Agitación insolubleVoz y verbo

Entre acantilados

Entre acantilados

Misael Consuegra (Chiapas 1982)

Así es la vida, tan verdad como lo son los sueños, las alucinaciones y los deseos, que a veces hay que suprimirlos en una labor altruista para el corazón.

 

E Entre acantilados de irrealidades me aposté en la cumbre más alta de mi sueño, y frente a mí el majestuoso Sol, sí, un señor Sol redondo y rojizo me enfrentó. No me quedó más remedio que ocultarme detrás de los parpados para evitarlo. Recuerdo que, el cielo, añil reposaba imberbe en estopas blancas que continuamente se movían de manera lenta (en pesadez, en el andar de una tortuga milenaria). En el horizonte, la bruma espesa cuartaba el derecho de mirar el paisaje que estaba a dos kilómetros de cerrazón. Se asomaba una necesidad de ver, más bien fluía en todo el ser, miligramos de ansiedad que se hicieron sentir como toneladas de zozobras.

Tras un abrir y cerrar de ojos, busqué la manera de ubicarme y reconocer aquel lugar tan inimaginable, un ensueño que a cualquiera desconcertaría; me pellizque, jalé un manojo de cabello que ralamente poseo y ni así pude avivarme. Estaba anonadado de aquel escenario y quería tirarme de la punta de una piedra enorme que daba en lo más alto del mundo. Bajo mis pies yacía la humanidad y entre ella una bola de tontos, locos por la moda, la fiesta, la droga, el sexo, el capitalismo, el valemadrismo. Suponía que eso había bajo mis pies firmes en forma de garras de ave rapaz. Por un instante me había olvidado del glorioso entorno que me atrapaba e invitaba a nunca jamás despertar, era un encantamiento con perfecta dosificación de alucinación.

Intenté nuevamente tirarme al vacío cubierto por la fosca grisácea y esponjada. Mis pies se aferraban enérgicamente a esa piedra enorme que brotaba de la oronda capa de intemperie. Todo era inútil, por más que me esforzara mis extremidades inferiores sentía que pesaban como una tonelada. Un hilo de hircismo recorrió mi frente y en gotas se perdió en los celajes aglutinados. Una desesperación me invadió, me llegó un miedo que no alcancé a imaginar alguna medición de ello. Después, la soledad acaricio el espacio y se soltaron las ganas que provocaron mi llanto haciéndose la lluvia, me sentí como un Dios griego en el Olimpo, pero destrozado del corazón. En el interior de mi cabeza la razón revoloteaba, me aturdía, exigía culminar de una vez por todas con ese sin sentido. Pero aquel color que acariciaba mi ser se convirtió en una motivación para controlarme e imaginar que estaba en un sueño que no pertenecía a lo onírico de un humano con sus facultades psicológicas en buenas condiciones, al contrario, era la de un deschavetado en prolongación consciente. De pronto y milagrosamente mis pies se movieron y en el cansancio estacionado de tener varias horas erguido, me senté en la piedra y me puse a silbar la canción «Farolito» de Agustín Lara, y me di cuenta que estaba contento, al menos ya tenía la movilidad de los pies, eso para mí era un alivio efervescente. Sin que mi cerebro ordenara nada, mi boca empezó a cantar un parte de esa canción «Farolito que alumbras apenas mi calle desierta…sin llevarle más nada que un beso, friolento, travieso, amargo y dulzor».

A duras penas recordé que un día antes había ido a la casa de la ahora mi ex pareja para decirle que no le guardaba rencor por no haberme esperado cinco años que estuve fuera haciendo actividad política, porque de cierto es que a pesar de estar ante un Sol majestuoso, creo en el socialismo, y sin lugar a duda considero que es necesario cambiar nuestro sistema y no solo el gobierno, pero bueno, los que nos consideramos socialistas estamos hecho de la misma materia de los que alaban el capitalismo. Tenía una tristeza aligerada como el aire, como ese viento que me envolvía con suavidad y una libra de compasión.

Jimena Padia era una joven que tenía 19 años cuando la conocí en el primer semestre de universidad, ambos somos de La Calzada, un pequeño pueblo ubicado en un valle central. Nos enamoramos cuando salíamos por las noches a pegar panfletos, pertenecíamos al NAEP (Núcleo de Apoyo Estudiantil Popular), encargados de esa actividad para difundir las demandas de organizaciones afines a la lucha socialista. Un día determinamos ser compañeros de vida, bajo el acuerdo que si uno de los dos escalaba más en sus responsabilidades políticas, se tenía que comprender y estar conscientes de eso. Cuando me llegó la oportunidad de irme a realizar trabajo en otro lado por cinco años, sin rodeos lo hablamos y ella quedó muy convencida de que me esperaría. Tres días antes de que le escribiera para decirle que ya regresaría, un camarada me dio la noticias que la vida de Jimena ya la estaba compartiendo con alguien más y que había renunciado a la organización. Al principio me dio mucho coraje, quizás porque tenía la ilusión, de que al volver con ella, tener hijos, pero después la razón me devolvió a la realidad. Por eso ayer que llegué al pueblo, lo primero que hice fue ir como las siete de la noche a tocar su puerta y una luz grácil que emitía la lámpara a un costado de su puerta me hizo recordar esa canción del “flaco de oro”.

La conminación se fue deshaciendo entre más reflexionaba y aceptaba que era más probable pasaría eso cuando se tiene un amor a cinco años de distancia. Convencido conmigo mismo, después de otorgar dos toquidos a la puerta de Jimena, determiné ya no buscarla, y si acaso por azar del destino nos encontráramos, le diría que respeto su decisión, que era mejor así, aunque éste amor que se revuelca en mi delgado cuerpo hace que hierva mi sangre.

Después de un mayúsculo momento de reflexión, sin darme cuenta, me encontraba parado bajo aquel poste que en disimulo alumbraba la calle de mi ex, cuando reaccioné que todo aquel pasaje había ocurrido no era ayer, sino hoy, después de tocar dos veces la puerta que posiblemente estaba Jimena con su pareja, todo ese sueño sucedió en apenas diez minutos, en un instante de anonadamiento. Ya despierto, y claro estoy, con la mochila en el hombro, me puse a reír como un verdadero loco. Ahora veo salir a una mujer con la barriga abultada y a su lado un hombre de mi edad, la sube a lo que probablemente es su vehículo, caballerosamente le abrió la puerta del copiloto y le abrochó el cinturón de seguridad, ella ríe y se nota que es feliz, que ni por refilón me reconoció en el momento que pasó a mi lado. Discurro que todo está bien así, menos yo, que me taladra las letras de una canción que quizás solo escuche una vez en la radio, y hasta eso, ni siquiera le puse tanta atención, pero las circunstancias, el escenario en el que hoy me presenté, la fuerza del subconsciente me obligó a silbarlo y a cantar parte de lo que se me quedo sin que me diera cuenta.

No me queda más que ir a la casa de mamá, ya nada me ata a este pueblo más que el cariño y el amor de mi familia y al pueblo mismo; en aquel vehículo se fue un sueño que pudo haberse hecho realidad y no un Sol poderoso que no era más que el valor de la conciencia con iluminación tan abarcable con rayos de verdades. Así es la vida, tan verdad como lo son los sueños, las alucinaciones y los deseos, que a veces hay que suprimirlos en una labor altruista para el corazón. Nada de lástima, absolutamente nada, solo el faro que alumbra la idea socialista, que también es amor y que la vida nos vuelca entre acantilados que surgen entre las colinas de la propia existencia y amenazan con ir en contra de la voluntad para dejarnos caer entre concupiscentes momentos que distraen la endereza del pensamiento… Agarré los recuerdos y los metí a la mochila, recogí el corazón y sin titubeo lo he vuelto duro, pero sé que un día volverá amar poderosamente.

 

El autor

narrativa

Misael Consuegra

Licenciado en Derecho

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