La marca de la Bestia 
Juan Pablo Goñi Capurro*



——–
Estaba tan deprimido que los testigos de Jehová tocaron el timbre y los hice pasar. Las hice pasar, eran féminas que sabían operar la máquina del tiempo. Apenas cerré la puerta, las dos mujeres me llevaron a otra época. Me introdujeron en una tenebrosa película ambientada en Nueva Inglaterra, ese selecto lugar del planeta donde crecieron las criaturas de Lovecraft, las brujas de Salem y el jinete sin cabeza. Y yo, sin ajos ni crucifijos a mano.


——–A pesar de sus vestiduras similares —largas faldas marrones hasta los tobillos, zapatos similares a mocasines masculinos con pequeños tacos, camisas sueltas de tela ruda y sacos oscuros—, las fieles eran muy diferentes. La mayor rondaría los cincuenta, la falta de teñido en sus cabellos y la ausencia total de maquillaje la hacía ver como una señora mayor; era de cutis clara y gesto dominante. La más joven, de piel cetrina, nariz delicada y cara pequeña, poseía un llamativo cabello negro, muy largo, y rasgos bellos.


——–Rechazaron la cerveza que les ofrecí; en cambio, aceptaron agua del grifo, tenían sed. Entusiasmadas por mi recepción, me hablaron de lo mucho que el Señor me amaba y de las cosas que debería librarme para estar en su gracia el día del juicio final. Me dejaron sus Atalayas, «donde está todo explicado, hermano», invitándome a la ceremonia siguiente. La mayor era la que hablaba, con una voz despojada de pasión, un recitado monótono de dogmas simples —a los que no pensaba adherirme—. Dos veces encontré los ojos de la joven mirándome. En ambas ocasiones enrojeció al verse descubierta.


——–Prolongué la presencia femenina con base en preguntas tontas; tiempo malgastado, no volví a atraparla en falta. Estudié mejor el rostro de Angélica, nombre con el que se había presentado. Ojos pequeños, pardos, escasas pestañas. Cejas finas, boca mediana. Traté de imaginármela sonriendo, me costó, la sonrisa debía estar incluida en la extensa lista de pecados que guiaba la vida de esa gente. Alegando que debían recorrer más casas en ese barrio, Faustina, la mujer mayor, se despidió. Me tendieron la mano. Angélica la retiró ante el mínimo contacto, escondiendo su cara.


——–Me encontré a la mañana siguiente estudiando la posibilidad de participar en la ceremonia a la que me habían invitado —no sería la primera locura cometida debido a una mujer, ni la última—. Tampoco fue necesario llegar a ese extremo. En pleno análisis, sonó el timbre. Angélica, como de ordinario, traía consigo el siglo XIX.


——–La hice pasar y le quité el saco. Trató de ocultar sus pechos con los brazos. Me tenté de risa, ¿cómo hacía para pasarle una mano por debajo de la falda que rozaba el piso? Aguanté el deseo, aunque estaba todo dicho. Digamos que lo postergué, en aras de  la caballerosidad.


——–Ella misma solucionó el problema de la falda, dejándola caer al piso. Asombrado, eché un vistazo a sus piernas flacas. Tenía una bombacha de vieja, grande, color piel. Logré verla a pesar del largo faldón de la camisa.


——–La chica se colgó de mi cuello y me besó. El sabor fresco de una boca joven me estimuló de sobremanera. Allí mismo le quité la camisa pasándola sobre el cuello; fue sencillo, de tan holgada que la usaba. Las tazas de los corpiños eran más grandes que los pechos, por mucho. Ella no hizo movimiento alguno para impedir que los desprendiera. Tampoco por evitar que le bajara la bombacha.


——–Silenciosa, dejó que anduviera por su cuerpo como un turista curioso. No estoy acostumbrado a mujeres con tanto vello. Las axilas sin depilar eran lo de menos, allí abajo tenía un bosque. Incluso había pelusa alrededor de su ombligo. Se puso rígida, quizá estaba avergonzada, quizá temía lo desconocido. Rígido estaba mi miembro también. Me desnudé en dos segundos. Tenía una cola pequeña y dura, la acaricié casi con ternura.


——–La chica se aflojó, respondió con besos sobre mi pecho, se me erizaron los pelos abundantes de la zona. Tenía senos puntudos, pasé mi lengua por ellos, sintiendo cómo se endurecían. Su cabello, casi quebradizo, se deslizó sobre mi rostro. La dejé caer sobre el sillón, me tendí sobre ella, liberé nuestras partes para que hicieran contacto por sí mismas. En tanto, le solté el cabello y murmuré en su oído loas a su belleza.


——–Estábamos calientes, ambos. Resultó una sensación nueva embargarme de su olor a mujer sin interferencias, sin químicos ni hierbas aromáticas. Había encontrado el destino final, oculto bajo su jungla oscura. La expedición manual regresó con un satisfactorio informe sobre la humedad de las cavidades a colonizar. Sofocándome un poco, me concentré en una embestida potente, seguro de encontrar resistencia. Alisté frases para el sosiego de la niña, una vez producido mi ingreso a su recinto sagrado.


——–Me podría haber ahorrado los prolegómenos. Apenas mi mano soltó el pene en el sitio apropiado, pujé sin hallar obstáculos. Noté las uñas afiladas detrás de mi oreja; su pelvis adoptó un ritmo veloz, ayudándome a ir por más, a hundirme en esa cueva fascinante. Me sorprendió rodeando mis piernas con las suyas, acelerándome. Me faltó el aire cuando el ritmo se tornó trepidante. «¡Oh, Dios mío! ¡Oh, Dios mío!», repitió una y otra vez. Ignoré si pedía perdón, si festejaba o, dado que ellos no toman el nombre de Dios en vano, si consideraba que yo era una encarnación divina.


——–Nuestras palpitaciones se desafiaron, los corazones sonaban como la pista de un hipódromo en plena jornada doble. Exhalé un minuto cuando llegó el fin; no pude quitarme de ella antes de eyacular. Ella continuó, como pidiendo más. Exhausto, permanecí casi inerte sobre su cuerpo fibroso.


——–Angélica siguió repitiendo su mantra, me quitó de encima de su cuerpo y se puso ella sobre mí. Tomó el falo dormido como si fuera un profeta diciéndole «levántate y anda»; me apretujó los testículos y me metió un dedo en el culo, sin que se produjera el milagro. Alcancé a extender las manos y tocarle los pechos, aún rígidos. Me pude ahorrar el gesto, ella no se enteró del contacto


——–Su expresión se volvió más que ansiosa, casi desesperada. Babeaba cuando se puso a cabalgar sobre mi pelvis. Se rindió cuando mis párpados se dejaron vencer. Mi experiencia religiosa tocaba a su fin, los últimos pensamientos antes de la inconsciencia los dediqué a censurar mis prejuicios, la supuesta virgencita era más experimentada que yo.


——–Desperté cuando sonó el timbre. De un manotazo capturé pantalón y camisa, gritando «ya va» al mismo tiempo. Metí calzoncillos y medias bajo el sillón y atendí, sin ver antes quién llamaba.


——–Angélica y Faustina me observaron con ojos desorbitados. Sin reparar aún en mi estado —y en el estado del living—, me aparté para que pasaran. Cerré algunos botones de la camisa; ellas se adelantaron, caminando de costado. Cargaban con más ejemplares de Atalaya. Angélica se llevó una mano al cuello, reprimiendo una arcada. Con disimulo, abrí la ventana del frente. Guiñé un ojo a mi chica; ella devolvió unos ojos desconcertados y escabulló su carita.


——–Faustina fue a sentarse. A pocos centímetros de su objetivo se detuvo y dio un alarido; señaló con mano temblorosa un almohadón. La chica miró y se cubrió la cara con un ejemplar de la revista que traía en la tapa un sol dorado. Ambas se persignaron una y otra vez. «¡El demonio, el demonio!», gritaron aterradas. Me empujaron con sus brazos nudosos, quitándome del camino, y huyeron, poco más pisándose las faldas.


——–Atónito, asomé la cabeza. Ya no se veían. Puse llave a la puerta, luego fui hasta el sillón. Semen. Una mancha fresca que no dejaba dudas. En el piso, había quedado una de las revistas que traía Faustina en su mano cuando fue a sentarse y se topó con el pecado. «¿Qué significa “la marca de la Bestia”?», decía en la tapa. Entendí su reacción ante la mancha, lo que nunca comprendí fue el resto.




*(Olavarría, Argentina)

Escritor, dramaturgo y actor.
Publicó: La mano y A la vuelta del bar (2017); Bollos de papel (2016);
La puerta de Sierras Bayas (USA. 2014). Mercancía sin retorno,
La Verónica Cartonera. Alejandra y Amores, utopías y turbulencias (2002).

Premio Novela Corta con La verónica Cartonera (España, 2015
 y ganador de varios concursos internacionales de cuentos y de microrrelatos.

 

Colaborador en Solo novela negra (relatos), Desafíos Literarios (sección erótica).

Ha escrito en revistas como Nomastique, Letras y demonios,
Aeternum, MiNatura, Awen, Rendar, La sirena varada,
El narratorio, Visor, Clarimonda, Nictofilia y otras.
Participó de antologías de género policial, terror, ciencia ficción  y erótico, como
Vicio, Historias Pulp, Ávila me Mata, Fantasmas, Cuentos Pecaminosos.

Obras teatrales estrenadas: Por la Patria mi General, Vivir con miedo,
Una de vampiros y salame, Andá a hacer bolsas, Delirum Tremens,

Silvina tuvo visita, Bajo la sotana (Argentina), Bajo la sotana (México),
Caza de Plagas (Chile), Si no estuvieras tú, El cañón de la colina y Carnushka (España).

 

https://www.facebook.com/juanpablo.gonicapurro
juandeolavarria@gmail.com

Categorías: Voz y verbo

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