Punto gemidoVoz y verbo

El púgil

El púgil
Cristian Camilo Baquero*



——–Calzarse los guantes y subirse al ring para batirse a golpes era para él lo mismo que hacerse el café con dos de agua y una de leche. Le acomodaban las peleas cada sábado y hubo veces que al sentir el bolsillo apretado peleó dos veces en una semana. Tenía la mano pesada, como si sus huesos fueran de hormigón blanco, y asentaba guantazos que desbaratan cualquier defensa. Fueron pocos los contrincantes que le aguantaron más de un round. Al morir aún era joven, recién despuntaba los treinta y por esos días se le conocía, además de sus peleas, por su amor a la noche y la juerga. Se le veía solo en los bares, sentado muy cerca de los parlantes del equipo, con una botella de aguardiente dentro de una caneca de hielo en la que de cuando en vez metía su mano de argamasa. Le gustaban los boleros, los mascullaba despacito como si tuviera miedo de que se le refundiera algún verso. Nadie nunca le conoció familia, ni mujer. Cuentan que, poco antes de su muerte, Efraín se enamoró. Se lo llevaron para Cuba para una pelea de exhibición y regresó acompañado de un entrenador nuevo y de su hijo, un rubio macizo y de cara delicada que hacía las veces de utilero. Antes de cada pelea, se encerraban juntos en el baño para preparar todo para el combate. Le vendaba las manos, le colocaba con delicadeza de madre capitas de algodón entre los dedos, le masajeaba el cuello con aceite de enebro para mejorar la circulación y le despuntaba el bigote por si algún espectador quería tomarle una foto. Cuando todo acababa, el joven lo recibía como a un soldado luego de la guerra. Le quitaba las botas y los guantes, le limpiaba el sudor con infusiones de eucalipto y caléndula, le pasaba pepitas de alcanfor por los lugares del cuerpo donde había sido golpeado y luego le soplaba los pómulos y las cejas para que terminara de refrescarse. Desde que volvió de Cuba, Efraín se dejaba golpear más. No le quitaba la cara a los rectos ni le escondía el hígado a los ganchos de izquierda. Se dejaba magullar para que su utilero no reparara en los cuidados después de la pelea. Fingía que le dolían las costillas y los pectorales y, a veces, se tumbaba desnudo boca abajo acusando dolor en los muslos y en las nalgas. Encontró en esas manos gruesas pero endebles los placeres que no fue capaz de encontrar en los cuerpos de hombres y mujeres que quisieron complacerlo. Nunca intentó seducirlo, disfrutaba del contacto inocente y se embebía viendo cómo el joven se ocupaba de él. En las noches, luego del aguardiente y los boleros, se tiraba en la cama y se dejaba ir. La memoria de sus sentidos lo llevaba al delirio. Terminaba arropado de los pies a la cabeza, descubriendo el repudio que le generaba ese deseo y, fiel a su naturaleza de boxeador, se torturaba repasando uno a uno los motivos de su culpa.



*(Bogotá, Colombia)

Estudiante de Atropología

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