Letras pulsantesVoz y verbo

Castigo

Castigo

Juan Merchán (Miraflores, Boyacá 1988)

Pensé que había soñado. Fue solo el incesante dolor que en mi cabeza palpitaba endemoniado lo que me permitió unir la cadena lógica de los eventos.

F Fue entonces cuando me citaron a la audiencia de descargos en la dependencia del feudo.

Antes de la llegada del heraldo y del recado que traía para mí, me invadía el absurdo convencimiento de que la consecuencia de aquellos hechos pasaría por una penitencia de ayuno, unas cuantas disculpas dirigidas a su majestad y publicadas en el panfleto del feudo o, a lo sumo, unos cuantos latigazos en una de las ceremonias privadas de escarmiento que se hacen cada fin de mes. Además, la indisposición física del momento y la vergüenza que sentía a causa de los hechos acontecidos eran correctivos suficientes. Eso pensé.

No fue así. El recado me llegó cuando recién arribaba al manso. El heraldo me leyó el mensaje oficial con su voz protocolaria, sin mirarme a los ojos en ningún momento. Se me exigía presentarme en la audiencia de descargos de manera inmediata, pero el heraldo esperó a regañadientes mientras alistaba mi dotación personal y ensillaba de nuevo mi caballo. Cabalgamos con premura a través de los viñedos, cuyo penetrante olor a uva tinta azuzó el recuerdo de aquella noche y agudizó mi remordimiento. Llegados al castillo, me hizo seguirlo hasta una puerta de madera pequeña que yo no conocía, en el extremo oriental. Era un acceso estrecho, justo para una persona, y que mi mente juguetona asoció con el resquicio de la reina, la famosa salida oculta de su alteza, la que permite el mayor sigilo cuando ella visita a su amante en el valle. Accedimos enseguida a un patio amplio en donde vi arrumados en grandes estantes de cedro la mayor parte del botín que, desde el inicio de la guerra, habíamos robado con sangre y sudor a los galos, el botín que nosotros los miembros del ejército real creíamos vendido e invertido en el cultivo de otoño. Luego de atravesar un gran arco de herradura, un escozor tremendo recorrió mis piernas al reconocer, grabada en la madera de la puerta a donde nos dirigíamos, la inscripción celta que nuestro caballero izaba a manera de estandarte antes de ejercer las reprimendas cuando fallábamos en agilizar la ofensiva e incrementar el saqueo.

—Entra, el próximo te espera. —dijo el heraldo empujando la puerta.

Entré. Oscuridad.

Pensé que había soñado. Fue solo el incesante dolor que en mi cabeza palpitaba endemoniado lo que me permitió unir la cadena lógica de los eventos.

—Ante la corte real, el soldado Rosenthal.

El vasallo que dio el anuncio me sentó con brusquedad en esta dura silla del acusado donde ahora estoy. De uno de los sillones a mi derecha, el noble que funge de juez se incorpora.

—Nuja Rosenthal, es usted citado hoy ante esta venerable audiencia y ante su majestad dado el bochornoso acontecimiento ocurrido hace dos lunas, en los campos de Somme.
Repaso las miradas inquisitivas de todo el recinto buscando algún rostro afable que me de sosiego. La luz que entra a través del ajimez me impide seguir viendo las caras de los asistentes; es una luz que encona mi dolor de cabeza.

—Esto no tomará mucho, venerables nobles. Escuchen. El suceso aconteció durante el cuarto día de la batalla de Crécy. Los comandantes Rien Wolf y Patrick Asforth, del batallón número diez al mando de nuestro rey reportaron el estado penoso en el que encontraron al soldado Rosenthal al hacer el recuento matutino de soldados. De su boca emanaban demonios ebrios, sus ojos ardían como el fuego y sus vestimentas estaban roídas.

Con un gesto de desagrado, el noble arroja el pergamino sobre la mesa y toma en seguida otro. Intento intervenir para expresar mi versión de los hechos y ofrecer algo de detalle y matiz a la escena indecorosa que se acaba de narrar, y donde soy el paria por condenar. Un ademan desdeñoso que su majestad hace con la mano derecha me hace callar. El noble prosigue su andanada.

—Como lo deben ya imaginar, esto supone una grave afrenta contra la insignia real y es también una taimada forma de traición. Estamos luchando contra enemigos fortísimos y no podemos arriesgar la virtud y moral de los batallones con ejemplos vergonzosos como estos. Exijo un castigo sin parangón.

Mis ojos y los de todos los presentes se fijan en la cara magna de su majestad. Su largo atuendo rojo y blanco y el escudo real bordado en el pecho resplandece con fulgura gracias al sol de la tarde que penetra a través del ajimez de la pared a su derecha y que posa sus rayos en la ostentosa figura. Las manos del rey se mueven con desgano, su lengua recorre sus dientes y sus labios como saboreando el poder, sus ojos siempre mirando el suelo de su trono, vencidos por el tedio de estas disputas insignificantes.

Levanta su rostro de repente.

—Qué hable.

Es el momento de mi último recurso para evitar un castigo desconocido.

—En cierto sentido, es cierto lo que aquí se ha dicho. Hace tres lunas, yo había estado de juerga con unos aldeanos en un antro del caserío, juerga que se extendió hasta el alba. La noche se hizo larga y me abandonó Apolo. No tuve control de mis actos. Esto, sin embargo, no lo hice con la intención de injuriar el nombre de su majestad o de…

—¡Culpable!

Oscuridad.

Siento que el aire entra en mis pulmones, pero me habita un miedo incontenible. No quiero abrir los ojos.

Tan sólo quisiera volver a montar mi caballo, empuñar mi espada, combatir y vencer a los galos, escapar de este momento siniestro en el que mi alma y mi cuerpo se sienten arrastrados hacia la fría tabla del cadalso. Oigo ya ese chirrido abominable de la espada en la piedra de afilar, piedra que verá…

— ¡Oye! No te distraigas. ¿Estás bien? ¿Quieres un café de la máquina? Eso, incorpórate. Así está mejor. Esto no tomará mucho.

—Bueno. Te comentaba que dados los resultados de esa prueba de toxicología que hicieron tus coordinadores hace dos días nos vemos en la penosa obligación de cancelar tu contrato con la compañía. Es triste saber que te vas, pero sabemos que…
Esa voz se desvanece lentamente en mi cabeza dolorida para luego enmudecer. No debí abrir los ojos.

El autor

Juan Merchan

Juan Merchán​

Filólogo de la Universidad Nacional de Colombia,

Juan Merchán​

Filólogo de la Universidad Nacional de Colombia,

Saber más del autor

1 Comentario

  1. En este fragmento, la narrativa adopta un tono oscuro y misterioso mientras el soldado Rosenthal enfrenta las consecuencias de sus acciones en una audiencia ante la corte real. La atmósfera opresiva y la intriga se entrelazan, destacando la maestría estilística al describir el ambiente sombrío y la angustia palpable del protagonista. Esta estética literaria refleja la habilidad del autor para explorar las complejidades y las sombras de la experiencia humana, evocando la inconfundible influencia de Roberto Bolaño.

Déjanos tu comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Información básica sobre protección de datos: El responsable del proceso es Revista Sinestesia. Tus datos serán tratados para gestionar y moderar tus comentarios. La legitimación del tratamiento es por consentimiento del interesado. Tus datos serán tratados por Automattic Inc., EEUU para filtrar el spam. Tienes derecho a acceder, rectificar y cancelar los datos, así como otros derechos, como se explica en la política de privacidad.

Mastodon
Sinestesia 17 Sinestesia 16 Sinestesia 15 Sinestesia 14 Sinestesia 13