Nada, todo
Karem López Moreno*



——–14 de abril. Hace día y medio llueve sin parar, los vidrios de los ventanales de mi cuarto se resquebrajan y crujen; anoche, anoche caían rayos por todas partes y el cielo parecía que pendiese de un hilo. Estoy parada en medio del mismo callejón que cruzo todos los días para ir a la universidad, al parecer aún es de noche o es una noche nueva, no lo sé. Ahora no llueve; sin embargo, el ambiente que se respira en la cuidad es demasiado seco. Hay papeles saliendo del suelo todo el tiempo, sopla un viento grumoso, pesado; las construcciones parecen desgastadas y descuidadas; los antejardines de las casas están cubiertos por la maleza, ya no los adornan lindos lirios ni tulipanes; de los ventanales de aquellos edificios quedan ya muy pocos y están totalmente cubiertos de periódicos; la última vez que salí de casa no se encontraban de esta manera, nunca nada había estado como ahora. Camino, no hay nadie, es tan extraño; al lograr cruzar la calle, estoy algo aturdida y también mareada, todo me parece ajeno; escucho una voz que no sé de dónde proviene, pero es ella; sí, lo sé, odio creer en mis certezas, mi primer instinto ha sido seguirla, su voz dice mi nombre; mi cabeza parece colapsar.


——–De nuevo mi cuerpo y mente ocupan un espacio al que no recuerdo haber llegado por mis propios medios. He despertado, hay poca luz y unas manos blancas y suaves me dan de beber algo dulce que brota de alguna parte del cuerpo de quien sostiene mi cabeza. Tengo entonces la sensación de ser amamantada por una madre de la cual no puedo vislumbrar su rostro.


——–Por fin puedo abrir mis ojos por completo, pude verla, es ella, aquí está, es como una alucinación. Hay una amplia y seductora sonrisa dibujada en su rostro, su ensortijado cabello ya no es azabache oscuro, ahora lo cubre un color rojizo, pero sus ojos, esos, siguen poseídos por dos hermosas lunas. Estoy desconcertada, observo todo con una interminable desesperación; grandes discos de acetato decoran la habitación y la luz que nos alumbraba es cada vez más tenue. Estoy cansada, todas las bombillas titilan como si también fuesen a explotar. Nos miramos «¿Cómo llegué hasta aquí? ¿Cómo estás tú aquí?». «Yo te traje», esas fueron sus palabras, «permanecías abandonada en mitad de la nada, pero, a decir verdad, yo tampoco sé cómo llegaste a este lugar, si es lo que preguntas». He querido mirar por la ventana tratando de encontrar una respuesta, pero estas, sus ventanas, también están cubiertas por periódicos; uno de estos está fechado del día 21 de abril de este mismo año; no comprendo nada, parece demasiado viejo dada su apariencia amarillenta y desgastada. La miré, su ropa, su apariencia es tan diferente a la de la última vez, hace quince años, aun cuando es el mismo vestido color rojo que llevaba la noche de la presentación en el teatro, lleno de pintura, completamente roto; sus zapatillas están sucias, sus mejillas un poco rosadas y pecosas, no tiene maquillaje alguno y parece lucir con orgullo las arrugas que se le forman en el rostro; sus ademanes son los mismos, esos que siempre me han encantado en ella. Volví al sofá, está sentada a mi lado y me abraza.


——–El aroma a un rico café me ha despertado, pero es solo mi imaginación. No sé durante cuánto tiempo he estado allí, cuánto he dormido, pero del otro lado del cuarto está ella, envuelta en un camisón con los cabellos sueltos y alborotados, cantando como una diosa. Su melodía me atrapa como a Ulises las sirenas, la vitrola suena sola. Hubiese preferido que no se girara y seguir observando su espalda, su trasero y sus hermosas piernas a través del camisón, pero ahora me mira. Yo no puedo separar mis ojos del pequeño pedazo de piel rosada y sobresaliente que compone uno de sus pezones y que se escapa, insulsa y rebelde, del trozo de ropa que cubre su cuerpo. Es Ana. Por mi cabeza dan vueltas miles de preguntas, pero la que más me acosa es ¿cómo es posible que estemos juntas, que pueda verla así?


——–Ni en mis más locas fantasías la imaginé como la veo en este instante. ¿Dónde han ido todos y todo? En mi compañera hay un aire diferente, una oscuridad, un misterio que la arropa por completo y me atrae como un imán.


——–He perdido la noción del tiempo, algunas veces todo parece haberse detenido desde hace mucho y otras simplemente todo sucede en fracción de segundos. Estoy en lo que parece ser una ducha, las paredes tienen musgo y la bañera está sucia. Todo es demasiado hostil. Abro el grifo para probar el agua, es demasiado fría. Comienzo a desnudarme, meto un pie a la bañera, mis pezones se endurecen al sentir cómo el agua recorre mi cuerpo; pienso, como muchas otras veces en la soledad de mi cuarto mientras mis manos bajan hasta mi vagina y mis dedos masajean mi clítoris, lo delicioso que se sentiría si fueran sus manos y no las mías. ¡Ojalá viniera aquí conmigo! El ruido del agua me impide escuchar el giro de la manija y el abrir de la puerta; toca mi espalda completamente desnuda ¿ha podido leer mi mente? Me paralizo por un instante. Comienza a pasar algo con una textura parecida a la de un jabón por toda mi espalda mientras besa mi cuello, me frota, me acaricia; lo deja caer y choca con el agua, todos mis sentidos parecen disparados y siento cada cosa con la intensidad de mil revoluciones. Envueltas en la espuma, busca con sus dedos entrelazar los míos. «¡Te he estado esperando durante mucho tiempo!», esa frase hace eco en mis oídos. Tengo frío y tiemblo, ella me cubre con una tela y nos dirigimos a un salón. Puedo leer en sus ojos el miedo por ser descubierta por algo o alguien que yo desconozco. Humedece sus labios secos y tarjados con las gotas de agua que como rocío han quedado prendidas de mi piel; me arroja al suelo sucio, frío y duro, abre mis piernas y comienza a alimentarse con mis jugos sirviéndose de su lengua, me extasía. De pronto estoy atada de ambos pies y gira mi cuerpo de golpe, siento su cuerpo sobre el mío mientras hala mi cabello, clava todos sus dientes en mi espalda, sus dedos buscan lo que existe más allá de mi sexo; me gira de nuevo tan bruscamente como antes y se posa bajo mis labios, pegadas de los labios, siamesas nos entregamos, locas, con tanta hambre de la otra, casi como mendigos. Me somete a todos sus antojos y caprichos, hasta las delicadas velas la obedecen; cabalga sobre mí, es una potra salvaje sin falo, excava en las profundidades de mi ser de la forma en que su pequeño cuerpo mejor se lo permite. Nuestras oscuridades por fin se encuentran esta mañana mientras un sol que desconocemos se ha posado sobre oriente.


——–Bajamos la escalinata hasta la calle, caminamos tomadas de la mano. Todo sigue solo, es de noche. Comienza por decirme que ellos habitan en todas partes, que pueden vernos y escucharnos en cualquier lugar, controlan todo aquí «¿Quiénes?», Ana toma esto con demasiada seriedad, como todo en su vida o no puedo dejar de ver sus labios gruesos pintados de rosa, mi decidida y arriesgada compañera me calla con un beso antes de que pudiera pronunciar palabra, esos labios cuyo sabor no alcanzo a explicar, apenas lo creo; nos besamos. Hasta hace unas horas hemos tenido orgasmos simultáneos una y otra vez. De regreso a su casa nos sentamos en el salón. Frente al sofá hay una enorme caneca, hay velas por todo el lugar; bebemos cerveza y permanecemos en silencio por largo tiempo. Me acerco a su oído para susurrarle un poema, la beso suavemente como solo sé besar a mi musa. Le quito delicada y lentamente la ropa que cubre su cuerpo, es blanco, puro, con un olor a lavanda; en su espalda tiene tatuada una galaxia y sus muslos están cubiertos por unas cicatrices que adorno con los dibujos que mis uñas trazan en su piel. La muerdo y pellizco, pintando pequeños moretones en sus senos hasta dejarlos rojos y adoloridos; no puedo describir cuánto placer encuentra en ello. Hacer el amor con ella es lo más primitivo de mi vida: cubrir sus ojos, quemarla con las velas, introducir mi lengua en lo profundo de su vulva; mis dedos masajean su clítoris, logran ponerlo duro y rojo, que de pequeños saltos como si quisiera salirse de su sitio y que entonces se deje derramar en mi boca.


——–Nunca deja de ser de noche y la he hecho mía. Todo ha empezado a caerse, los discos, los cuadros, pronto todo se vuelve inestable. «¡Lo saben!». «¿Quiénes?». «Aquí también hemos roto el equilibrio», dice Ana. De la nada hemos llegado a la calle, al mirar alrededor no hay edificios, es como si la tierra se hubiera tragado una calle entera. «¡Ya lo saben, tenemos que huir!». Toma mi mano, caminamos sin rumbo, encontramos un camino que parece dirigirse a una montaña; miramos atrás y nada de lo que habíamos dejado existía, se desvanecía poco a poco. Cruzamos la alambrada; sucias, rotas, desgastadas, yo más que ella. Hay sangre por todos lados y un dolor infinito me invade desde adentro; paramos en la mitad de lo que parece no tener forma. «Estás confundida, lo sé». Desde que me encontré parada en la mitad de la cuidad hasta que desperté en el sofá de esa habitación, no logro comprender nada. Se acerca y me besa en la frente, ciertamente cuando hace estas cosas me siento protegida, el miedo a esa no sé qué cosa se desvanece con cada palabra, con cada beso, con cada caricia suya; entonces, sale de ella una materia extraña, comenzó a esparcir aquello por las heridas de mi cuerpo con ternura y amor. Pude distinguir un olor amargo, pero me curó; me toma la cara, me mira a los ojos. «Tú y yo lo compartimos, ellos lo dictaminaron». Ella también se desvanece; suena la alarma: 1:00 pm y la voz de la radio anuncia que hoy es 16 de septiembre del 2034. En la mesa hay un papel que dice: «clase a las 3. Ana».




*(Armenia, Colombia)
Estudiante de la Licenciatura en Literatura y Lengua Castellana
de la Universidad del Quindío.

Categorías: Voz y verbo

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