Vida

(Texto completo)

Santiago Morales Vargas*

Solía creer que corría por las calles, entre la basura de los andenes y el humo de los vehículos. Siempre en movimiento y en completa soledad. Deslizándose entre los edificios como cuando lo hacía entre los árboles y montañas en el pasado. Solían ser tiempos más simples. No estaba muy segura de cuándo habían cambiado tanto las cosas, pero sabía que lo habían hecho de manera monstruosa en todo sentido. El murmullo de los bosques había aumentado su volumen y ahora se había transformado en una amalgama de gruñidos, choques, zumbidos, gritos y uno que otro canto. La sabiduría que antaño la había caracterizado ahora se mostraba como un estruendoso rugido de caótica índole. Aterrador grito para algunos, agradable canto para otros, siempre atrayente y tentadora como nunca había podido serlo en el pasado. Mas esta confusa sinfonía aún mantenía en su interior la misma naturaleza que la había caracterizado desde el principio. Un mismo equilibrio universal que rige a todos los que la habitan. Un ecosistema de depredadores, presas, carroñeros y parásitos viviendo bajo un nuevo orden, pero en el mismo perfecto equilibrio.

En estas nuevas condiciones, se convirtió en un ser amorfo y cambiante, pues sus depredadores tenían nuevas maniobras y sus presas distintas defensas. Formó ojos agudos y analíticos que creen distinguir el peligro en una multitud, una venta o una relación. Así, como también, se hicieron capaces de identificar una debilidad en el sistema o en aquellos que lo habitan junto a ella. Mas sus ojos entrecerrados y su ceño fruncido, aunque le alargaron la existencia, la hicieron desconfiada y provechosa con sus iguales y ya no pudo pertenecer de corazón a la sociedad. Sus orejas se atrofiaron y empezaron a dejarla sorda frente a los lamentos de sus prójimos, aunque todavía se alzan para oír ofertas, rumores y corruptos beneficios. Gracias a esto se hizo indolente y ególatra. Sus sueños y comodidades mataron los lamentos de familiares y amigos, y empezó a sentirse solitaria aun estando en compañía. En cuanto a su boca, esta se torció en una sonrisa permanente. Semejante mueca fue un arma de doble filo pues, aunque con ella supo atraer a muchos otros a sus burdeles, bares y vidas perfectas de televisión, esta perdió su brillo con el tiempo y la dejó llena de sentimientos tan falsos como espejismos en el desierto. Desarrolló un síndrome de abstinencia que ya no pudo ser combatido sino por efímeras emociones en la televisión.

Sus brazos y sus piernas se multiplicaron por millones, pero todos sus movimientos se hicieron descoordinados. Eran capaces de mil oficios pero resultaban inútiles al momento de trabajar en comunidad. Las extremidades que se desgastaban en trabajos manuales y soportando el peso de los víveres perdían todas sus ganancias por aquellas que señalaban y dirigían al resto del cuerpo. Cuando los que escribían, esculpían y pintaban buscaban retratar semejantes crímenes, estos miembros dirigentes señalaban, y una multitud de manos con bolillos caían para destrozar sus obras y correr tras sus creadores. Cuando empezó a infligirse daño a sí misma, se formó un odio inmenso en su interior. Detestó a las criaturas criminales que la ponían en peligro y la obligaban a tomar medidas para protegerse a sí misma. De esta frustración, resurgió la sed de violencia que, en el pasado, se había designado únicamente a los animales. Lo peor es que esta se desató muy pocas veces en aquellos que la merecían y empezaron las peleas, los abusos y los tiroteos escolares. Muchos afirman que es culpa de su evolución que estas cosas empezaran a suceder, como si fuera una enfermedad que tendría que haber sido erradicada al momento de su descubrimiento. Pero ellos no se dan cuenta de que es en su interior el único lugar donde se pueden dar el lujo de continuar su diatriba apocalíptica.

            Pero no la odian por ser la raíz de sus males, pues son los seguidores más ególatras de una divinidad colectiva. La odian porque es el símbolo de su debilidad, es la prueba de sus deseos y las prisiones que ellos mismos han construido con hierro y hormigón. Puede que la ciudad la hiciera traicionera, provechosa, desconfiada y violenta, pero no caen en cuenta de que eso es parte de su naturaleza evolutiva. Nunca hubo una segunda opción. Todos desean las comodidades y beneficios de los que se jacta, es el siguiente paso en el escalón evolutivo. Pero seguirán odiándola con todas sus fuerzas, aun con los estómagos llenos y los ojos maravillados. Pues el problema es el hombre, y el deseo de ella es el monumento a una etapa de su progreso que ahora se da cuenta de que hubiera preferido no tomar.

*(Bogotá, Colombia)
Estudiante de Estudios Literarios en la Universidad Autónoma de Colombia. Suele ser autor de textos narrativos o dramáticos. Estos últimos a veces son interpretados por él en determinadas presentaciones.
Correo: dracos2007@yahoo.es

Categorías: Voz y verbo

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