Mesa para dos 
Santiago Morales Vargas*



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Mi preciosa ninfa de huesos rotos, hermoso ángel caído, dama de gélida presencia y mi más hermoso secreto. No tienes idea de lo mucho que me duele tu partida. Mi corazón sufre, y casi lo siento detenerse, al darme cuenta de que estos ojos no volverán a ver tu cuerpo tendido perezosamente en todo su esplendor a lo largo y ancho de mi cama. Sin embargo, a pesar del dolor que me genera tu ausencia, sé que tomé la decisión correcta. Mi madre solía decir que las cosas más hermosas de la vida eran aquellas que se ausentaban por momentos, solo para volver aún más bellas tras una temporada de añoranza. No dejo de repetirme que esto no es distinto, que nuestra relación solo está transformándose, abandonando su mundana naturaleza física para convertirse en una oda al amor puro. Esto me reconforta, pues aun cuando tu deliciosa presencia flota en el aire, colmando la casa entera con tu dulce aroma, he de admitir que el miedo logra invadirme por momentos. Sentimiento absurdo, lo sé, pues temerle a los sucesos actuales es el equivalente a temer a la metamorfosis de una mariposa. Pero no puedo evitarlo, he de admitir que un alma como la mía es propensa a perturbarse con esta clase de cosas. Pero, a pesar de esto, no tienes nada de qué preocuparte. Te puedo asegurar que hasta la más mínima partícula de tu ser fue tratada de la misma manera con que se trataría un ídolo religioso.


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La navaja se deslizó por tu cuerpo con la suavidad de un pincel en el lienzo. A las dos horas de haber comenzado, delgadas líneas rojas marcaban los puntos de corte. Me aseguré de que cada uno resaltara toda tu perfección hasta el más mínimo rasgo. Te veías como el boceto a lápiz de una futura obra maestra. Luego de contemplar la escena unos minutos empecé con el trabajo duro.


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Lo primero que busqué fue aquello que ya era mío por derecho (¿qué puedo hacer?, sabes que soy un romántico empedernido). Usé el cuchillo eléctrico y atravesé con cuidado el esternón. Te prometo que tu piel a duras penas sufrió daños. Al cabo de unos minutos llegué al corazón, abrí la abertura tanto como pude y lo saqué con mis propias manos. Es tan pequeño, tan hermoso, incluso ahora que sé que debería estar poniendo atención a mi temblorosa caligrafía no puedo dejar de mirarlo mientras flota en el frasco que he puesto en la mesa del comedor como mi acompañante. No podía creer que esa pequeña bolita de carne era la que aceleraba sus latidos en cuanto me veía entrar por la puerta en las mañanas. Recordé las veces que, mientras nos amábamos frenéticamente durante horas, me recostaba en tu pecho solo para oírlo latir con la fuerza del tambor de una banda marcial. Lo dejé un momento en la abertura, introduje mi cara entre la carne y puse mi mano en los pétalos de tu intimidad con la absurda esperanza de que un milagro me permitiera escuchar ese sonido una última vez. No tengo idea de cuánto tiempo estuve sumergido en las profundidades de tu pecho, pero, aun cuando mi mano se introdujo salvajemente en las puertas de tu humanidad, hasta el punto de casi sentir tus entrañas, tristemente no emitió ni el más leve sonido.


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Tontamente decepcionado, decidí continuar con lo demás. Las pequeñas montañitas de azúcar que solían ser tus senos se desprendieron con sorprendente facilidad. Su suavidad era tal que no pude evitar masticarlos un poco antes de continuar. Pero no te preocupes, te prometo que mantuvieron su forma a la perfección hasta el momento de añadirlos a la olla. Lastimosamente no puedo decir lo mismo de tus piernas. Al parecer no solo tenían la blancura y elegancia del mármol, sino también su resistencia. Si las hubiera cortado por la altura de las rodillas, donde los huesos se rompieron el día que nos conocimos, hubiera sido más fácil. Pero estoy seguro de que concordarías conmigo en que separarlas en dos partes sería el equivalente a destruir una estatua clásica. Los cortes de la segueta no fueron limpios, pero espero que te sirva de consuelo que la mayor parte de tus muslos seguían en buen estado para cuando los aseguré en los espiedos. Sé lo que debes estar pensando, y te diré de antemano que no tienes nada que temer, tu cara fue la parte que más perfectamente se separó de lo demás. Tus dulces labios, aún pintados con el labial rojo que te compré, mantuvieron su forma tras el paso de la navaja. Y por si te lo preguntas, sí, todavía se sienten deliciosos alrededor de la cabeza. Tal vez los deje ahí hasta que sea tiempo de conservarlos. Tus mejillas se desprendieron con la facilidad con que lo habría hecho una tajada de jamón y tengo que felicitarte por su sabor, la derecha se deshizo en mi boca con la misma textura de un corte de pescado crudo.


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Las horas pasaron y, para cuando terminé todo el procedimiento, he de admitir que las partes sobrantes me causaron cierta repugnancia. El cráneo desnudo mantenía una sonrisa de extremo a extremo que me pareció una ofensa contra el recuerdo de la dulzura de tu cara; lo que quedaba de tu torso eran pedazos de carne y músculo apenas sujetos a lo que quedaba de tus costillas y a la columna rota, que te había mantenido conmigo, cierto, pero cuya desagradable e imperfecta apariencia, acompañada del desorden del resto de tus órganos en el suelo, ahora solo servía para entrar en conflicto con la romántica imagen de muñeca rota con la que siempre te había identificado. Una realidad cruda que me negué a aceptar. Salí del cuarto y me dediqué a hacer los preparativos para la cena. Todo tenía que salir perfecto así que dejé cocinando los ingredientes a fuego lento. Tomaría bastante tiempo así que decidí matar varias horas dándome una ducha, cuidando las flores del exterior de la cabaña y continuando el libro que había en tu bolso. Con razón no sentiste mi auto aproximarse, es una gran obra y tus apuntes a lo largo de los bordes denotan que te estaba gustando. De repente, un zumbido en dirección a nuestro viejo cuarto rompió mi concentración, creí que había cerrado la puerta con llave.


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El cuarto estaba sumido en la penumbra, como si hubiera cerrado las cortinas en pleno día, y un murmuro colectivo llenaba la habitación. Una pantalla de moscas cubría los vidrios de las ventanas, evitando que pasara hasta el más mínimo rayo de luz. Tuve que utilizar la linterna de mi teléfono para ver la escena que se desarrollaba en el suelo de la habitación. El movimiento que se llevaba a cabo en tus restos hacía parecer que habías vuelto milagrosamente a la vida: un sinnúmero de moscas revoloteaban y se posaban en los finos trozos de músculo que aún quedaban entre tus huesos; gusanos se arrastraban por entre tus órganos desparramados, atiborrándose de la suave carne que yo había determinado indigna de mi atención y un grupo de pequeños insectillos negros que no supe identificar se deslizaban lentamente entre los charcos de sangre del piso. No pude hacer otra cosa que ponerme a llorar. Era lo más hermoso que había visto en mi vida.


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Habías resucitado solo para mí. Te habías convertido en la cuna de miles de pequeñas almas solo para volver a brindarme las suaves caricias que nunca habías podido darme en vida. Cuando por las noches, completamente inmóvil, me dabas la bienvenida en tu templo a la belleza, siendo yo solo un pobre ser que quería entrar a adorarlo. Tú, en completo silencio, a veces con lágrimas en los ojos por tu incapacidad de devolverme las caricias que te daba, de devolver los besos que dejaba en tu boca, de abrazarme y entregarte a mí, en vez de tener que yacer en una cama recibiendo mis obsequios sin ofrecer nada a cambio. No puedo imaginar lo mucho que esto lastimaba tu conciencia como para volver a la vida de esta forma. Me quité la bata con la que había salido del baño y me recosté a tu lado. Los gusanos habían empezado a disfrutar las partes que yo, como un tonto, había despreciado. Pero ahora era el momento de remendar mi equivocación.


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Retozamos durante horas en la oscuridad. Me cubriste en besos, cosquillas, sangre, roces, caricias, mordiscos, sudor, salpicaduras, crujidos, chillidos, lágrimas, mimos, aplastamientos y resbalones como si hubieras sido una fuerza omnipresente. Estaba en un cielo privado, un cielo nocturno formado de ti, tú fuiste mi cielo por una última vez, una maravillosa última vez. Pues para cuando acabamos y me encontraba en la necesidad de tomar una nueva ducha, tú ya habías desaparecido. Te esparcías por todo el cuarto en un rojo oscuro, lleno de puntos negros y manchones amarillos, tu cráneo, ahora sin la mandíbula burlona, se había convertido en poco más que un adorno, un recuerdo de lo que en esta habitación había sucedido. Pues tu omnipresencia se había transformado para ascender y convertirse en un delicioso aroma que flotaba por toda la casa, brotando desde la cocina.


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Ahora, completamente limpio, perfectamente vestido, terriblemente hambriento y profundamente agradecido; te termino de escribir esta carta. Los aromas que desprendes desde las variadas ollas y platos me hacen agua la boca. Es momento de la despedida, el último éxtasis se acerca con el primer plato y la sopa me ve, deliciosa desde su plato con tus hermosos ojos verdes. Para cuando termine, también serán  míos.

Fin.




*(Bogotá, Colombia)

Loco de bajo perfil.
Amante del teatro, los buenos licores, los trajes a medida,
los objetos cortopunzantes y la pólvora en todas sus formas.
Tiene tantas historias que no puede evitar que se contradigan,
pero lo más posible es que, al menos, la mitad las haya escrito
y actuado tan bien que se las haya terminado creyendo.

Director del área de Creación de Sinestesia.


1 comentario

Emerson · 21 mayo, 2019 a las 9:42 am

Brutal y salvajemente erótico, desde la monstruosidad retorcida del dueño de la pluma.

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