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Un hogar en la sonrisa de Rachel McAdams

Un hogar en la sonrisa de Rachel McAdams

Jorge Alejandro Llanos Rojas (Bogotá)

Un recorrido por la realidad hecha entretenimiento, realidad acelerada y volatil, que nos bombardea incesablemente desde las pantallas.

 

L La aurora nos absorbe, nos rodea, nos sorprende de inusitada forma en la manera enferma en que las cosas envejecen al tocar el día, mismo día cada día, pero de sol latente y esquivo, pretérito perfecto de nuestras propias mentiras, en un mundo que nos ve a través de la pantalla. Puede que la televisión esté muriendo lentamente, es un hecho y es real, pero la pantalla muta —al igual que nosotros— y nos vemos reflejados en los rostros de otros cuerpos, los rostros ajenos que no mutan con la pantalla, sino en el interior de su vientre y en sus fluidos de colores, hasta calar en el pensamiento con alguna forma perdida en el tiempo, símbolo de una emoción o sentimiento que hemos extraviado en el camino.

Es ingenuo pensar que estamos desligados de aquellas visiones, porque las mismas nos componen desde los ojos hasta la médula. Si era preciso, hace algún tiempo, decir que hombres y mujeres estaban hechos de historias —y de células que mueren con cada segundo—, se hace fundamental ahora, en este siglo y con estos problemas, hablar de hombres y mujeres constituidos por fragmentos de pantallas, espejismos de historias creadas por grupos de empresarios, súcubos artísticos al servicio del capital de turno, que nos inyectan en los ojos las ideas que queremos replicar bajo el consumo, es decir, lo que entendemos por belleza en una revista de actualidad, o las coincidencias con nuestra vida que podamos inventarnos al leer en un pasquín de chismes las intimidades de aquellos llamados celebridades o famosos.

No obstante, celebramos que quizá, de pronto en ese caldo de accionistas y dinero, se cuelen las ideas de personas sensibles y reales, carne del hueso y sangre del fluido, que comparten junto a nosotros la condescendiente mortalidad que por biología se nos brinda. No podemos desligarnos del sentido del hambre, del tacto de los pies puestos —dentro de las botas— en nuestra propia contienda, pero se hace necesario inhalar de esas pantallas el permitido descanso que nos brinda ser ilusos ante las mentiras, creer con determinación en la imagen que nos brindan las falsas mallas que cubren las piernas de nuestra locura colectiva, elevando nuestro deseo de continuar existiendo al combinar nuestros desaires y arrebatos con los que aparecen en las películas.

Junto a Rachel McAdams sonreímos un día, al ver una estupidez convertida en historia, inundados —como estamos— de la cultura visual gringa, donde encontrábamos una adolescente genérica que cambiaba cuerpo con un bandido. En Este cuerpo no es mío (2002) la banalidad nos hizo gracia, al encontrar una mujer con una personalidad superficial y exasperante. Nunca importó, de todas formas, porque surgían las mismas cursilerías de siempre; el amor, la amistad, la búsqueda de la empatía, temas teñidos de blanco y en sociedades primermundistas, que sin quererlo nos asquea y a la vez nos conmueve hasta llevarnos al llanto.

Con Chicas pesadas (2004) todo fue directo al asco, resaltando con una hiperrealidad robada a la plástica, las visiones claras de una sociedad en tránsito, y fue para nosotros el futuro en aquellos momentos —la tecnología no era, al menos para nuestra clase media-baja— tan acelerada, nuestros colegios y bachilleratos no eran tan limpios, no éramos tan rubios ni blancos ni nuestras vidas sexo-afectivas eran tan aceleradas. Todo era tan falso que nos excitaba, todo al punto de querer meternos en esa simulación prefabricada para quedarnos allí por un rato. No teníamos casilleros ni autobuses amarillos, ni esperábamos que las «buenas» del salón se fijaran en nosotros, pero odiábamos todo lo que cada una de ellas representaba, en especial Regina, porque sabíamos que en alguna parte de nuestro ser queríamos también ser eso, porque el odio se entiende únicamente desde la cobardía, de no poder ser algo y querer a toda costa destruirlo y sentirnos bien con nosotros mismos. En últimas, nos enamorábamos de una serie de escenas, de un montón de fragmentos y rostros rotos en la pantalla, sólo para huir del autodesprecio a nuestra propia representación en este mundo.

Adolescentes inundados de hormonas, encontramos en los rostros de personajes de ficción, que a fin de cuentas se vuelven uno en nosotros —un uno que no es el ser humano que los interpreta— la sensación de tranquilidad que puede hacernos reír o llorar con una secuencia de imágenes, sonidos y música, donde habita un poco de cada cosa, un poco de un algo que no logramos descifrar con vehemencia, y que debe salir de nosotros en forma de llanto, o en forma de sonrisa, al momento de leernos, entendernos y hacernos la idea de que vivimos junto a otros —que también sienten, duelen y entienden de formas distintas— en un mundo que forjamos con lo que sacamos de nuestra cabeza y ponemos andar a manera de interpretaciones, películas, escenas.

Si la sonrisa de Rachel pudiera ser más ancha, no creeríamos más en el amor romántico de las comedias gringas, porque sería algo tan obsceno —dentro de la exageración misma del amor romántico— que terminaríamos por despedazarnos en el primer intento de dar un beso o al sentir por primera vez la sensación de una mano unida con otra que no es nuestra. Y sabemos que es falso, ¡cómo no saberlo a esta altura!, que toda esa mierda es un relato que tejieron con una aguja perversa, pero cómo nos gusta sentirnos a gusto fuera de esta sensación de cárcel y cuerpo, que inventamos escenarios, o más bien los devoramos, de la forma en que nos parece mejor y a sabiendas de que la herida poco a poco se hará más grande.

La pantalla nos limita por sus cuatro lados, pero se expande también en su profundidad aparentemente plana, y si juntáramos varias pantallas para exhibir una imagen de forma mucho más amplia —como en centros comerciales donde aparecen varios televisores promocionando tiendas de ropa— encontraríamos el lienzo de las imágenes que nos componen y nos forman. Y en el vientre de esas pantallas, la imagen de Rachel sonriendo ante historias de amor falsas, presa del miedo ante una situación tensa, los ojos gachos frente a un percance que podría ocurrirle a cualquiera, o con la ternura de un sol que se vuelve ola, se vuelve mar, en los rayos amarillos de su cabello.

Aun siendo todo falso nos encanta, de la misma forma en que decidimos poner límites ante la fantasía, pero —de vez en cuando— los atravesamos en solitario, permitiéndonos soñar y sentirnos acompañados con esos fantasmas, no los que nos hieren desde la memoria y la ascendencia, no las máscaras de muertos que nos forman, herederos todos de nuestra propia historia, sino más bien aquellas figuras artificiales que pertenecen únicamente a las pantallas, que existen en la confluencia de la electricidad y los fluidos de colores, captados por la luz y por la cámara, lejos de sus interpretes originales —seres humanos aparte, con sus vidas propias y sus problemas—, en fin, aquellas representaciones fenotípicas de experiencias sensoriales.

Y Rachel atraviesa los movimientos con su propia ambigüedad, al representar lo que representa, al sentir el veneno de una sensación insatisfecha que nunca será remediada. Pero verla cantar en Festival de la canción de Eurovisión: la historia de Fire Saga (2020) pudo sanar una sensación que hasta ahora estábamos descubriendo —la pandemia— bajo el rol de una inocencia que se convierte en fuerza al momento de atravesar la pantalla, como una lanza, con la música. Y aun cuando sabemos que esa voz es falsa, falsa en el sentido de que no le pertenece a Rachel —como lo es toda esa visión a través de las aguas— no podemos dejar de expectorar todo aquello que nos abate y recurre a nuestros rincones para esconderse, haciéndonos olvidar la fragilidad de nuestra propia pantalla, de nuestro propio reflejo, que tiene caducidad y cambia todo el tiempo, terminando siempre por chocar con las pantallas que hemos incorporado adentro, muy adentro de nosotros, de lo que somos, lo que seremos, seducidos por la fractura de una continuidad que se expande en la medida en que los ojos buscan saciarse, pero con la complicidad que se maneja entre un espectador y una obra de arte.

 

 

El autor

narrativa

Jorge Alejandro Llanos

Periodista e historiador de arte

Jorge Alejandro Llanos

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