, pero que se rehúsa a lo permanente, y por eso hace metamorfosis cada vez que empieza a sentirse familiar buscando mantenerse viva para despertar el pulso y renovar la sangre. No se puede mover, es cierto, pero puede derrumbar y volver a construir, puede cambiar de color, puede resistir ante el caos o sucumbir ante la presión cotidiana, puede ser constante y variable, pero nunca la misma.

*(Bogotá, Colombia)
Licenciada en Educación Básica con énfasis en inglés y especialista en infancia, cultura y desarrollo de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas. Actualmente es docente de inglés.
Correo: Paris_606@hotmail.com


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