Daién no tiene sueño 
Jorge Alejandro Llanos Rojas*

Ilustración realizada por Jorge Alejandro Llanos Rojas



«Cuando naturaleza, en su brío poderoso,
concebía diariamente monstruosas criaturas,
vivir habría querido cerca de una giganta
como al pie de una reina un gato ronroneante».
Charles Baudelaire.


——–
Apretó su mano como quien busca la manzana. Sus dedos enrollaban por completo el falso intento corpóreo de una esencia, de un algo o una estancia, donde pudieran arrumarse las ilusiones de la infancia, derrotadas por el trasegar de un montón de derrotas, incluidas las propias del destino contra el hambre. Hambre de deseo por el otro, de sentados ―desnudos en un parque― y compartir los misterios que nos producen las palomas gorjeando. Pasado el dolor, vino el placer, unidos. Esto no es necesario decirlo porque el cuchillo tiene una parte que corta y otra que golpea. Un planazo en una nalga y una cortada en el abdomen, no son peleas de samuráis sino de machetes en el aire, cada quien en su propio baile esperando un segundo que cambie por completo la historia. Una historia que desemboca siempre en la muerte, ya sea la personal o la del oponente.


——-Abrió su mano y respiré. Vi la luz del semáforo en sus dedos, sueltos de mi cuerpo y de tamaño parecido al de un árbol. Me miró desde arriba, más arriba que las luces del semáforo e intentó, sin éxito, poner su dedo en mi boca. Era como tratar de comer una piedra. Apenas la unión entre el dedo y la uña lograban sentir una breve presión de mi lengua sobre ese dedo, que al tamaño que presentaba sabía salado y con aroma a tabaco. Lamí el dedo, o intenté hacerlo, mientras ella se quedaba quieta sin decir nada, agachada y haciendo presión en las rodillas para alcanzar mi estatura, sin decir una palabra. Cada dedo suyo medía más de un metro, puedo estar seguro, porque no me daba a la altura pero sí alcanzaba a tocarme el mentón, presionando un dedo hacia abajo desde el aire, midiéndonos ambos para encontrar cualquier referente.


——–Sonrió al sentarse en la calle, recostada la cabeza sobre el semáforo. No había nadie en esa calle, en ese barrio y posiblemente en la ciudad entera, porque había días que la luna se sentía lo suficientemente enferma como para no llamar de noche a sus ciudadanos. Acarició mi cabeza con el dedo que sostenía mi lengua, para alzarme de cuerpo completo hasta la altura de su rostro. Pude ver con la luz roja del semáforo, que aún no cambiaba de color, la silueta de sus labios y los cortes que los atravesaban. Acaricié el espacio del tejido mientras ella soltaba una especie de ruidos que exhalaban aire y movían los cabellos de mi cabeza. Sosteniéndome con su mano, mi mano ―más pequeña e inútil― pasaba sus dedos haciendo presión cada ciertos espacios, tanteando el veneno de un labial negro contra el contraste del rojo de sus entrañas, más propicias y más cercanas, a la altura de los cachetes, las pupilas y el interior de su nariz.


——–Quise besar el labio inferior negro, pero en mi posición, sujeto en su mano, no alcanzaba. Le pegué un golpecito en el labio para que volteara a verme y ella me acercó un poco más a su boca. Comencé a besarla. Respiraba lento, se lo había pedido, cada viento se sentía cálido y con olor a tabaco. Mientras me sostenía de las piernas, pasaba mis manos en sus labios y la boca, con mordidas, en espacios para ella más pequeños que un lunar. Por instantes gemía, reía un poco estirando los labios y se derramaba de golpe el aire. Sonreía yo también por las cosquillas, continuando en mi tarea de recorrer todo el espacio, al tanto de sus movimientos en su mano ―apretando mi cuerpo―y mi boca haciendo un trabajo que podría, al obtuso, parecer eterno, pero que despertaba en ambos una conexión que se aferraba al instante de lo minúsculo, donde todos los eslabones se conectan y los átomos se devoran unos a otros para la creación de lo etéreo.


——–«Para un momento ―me dijo― quiero fumar». Aún sus susurros parecían gritos, solo que para ella no era intencional lo que para mí sí, tomándome de sus dedos y gritándole «Claro, yo igual». «¿Cómo siempre?» me preguntó con los ojos abiertos, frente a frente. «Obvio» contesté. Una vez más esa sonrisa y su mano elevándome hasta la parte superior del semáforo, donde me dejaba sentado mientras armaba con sus manos un tabaco artesanal. Era incómodo, debo confesarlo, tenía que sujetarme fuerte contra el metal, frío como un hijueputa, pero valía la pena ver desde allí las calles ―además de tenerla un poco más palpable― y no desde el intento minusválido del suelo. Allí saqué un cigarrillo y lo metí en mi boca. Ella terminó de armar el suyo, pasándole el labio al papel para pegarlo y encendiendo el objeto gigante, para mí, contra el concreto.


——–La luz del fosforó brilló contra los vidrios de una panadería al otro lado de la calle y sentí detrás del espejo alguna que otra mirada. Encendió su cigarro y una humareda se extendió hacia las montañas. Por suerte, el viento andaba calle arriba por lo que el aire desde mi asiento no sentía el alarido de la candela muerta. Encendí el mío y ambos escuchamos una sirena al fondo. «Quedaste todo manchado de negro». «¿Ah, sí? Con ese poquito de luz no se alcanza a ver un culo». «No importa, me gusta, además ese labial no sabe a nada, no sabrás que pasaste por ahí». «¿Cómo puedes conseguir cosas de esa calidad?». «Tengo amigos, es mejor tener amigos y no plata, o en este caso, es mejor tener amigos a ser normal». «Lo único normal para mí en este momento, eres tú observándome desde el cielo, de resto no importa».


——–Daién arrojó el humo hacía sus piernas, sentada en posición de loto, y me tomó del semáforo para sentarme en su hombro derecho. Terminé de fumar mi cigarro escuchando el motor de su cuerpo al momento de la combustión, agarrado del lóbulo de su oreja para no caerme, pero también acariciándolo. «Vamos, ya me aburrí de estar en la calle» me dijo, levantándose y haciendo temblar el metal de las estructuras que se veían a medias. Entramos a la universidad sin temor, sabíamos que no habría nadie a esa hora y ese día, como para enredarnos en asuntos de camuflaje o miedo al externo, al exterior. El frío no dejó que nos sentáramos afuera, por lo que entramos al coliseo cubierto entre facultad y facultad. Daién cabía allí sentada y las luces eran cómodas, en el pasto falso que cubría el terreno habíamos pasado noches enteras hablándonos de miradas, escuchando con atención cómo movía su mano de un lado a otro para explicar una cosa, de forma pesada para mi insignificancia pero con agrado dentro de su gestualidad natural.


——–«¿Quieres dormir un rato?» le pregunté recién nos acomodamos en el pasto. «No, gracias» dijo, acostándose de lado a lado sobre la cancha. Su cuerpo se salía un poco de los límites, pero esta cancha era especial, era más grande, lo mejor que podíamos encontrar a esa hora. Comenzó a tararear una canción en silbido, ajustando el aire del coliseo en un proceso de sueño, una especie de abertura por donde se cuelan ideas, espantando el temor a ser vistos o descubiertos. Subí por su mano atravesando el inicio y el final de su brazo, hasta saltar el mentón sin interrumpir su silbido ―casi arrojado por la corriente de aire― llegando al tabique. Mis pisadas le daban cosquillas, por lo que interrumpió su ruido. «Sigue, por favor» le grité para que me oyera y de nuevo en un grito le dije que cerrara los ojos. Lo hizo, de forma pausada como para llegar a ellos, tocar las pestañas y su nacimiento, arrodillándome en el borde para besarlos.


——–El silbido siguió en su fondo estrellándose contra la luz de las lámparas blancas. Trazaba caminos a partir de la piel del párpado, en un recorrido que conocía pequeños puntos de zonas residuales donde habitaba el sentido de amarre al cuerpo. Un poco y corriendo, dejando mis labios en cada movimiento y escuchando el silbido que resonaba y resonaba, apurando el paso entre la lengua y los poros. Daién paró de silbar y me tomó con su mano izquierda sin pedirme permiso. Seguí con los ojos sus movimientos hasta ver su boca frente a mi cuerpo y sentir sus besos, que abarcaban desde mi cabeza hasta mis rodillas. Sería insolente decir que de algo servía poner mis labios en posición frente a los suyos, pero sentía que se conectaban antes de caer ―de lleno el cuerpo― en la estructura completa del beso. La saliva entraba en contacto con mi rostro y una risa se dibujaba tras el acto.


——–Daién me colocó de pie sobre los huesos que daban entrada a su pecho, desabrochándose la blusa y bajando un poco el brasier. Caminé hasta allí y me senté al lado del pezón. Siempre me gustó el color de la punta de sus senos. Muy rosados y muy blancos, con algunas conexiones violetas y verdes debajo de su piel. Me desnudé por el momento y sus ojos me observaron sin pestañear. La miraba hacia lo alto y le gritaba «¡qué rico!», hasta que ella se reía y me gritaba un «¡sí!». La abrazaba desde allí porque era inútil de otro modo, acariciando la forma con ambas manos, escupiendo los latidos, observando sus ojos y viendo la manera en que ella misma se ayudaba para entrar en el ritual. Con su mano derecha, tocaba su otro seno mientras la otra bajaba a derrumbar el broche y la hebilla, todo ella dispuesta al momento. Podía pasar minutos enteros en el proceso casi mecánico de acariciar y medir los latidos, que allí tan cerca rebosaban y hervían, viendo únicamente el color de sus caminos subterráneos, por debajo de la piel y sintiendo la ligera impresión de sentirme protegido.


——–«Sigue, sigue» dijo moviendo con fuerza ambas manos, dándome mi espacio para acariciar y ver al mismo tiempo. Cuando estuvo distraída, solté su pezón y seguí caminando entre los movimientos musculares hacia el estómago, más caliente en temperatura, cayendo en su ombligo. Acostado boca abajo seguía besándola y me retorcía, al igual que ella, dentro de nuestros únicos caminos de unión. El sonido del estómago era fuerte ―mucho más que el corazón― y del miedo que me daba corrí abajo, hasta los huesos de la ingle. Me senté sobre la pronunciación del hueso sobre la piel, observando su mano gigante en movimiento y ella de nuevo acercó su dedo hacia mi boca para que besara ese pequeño espacio que me pertenecía en sus manos. La besé y grité con fuerza muchas cosas, llenas de imposibles, para que me escuchara y me sintiera en proporciones gigantes, igual a las de ella.


——–Daién siguió con su proceso y yo seguí caminando. Me deslicé por debajo del pantalón de cuero para abrazarme un momento a su pierna derecha y esperar que gritara. Conocía el grito, el acontecimiento importante y apenas sentía que las piernas sudaban interceptando el orgasmo, corría de nuevo hasta su ingle, hasta su estómago y hasta su pecho para ver de frente la forma en que movía las pupilas de sus ojos, apretaba los labios negros y dejaba en el espacio ese grito que recorría todo el acústico del coliseo, solo para mí y por el gusto total de ella. Parecía ser una cuestión de minutos, pero todo el proceso nos tomaba horas, donde recorría por completo la piel y los lugares, dándole espacio a ella para decidir su propio camino y su hora de llegada, alimentando ese placer suyo de ser vista y el mío de ver, así fuera solo con los ojos y a través de diminutos besos.


——–Al terminar, ella sudando y yo sintiendo el agua y sus respiros desde su seno derecho, me acarició con sus dedos, moldeando la plastilina pero sintiendo su textura, hasta que alzaba de mí ―todo― y lo acercaba a su boca para besar en peñuscos lo que pudiera rasgar con sus labios y su lengua. Una sensación de maremoto donde se ahogaba el todo por completo, dejando simplemente a la marea acariciar la arena, arrastrarla, arrancarla, sacarle los grumos a través de la piel y dejarle cosas muertas en las costas, incitar el recorrido de una falsa muralla y chupar, chupar en sí lo que se esconde en una simple tocada. Además del líquido, su aire; además de su aire, su piel; con su piel, el lamento y además la sonrisa; con la mirada sin perder pista de su posición externa. No era feliz hasta que desde allí terminara mi propia lucha, pasándome el dedo sobre la entrepierna e introduciéndolo en su boca, lamiendo de él tanto su sudor como el mío, por pequeño que fuera.


——–«¿Sí sabes?» le grité después de que me dejara nuevamente encima de su seno. «Nada, no sé nada, dime» respondió mientras se movía para apoyar su cabeza sobre sus brazos. «Vamos a bailar antes de fumar». «Dale» respondió mientras se amarraba el cinturón de su pantalón. Cogió como almohada su chaqueta de jean ―que estaba al lado nuestro― para soltar su brazo derecho y acercar su mano hacia mí. Colocó sobre su pecho sus dos dedos, índice y corazón, apuñalando los otros hacia el centro de la mano y esperando a que me acercara a ellos, los tomará de un lado y del otro con ambos brazos, mientras silbaba de nuevo la canción en sus labios y yo me apretaba contra esos dedos, viendo las venas moradas arriba en la parte externa de su puño, que para mí reproducían un sonido de irrigación constante parecido a la locura.




*(Bogotá, Colombia)

Periodista e historiador de arte.
Calvo, ojeroso, cansado y sin ilusiones.
Vástago de un sistema capitalista en decadencia.
Trabaja en el Colectivo La Libélula Azul y no le pagan por ello.

https://lalibelulaazulblog.wordpress.com/

Categorías: Voz y verbo

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