Catas y degustaciones

Crónicas de una ciudad

Crónicas de una ciudad
Tatiana Rojas, Angélica Peña y Harvy Murillo*

 

 

Rostros de la ciudad: vendedores ambulantes, ed. 1


——–Todos los días Luz Marina, Orlando, Nancy y más de 20 000 vendedores inician su jornada laboral antes del amanecer, salen de su casa acompañados de la oscuridad y recorren las frías calles de la ciudad empujando sus carritos llenos de paquetes, galletas, gaseosas, dulces y cigarrillos. En el centro histórico de Bogotá, el rechinar de las ruedas se hace más estruendoso cuando los vendedores suben por las empinadas calles de la Candelaria, es el sonido del esfuerzo y las ganas de salir adelante, y aun así los transeúntes no siempre logramos escuchar.


——–Al conocer a las personas que permanecen detrás de un carrito, nos sorprendió los tantos años que han dedicado al oficio. —36 años —respondió seriamente doña Luz Marina, cuando le preguntamos cuánto tiempo lleva vendiendo en la calle. Son años que representan días de permanecer en el mismo lugar sin importar el frío, el sol o la lluvia; son horas dedicadas a atender y, en algunas ocasiones, a escuchar a los distintos estudiantes, profesores o trabajadores de la Universidad Autónoma. No es diferente para don Orlando Cervantes, que lleva 30 años en la labor. Su carrito ha sido visitado por varias personas que pertenecen a las comunidades universitarias ubicadas en la carrera cuarta con calle quinta. Muchos de ellos, particularmente estudiantes, lo han acompañado desde el primer día de clase hasta el último. «La experiencia me ha llevado a no confiarme de los estudiantes», pues sabe bien que vive de la compra que ellos hacen, pero algunos han abusado de su necesidad y los ya vuelvo, mañana paso, el lunes me lo recuerda, resultan ser promesas que nunca se cumplen; por eso no volvió a fiar y así evita los problemas y la pérdida de dinero. Orlando, mirando el paquete que tiene en sus manos, recuerda el respeto que había antes, cuando inició en este oficio: «Los estudiantes eran más respetuosos con el vendedor, hoy en día son muy antipáticos y no quieren decir “gracias” ni “por favor”», dice.

——–La experiencia para Nancy ha sido más gratificante, lleva 10 años, de sus 25 de vida, trabajando como vendedora ambulante. Con una gran sonrisa en su rostro nos dice que todo puede ser maravilloso cuando se ve con los ojos correctos. El puesto que se encuentra junto a ella es de su madre, quien lleva un tiempo enferma y no ha podido salir a trabajar, lo que la convierte en la heredera de ese oficio. Toda su familia se ha dedicado a la venta en las calles: su abuela, sus tíos y sus padres pasan largas horas en la Plazoleta del Rosario y ya tienen toda una hilera asignada enfrente de la Universidad del Rosario; por eso, Nancy decidió abandonar su puesto de venta de gorros de lana en la carrera séptima, para hacerse cargo del último puesto de dulces… «Los clientes son exigentes con la hora de llegada o la hora de partida, pero realmente no les hacemos caso, ya que el horario lo manejamos nosotros», menciona Nancy cuando le preguntamos sobre los clientes. En ese instante atiende a uno y, como si este personaje se lo recordara, agrega: «aunque sí pretendemos llegar temprano y salir tarde la mayor parte del tiempo». De una forma u otra, estar el tiempo necesario es su forma de agradecerles a los clientes, quienes también se han convertido en un apoyo, especialmente por la enfermedad de su madre; de esta forma, todos los días Nancy comunica a su mamá las palabras de afecto que envían sus clientes.

——–Todos ellos viven en el centro de la ciudad desde hace años y sonríen cuando les preguntamos sobre la Candelaria, a pesar de las molestias que les causan los andenes y las subidas para mover los carritos. Para ellos no hay nada que impida llegar a tiempo a sus puntos de venta y agradecen al barrio porque es el lugar donde puedan trabajar. «La Candelaria me da cada una de las cosas que necesito», dice don Orlando.
 

 

Rostros de la ciudad: emboladores, ed. 2


——–En las calles de la Candelaria se encuentran cientos de personajes que viven o sobreviven de diversas maneras. Aunque pareciera que en este sector, de apenas 30 calles y 14 carreras que delimitan el centro histórico de la ciudad, solo hubiera cabida para los estudiantes de más de 17 universidades, los profesores de las mismas o los trabajadores de los antiguos y coloridos edificios, lo cierto es que hay un espacio más que aún se puede habitar: la calle.


——–De hecho, hay personas que trabajaban en la calle mucho antes de que el centro se convirtiera en un constante transitar de sujetos sin rostro, que pasan a nuestro lado en un ir y venir. Tal es el caso de los emboladores, un grupo de personas que se ubican con sus sillas pintadas de amarillo y rojo (¿será una metáfora de nuestra querida bandera bogotana?), bajo sombrillas coloridas que los protegen del sol. En la Plazoleta del Rosario, por lo bordes de un gran cuadrado que figura ser la entrada de un parqueadero subterráneo, se forman hileras de emboladores a la espera de su primer cliente.

——–Alejandro hace parte de este tradicional gremio y nos cuenta los avatares de trabajar en este oficio: «Ahora las personas andan en tenis, ya no exigen la presentación en ninguna parte, por eso el trabajo es más difícil». La situación es tan radical que podríamos asegurar que usted, querido lector, si se mira los zapatos en este momento, seguramente no podría mandarse a embolar porque el material no es apto. Aun así, Alejandro lleva 37 años trabajando en este lugar… ¿No le surge a usted la curiosidad de saber cómo era la Bogotá de antaño? ¡A nosotros sí! Y por eso, le pedimos detalles a don Alejandro: «¡Uf!, la ciudad ha cambiado mucho, había menos vagos en este sector, ya no hay gente de trabajo, de oficina, este sector se dañó mucho por las drogas», además —cuenta el vecino—, anteriormente sus clientes eran muy charladores y ahora «uno no sabe a qué clase de persona está lustrando».

——–A unos metros de distancia, justo a la salida de la estación Museo del Oro, se encuentra don José Antonio Isaza, quién lleva 40 de sus 68 años de vida trabajando como embolador. Su rutina diaria refleja la tenacidad de su carácter, pues todos los días llega al centro a las seis en punto de la mañana y se va a las tres de la tarde, pero no a descansar, sino «a hacer un caldito con papa» para su esposa que por culpa de una enfermedad no puede hacer mayor esfuerzo. En medio de esta ajetreada rutina, la calle no parece el lugar más tranquilo y los imprevistos nunca faltan, como las marchas que son tan recurrentes en el centro. Así lo relata don José: «La que más recuerdo es en la que me pegaron y me hicieron llorar, llegaron aquí —señala la estación de Transmilenio— con un tanque de agua y cogieron la manguera y shh, me botaron todo, con gases lacrimógenos y toda la gente. ¡Uy!, pero fuerte, fuerte… eso quedé lavado y con mocos y todo recogiendo el carro».

——–Al parecer la ciudad nos envuelve en situaciones de las que no podemos escapar, pero, aun así, seguimos viviendo en ella y, al igual que don José, consideramos que Bogotá es una ciudad extraordinaria, aunque para nadie es un secreto que antes era más sana y con mayor cultura. De hecho, es esa falta de identidad cultural la que aquí combatimos. Así que, querido lector, lo invitamos a cambiarse los zapatos e ir a charlar con un embolador.

*(Bogotá, Colombia)
Estudiantes de sexto semestre de la Universidad Autónoma de Colombia.
luciernaga199898@hotmail.com

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1 Comment

  1. ¡Qué buen trabajo compañeros!
    Excelente texto.

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