Ni el Deseo ni la Pasión firmarán el divorcio 
Ignacio Cantillo Saade*



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Es difícil de creer y entender que en pleno siglo XXI aún existan mentes tan cerradas, culturas absolutamente conservadoras, sociedades sesgadas y autocensuradas que repelen, cual tabú, un elemento tan fundamental de la conducta del ser humano: la sexualidad. Fundamentado en el más primitivo y natural instinto se encuentra el deseo sexual, la irrevocable necesidad del contacto físico y reproductivo evolucionado y traducido en sentimientos convertidos en acciones contundentes, en gritos ahogados de éxtasis, en sutiles gestos imperceptibles que juegan un rol preponderante en aquel proceso mental donde habita la soledad, es decir, arraigado en nuestro cerebro.


——–La sexualidad es un amplio marco que contiene las más insospechadas conductas del ser, desde las más íntimas y nobles pasiones hasta los más fríos, mecánicos y estructurados movimientos; desde las más tradicionales hasta las más rebuscadas formas de despertar los apetitos; desde las más superficiales expresiones del ardor hasta los más inentendibles e inescrutables arranques espirituales. En la sexualidad convergen los más profundos sentimientos, las más puras demencias, los más putrefactos pensamientos, los más auténticos deseos…; muestras del más delicado erotismo y del más sexo feroz. Y con el peso de la historia humana, de toda las prosas y versos escritos, de todas las canciones dedicadas, de todas las miradas furtivas, de todas las sonrisas y todas las lágrimas, con el peso de toda la antropología y todo el raciocinio pregunto: ¡¿Quién carajos se atrevió a separar la sexualidad del erotismo?! Factores indivisibles y pertenecientes al mismo elemento innato que ha mantenido a las especies del mundo desde que la vida es vida.


——–Desde que el sexo es regulado por terceros, generalmente ajenos a tal interacción, bajo retorcidos y estáticos conceptos basados en íntimas inseguridades y en la necesidad de ostentar un poder, la separación del erotismo y la sexualidad fue inevitable. Las religiones —evidenciando lo anterior— han cuestionado y señalado, desde milenios atrás, como inmorales los actos sexuales “frívolos” que no sean con fines reproductivos; han condenado a la mujer por su “impuro”, natural y “manipulador” erotismo y al hombre, por su animal e irracional conducta; no solo condenaron a la tentación, a la que “tentaba” y al “tentado”, sino que les asignaron aparentes roles inamovibles impidiéndoles la libre expresión de sus cuerpos, sus mentes y sus espíritus: erotismo y sexo, la femenina y el masculino, la fuerza o brutalidad y la paciencia o debilidad, feminidad y virilidad, mujer y hombre, eros y logos. ¡Todo bajo la inmaculada certeza de una sensata moralidad! Sin embargo, todo aquello yace reunido junto y casi revuelto en el inescrutable lenguaje que usa el alma, que la mente escucha y el cuerpo comunica.


——–Después de esta turbulenta lógica, encontramos a Eros: un dios primordial que, al igual que sus pares, habitaba desde los inicios del mundo, según la mitología griega, y personificaba el sexo, el amor y la atracción. Así mismo, esa misma voz, Eros [en griego ἔρως (érōs)], en su origen designaba al deseo sexual y a la pasión del amor. Deseo y pasión, sexo y amor unidos como parte de un solo elemento, juntos desde su inicio y separados por el pudor de los mortales sin capacidad de raciocinio y aceptación. No obstante, aunque cada término o cada expresión pareciese determinar un aspecto específico dentro de la conducta socio-sexual, y por ende han sido divididos conscientemente, realmente están inmersas en una amalgama cuyas delimitaciones son indefinidas, confusas y eternamente subjetivas, lo cual no nos permite saber con exactitud en dónde estamos parados —considerando, personalmente, que no puede haber una sin la otra ni otra sin la una—. Pero el ser humano se ha empeñado, no solo en la restricción irracional y moral, sino en la negación estricta de dichas conductas como asuntos ajenos a la naturaleza humana, que han de ser castigadas, sesgadas, reprimidas e incluso reprogramadas.


——–Actualmente, pese a ciertas luchas culturales y sociales en algunas regiones, globalmente aún venimos adaptando aquella infortunada división conservadora de estas expresiones para juzgarlas bajo distintos ángulos: por un lado está el sexo: puro, directo, explícito, el cual es juzgado fuertemente con gestos escandalosos heredados de los puritanos del siglo XVI, bajo una moral embelesada en su propia lógica retrógrada, relegado al mero desfogue de la calentura instintiva, como si el sexo no fuera parte fundamental de la biología humana, a tal punto, de llamar “vergüenzas” a los órganos sexuales y censurar toda expresión libre relacionada a los sexos y al sexo, afectando de sobremanera a la mujer (como exhibir su pechos, tan natural como el del hombre, como algo prohibido, incitante o pecaminoso…; y, por otro lado, el erotismo: con su extrema necesidad de omitir lo obvio y su retorcida visión del “buen gusto”.


——–Desde tiempos remotos, ciertos sectores sociales han prohibido lo relacionado al sexo explícito y aceptado una erótica restringida. En el arte podemos ver un sinnúmero de elementos que lo evidencian: El juicio final de Miguel Ángel (1565), en la misma Capilla Sixtina, fue considerado impío y censurado debido a la desnudez de la mayoría de las figuras; el papa Pío V mandó al artista Daniele da Volterra a cubrir los genitales de los cuerpos desnudos con velos y prendas y solo a finales del siglo XX fueron removidas algunas dejando ver la pieza original. Lo mismo ocurrió con las pinturas en la capilla Brancacci, en Florencia, donde Masolino da Panicale y Masaccio retrataron a Adán y a Eva desnudos (1425), sus genitales fueron cubiertos luego con ramas y hojas, también eliminadas después. El índice de libros prohibidos del Vaticano (Index Librorum Prohibitorum) reunió por más de cuatro siglos una larga lista de autores prohibidos y censurados (de diferentes épocas) por la fe católica, textos que están relacionados con el conocimiento y el libre pensamiento y especialmente aquellos lascivos que evidencian la conducta sexual y erótica: el Marqués de Sade con Justine (1791) y Juliette (1797) pasó por tal prohibición, al mismo tiempo que Giacomo Casanova con su Memorias (1825) y Gustave Flaubert con su reconocida Madame Bovary (1857); solo hasta 1966 el índice fue abolido por el papa Pablo VI. Por allá en el siglo V a. e. c. (antes de la era común), la antigua Grecia estaba repleta de estatuas de hombres musculosos y mujeres hermosas consagrando su desnudez a lo divino sin caer en una moral perversa, pero llegó el implacable cristianismo con sus látigos de censura e impuso una tradición que nace en la misma Biblia: «entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos» narra el Génesis cuando Adán y Eva comen del fruto prohibido, y luego optan por tomar un par de hojas de parra y cubren sus “vergüenzas”; mucho no tardó esa modalidad en imponerse en el arte y especialmente en la escultura, pues en la catedral de Notre Dame, en París, tallaron a los mismos Adán y Eva en el paraíso con sus benditas hojas de parra tapando sus genitales (siglo XIII); a inicios del siglo XVI, el gigante David (1501-04) de Miguel Ángel fue apedreado por la multitud en Florencia al verlo totalmente desnudo cuando lo trasladaban; «virtualmente todos los David hechos antes, durante o después de Miguel Ángel estaban vestidos», afirma el profesor en Historia del Arte Jonathan Nelson. Pese a la controversial obra de Miguel Ángel, la mayoría de las esculturas de la Edad Media e incluso del Renacimiento tienen una hoja de parra o algún otro elemento censurando la naturaleza del ser y cohibiendo la sexualidad. Esta tendencia realmente surge en la cultura occidental debido a la propagación de religiones, con sus libros sagrados, que condenan una gran cantidad de ritos o prácticas relativas al sexo, como es el caso del judaísmo y el cristianismo con sus respectivos libros sagrados. Cabe recordar que todo artista (en cualquiera de las artes), en ese periodo, que se atreviera a expresar libremente la sexualidad sería brutalmente perseguido por estos entes reguladores de la moral: tantos autores vetados, tantas obras destruidas, tantas personas perseguidas, encarceladas, torturadas y asesinadas para salvaguardar una doble moral estúpida; sin embargo, hoy tenemos a un sinfín de sacerdotes, obispos y toda clase de clérigos siendo acusados por violaciones a menores… Así que, ¡¿en dónde, cómo y cuándo carajos aplican su propia moral?!


——–La historia está plagada de actos que cohíben y suprimen con extremo pudor, aludiendo a la “decencia”, a aquellos que se atrevieron a entender la sexualidad como un gran aspecto que unifica en gran medida la complejidad del ser humano, sus cuerpos, sus pensamientos y sus acciones movidas por el instinto o la razón. Este sesgo histórico nos llega hasta la contemporaneidad y se sigue reafirmando (ora sutil, ora fuertemente) en las mentes de muchos, pese a la constante aparición de otras voces que intentan destruir esos pilares de tal “integridad”.


——–La pornografía, aunque totalmente explícita, ha hecho crecer, aún más, esa brecha, creando estereotipos de lado y lado, estandarizando de alguna manera las diferentes muestras de lo que es el deseo y la pasión en general, mostrando al sexo como una mera actividad genital, dejando por fuera todo aquello que también va de la mano de esta. ¿Dónde dejó el buen beso?, ¿dónde, la mirada profunda?, ¿dónde, la caricia detenida sobre piel que se eriza?, ¿dónde, la sonrisa complaciente y el gemido culpable?, ¿dónde, el gesto lascivo bañado de placer y deseo? y ¿dónde, la pasión entrepernada con la sensualidad y el deseo de un muy buen polvo? ¡¿Dónde quedó todo esto?! Pareciese que esta industria relega estos aspectos solo para el soft-porn, ligero, y aun así inaceptable para observar por ciertos públicos.


——–Y las sociedades replican estas escenas y buscan alcanzar tales estereotipos. La verga más grande, la concha más aguantadora, el polvo más largo, las tetas y los culos más operados y más anormales, la boca más tragona, los gritos más orgásmicos y los orgasmos más lechosos. Y la gente replica estas conductas que solo separan cada vez más lo erótico de lo sexual a través de las redes y aplicaciones que facilitan la obtención del desahogue carnal, olvidando la magia de la conquista, el movimiento lento en el baile, la mirada furtiva y avergonzada, la persecución, la caza, la cómplice sonrisa, el íntimo temor a la negativa, la mordida de labios incontrolable, la daga o las mariposas en el estómago. Olvidan que todos fueron mecanismos primitivos de la sexualidad, que muchos animales también los tienen a su manera; olvidan que fueron rituales consagrados en el seno más intrínseco y popular de la espiritualidad de numerosos pueblos antiguos, cuando ejercían aún el raciocinio, antes de que cayera la prohibición de la prostituida moral de occidente fundada en medio del desierto, cuando el complejo entendimiento de la sexualidad era un aspecto totalmente cardinal para la humanidad.


——–Ahora se busca especializar a cada una en ámbitos totalmente divisibles y no interconectados, cuando es claro que el sexo no es únicamente la penetración dolorosa y la embestida animal que toman protagonismo en los, cada vez más abundantes, videos caseros; no es solo la ráfaga de calor egocéntrico derramándose por las venas; no es la autosatisfacción de una “masturbación” con ayuda de otro cuerpo y el olvido del placer de esa compañía; no es únicamente la unión de genitales, pechos y culos. En realidad, el sexo es algo mucho más amplio y más profundo que aquellos gestos superficiales. El sexo puede abarcar toda nuestra vida de las formas más inimaginables posibles.


——–El ser desde que nace ya es sexualizado. La psicología aporta datos que así lo demuestran, incluso desde la más tierna infancia. Un bebé ya tiene erecciones dentro del útero y es normal que puedan tener erecciones al succionar la leche de los senos de su madre debido al placer que siente al alimentarse. La curiosidad y los reflejos sexuales se avivan a medida que crecemos: las niñas inspeccionan y juegan con sus vaginas y los niños, con sus penes; la masturbación en los infantes es algo normal (aunque tratado como tabú en la sociedad adulta), guiados por el instinto. En la niñez y la adolescencia dicha curiosidad incrementa y es común observar y comparar las diferencias físicas entre unos y otros; normales son los juegos inocentes relativos a los genitales tanto en hombres como en mujeres. Luego, la explosión del erotismo la preside, la chispa se inicia y no se puede detener nunca más. Los primeros roces que erizan la piel y las primeras miradas que hacen latir con gran fuerza al corazón. Las pasiones revolucionadas convierten cada mínimo acto en una estrategia, en un entretenimiento de la sexualidad; el erotismo converge en conductas sociales aprendidas que pueden variar de persona en persona, de región en región, de tiempo en tiempo, y pareciese ser que el erotismo se vuelve una herramienta más para jugar con la seducción, con la mente sexualizada, totalmente despierta y consciente; un juego que transforma pasiones en deseos y viceversa. Es un gran lenguaje complejo cuyo fin impera en su propia necesidad de comunicar.


——–Como una epifanía, afirmaba el escritor Oscar Wilde que todo en el mundo se trata sobre sexo, excepto el sexo que se trata de poder. De igual manera, muchas culturas consideran que la energía más poderosa es la sexual, que el acto más puro es el sexual, que el sexo es vida y la vida es sexo, y bajo estas consideraciones se han desarrollado filosofías que aún permanecen esparcidas y palpitantes en el mundo, incluso en cada uno de nosotros mismos aunque nuestra mente entrenada, por el prejuicio y un mal juicio, lo niegue. Lo lamentable es esa reticencia, esa insistente negación de la sexualidad en nuestras culturas y en nuestras vidas; esa exhortación a divorciar dos aspectos de un mismo elemento, donde ambos, indiscutiblemente, pertenecen a una sola expresión de la vida, de la naturalidad, del origen y del fin, de la humanidad. No en vano, en la década de los 20 del siglo XX, proveniente del viejo Imperio austríaco, el médico neurólogo Sigmund Freud se atrevió a reunir, nuevamente, al erotismo y a la sexualidad en una misma y original entidad, más humana que nunca: el Eros, una pulsión sexual que tiende a preservar la vida.


——–¿Quiénes somos nosotros para negarlas o para volver a dividirlas?




*(Bogotá, Colombia)
Un hombre idealista, que desea plasmar sus ideas
en largas líneas complejas y a veces inentendibles que incitan
a pensar, a dudar o que, al menos, buscan llamar la atención.
Publicista resignado, redactor, corrector, astrónomo aficionado
y estudiante de la maestría en Historia
en la Pontificia Universidad Javeriana.
«Todo es historia».


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