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Ensoñaciones distópicasVoz y verbo

Jugando al apocalipsis

Jugando al apocalipsis
Morgan Vicconius Zariah *

 

En verdad os digo: el que no recibe
el reino de Dios como un niño, no entrará en él”.
 (Lucas 18:17)

 


Las hermanas de la Alta-Gracia peregrinaban por el camino en espiral que ascendía hasta la abadía, abriéndose paso entre la niebla de gases radiactivos condensada alrededor de la falda de la montaña. Iban ataviadas con sus negros atuendos monásticos y tocas luminiscentes que dejaban su rastro en la bruma como un mal presagio. Al frente, sus máscaras antigás adornaban sus pálidas caras infantiles. Ascendían en sacro silencio por el sinuoso camino que llevaba al templo. El sudor se deslizaba sobre sus rostros. Las órdenes del sumo pontífice estaban dadas.

—¿Crees que sea él? —rompió el frío silencio la hermana Era, haciendo retumbar su voz a través de los sensores cuánticos, que estaban conectados a sus cerebros por una especie de electrodos implantados en sus velos y que les proporcionaban la capacidad de comunicación telepática.

—Sí. Lo intuyo ¿O para qué otra cosa nos hubiera convocado con tanta urgencia el sumo pontífice? —contestó sin abrir sus labios infantiles la hermana Marianix—. Ya veremos qué profecías escupirá Eva.

Cuando llegaron a la cúspide venciendo la niebla tóxica que ascendía, los rayos del sol se tornaron débiles y sanguinolentos, acariciando a la abadía con un resplandor anaranjado, dando la bienvenida a las primeras sombras de la noche que en pocos minutos absorberían todos los rayos de luz. Las quince hermanas se detuvieron un momento y descansaron sentándose sobre los anchos peldaños de la alta escalinata que daba paso a la entrada. Un viento fresco soplaba en la cima, aunque todavía no se atrevían a retirar sus máscaras. La pureza del aire en la cumbre era relativamente buena; pero la naturaleza de la época había acondicionado a los humanos al confort artificial y a la desconfianza del ambiente natural. Hubo quienes jamás respiraron el oxígeno del exterior sin utilizar filtros. Cuando las hermanas llegaron al portal, las tres monjas principales dibujaron un conjuro enfrente de él a modo de contraseña. Sus guantes estaban sincronizados con la computadora principal de la iglesia. Luego, hubo un destello cegador y las puertas se abrieron de par en par. Al entrar, se oyó el rumor de las máquinas que se encargaban de extraer todo resto radiactivo del exterior; de inmediato, la creciente oscuridad nocturna, quedó sellada tras las puertas.

—¡Ya están aquí! —exclamó una pequeña niña rubia aproximadamente de nueve años. Su cabeza se encontraba desprovista de velo y sus cabellos caían hasta la cintura con insistencia sagrada—. ¡Vengan conmigo! el pontífice no tardará en presentarse.

Las hermanas procedieron a retirarse las máscaras y respirar el oxígeno fabricado por las máquinas ambientadoras de la abadía. Allí todo estaba cuidadosamente climatizado. La temperatura debía mantenerse ligeramente fría, así no afectaría los equipos y las computadoras cuánticas. El interior mostraba una inmensa bóveda nervada como las iglesias del gótico antiguo. La estructura estaba iluminada por una luz fantasmal que se desprendía de las paredes y las columnas por una tecnología inteligente diseñada por células fotoeléctricas. Todas caminaron por el pasillo principal hasta llegar a una habitación circular que tenía paredes lumínicas de color escarlata, que contrastaba con la luminiscencia verdosa del velo de las monjas. Todas seguían a la niña que llevaba la cabeza descubierta, hasta estar cerca de una gran mesa circular. Las tres principales tomaron asiento junto a la pequeña niña; las demás permanecieron paradas a su alrededor.

—Era siéntate frente a Eva… Mantis frente a Marianix —dijo una voz que irrumpió en la sala proveniente del computador litúrgico, que era un componente gelatinoso que se expandía dentro de las paredes de la abadía como un ente viviente. Ellas obedecieron. Se formaron en representación de los cuatro elementos, luego, con la dulzura de una flauta encantada se escuchó la voz de la pequeña Eva, quien tomaba en sus brazos a un gato blanco y regordete que trepaba a sus piernas:

—¡Por fin estamos reunidas! ya no aguantaba la emoción del conocimiento futuro que nos será dado —dijo con el desparpajo típico de su edad. Pronunciaba las palabras a través de su boca y sus cuerdas vocales y no por los sensores del pensamiento. Ninguna alcanzaba una edad mayor de diecisiete años. Marianix con dieciséis lideraba biológicamente. Todas fueron diseñadas a través de la ingeniería genética desarrollada por el vaticano. Esta consistía en depurar los malos genes relacionados con el pecado y salvar y potenciar aquellos que fueran más afines a la santidad, la determinación religiosa y el sacrificio. La computadora decidía quienes ingresaban a la Orden Suprema de la Alta-Gracia, quien no calificaba era devuelto al vacío del cual habían venido, sin sentir dolor alguno. Antes que algunas de las hermanas logrará interactuar con Eva, un influjo de partículas luminosas se desprendió del almacén Positrónico que estaba en el centro del techo abovedado y así se empezó a dibujar en el aire una cristalización holográfica que pronto interactuaría en el ambiente. Se condensó este hechizo hasta hacer que una silueta con luminosidad intermitente en un trono papal se manifestara encima del centro de la gran mesa. La silueta de un lozano niño de unos quince años reposaba encima de aquel trono. Su mitra brillaba con partículas de santidad que hacían extasiar los corazones de las hermanas. Estas reverenciaron su santa presencia, la que habló segundos después.

—¿Supongo que todas saben a qué se debe nuestra reunión?… pero antes debo anunciarles que se ha hecho capturar al cardenal Nicolax Di Gesú. Enfrenta cargos por corromper a la iglesia y sus seguidores. Ha estado recibiendo dádivas y lavando dinero de los transhumanistas y financiando los planes antihumanos de los Androides. Ya se ha tomado carta en el asunto y se ha declarado enemigo de la humanidad. Los cardenales Giusepe y Telman tienen órdenes de encerrarlo en una de las cárceles vaticanas mientras preparamos el plan que traerá nuevamente al Mesías. Liberaremos la humanidad del influjo artificial en el cual la era del Diablo la ha sumido. —dijo aquel niño papa con un fulgor de santidad en sus adolecentes ojos azules que fluctuaban con la frecuencia de la máquina holográfica.

—¡Entonces es cierto! Ya ese niño existe. Pero… ¿Es que acaso no sabe el consejo sacerdotal que manipula las máquinas genéticas, cuál es el producto final que contiene los dotes del mediador? —tronó la voz de Eva en aquella asamblea mientras bajaba de sus piernas al animal.

—Es aquí donde radica el problema —dijo el pontífice, llevando su vista hacia los ojos de Eva—. Los sueños premonitorios que las cápsulas santas proveen a los sacerdotes nos han llevado a la conclusión, de que este mediador no es de nuestra perfecta estirpe. No ha sido escogido por las máquinas al servicio de Dios; sino que se encuentra allá afuera. Incluso los programadores más doctos han hecho los cálculos y toda predicción nos lleva a la misma conclusión: es humano natural, hijo de hombre —dijo el Papa entrelazando sus dedos holográficos sobre su roja túnica—. Por eso estamos aquí reunidos. A través del ritual de la epifanía podríamos localizar al individuo. El cardenal Nicolax Di Gesú ha enviado a un grupo de androides a asesinarlo. Debemos encontrarlo antes que la muerte lo haga primero.

—¡Lo sabía! —gritó la pequeña hermana Eva. En su cara se dibujó una sonrisa de infantil satisfacción con dejos de una repentina ansiedad—. ¡Él es real! el Mediador… intuía que él existía en el seno de la resistencia humana. Pero… ¿Porque lo persigue nuestro Cardenal? ¿Acaso la desesperanza lo ha vuelto loco, y ahora prefiere conspirar contra el destino de la iglesia?

—Nadie lo sabe a ciencia cierta, y no creo que el cardenal lo confiese… Esto nos enseña que el mal es una fuerza más poderosa de lo que habíamos imaginado. Es capaz de penetrar hasta un cuerpo genéticamente puro, depurado de todo pecado capital. El mal corrompe desde afuera hacia dentro —dijo el papa Virgilius preparándose para la revelación psíquica.

El Papa ordenó el ritual. Las hermanas conectaron sus pensamientos a la máquina de las visiones a través de la frecuencia de sus tocas. Estas estaban conectadas a sus cerebros, y con una descarga eléctrica específica, hacían estimular el “punto Dios” que se encontraba en la región de los lóbulos temporales. Eva se cubrió la cabeza con su velo que de inmediato conectó a la máquina de Dios. Todas entonaron los cánticos sagrados para apresurar el trance. Las que estaban de pie alrededor de la mesa y las cuatros principales que se encontraban sentadas. La psiquis de todas fue absorbida al interior del computador cuántico de la abadía. Sus mentes pasaron a ser una sola mente en aquel alambique tecnológico, el cual después de unos segundos entonó melodías, que parecían ser emitidas por un antiguo órgano eclesiástico. Los ojos de las niñas se desviaron hacia arriba dejando ver sólo el blanco a causa del trance y el shock neuronal. Entonces, la Epifanía se materializó y se proyectó a la cabeza de Eva. Ella era la única genéticamente capaz de ir más allá de las visiones de un computador. La visión se condensó en sus neuronas por un instante, luego, escupió su consciencia más allá de la abadía, moviéndose como una onda expansiva y alcanzando en unos segundo los confines del mundo. Su mente viajaba entrelazada con la de sus compañeras.

—¡Lo veo! Su estructura genética me atrae a sus adentros como un imán psíquico —balbuceó Eva en un trance desgarrador—. Empezaré a sacar todos los recuerdos de su mente. Su nombre… su nombre… es… Abid… Abid… el niño Abid… el Mediador. —con torpes movimientos empezó a escribir las coordenadas sobre la mesa. Enseguida, el Papa hizo unas señas y una puerta secreta se abrió ante el salón, mientras las hermanas permanecían atontadas y comenzaban a caer exhaustas al suelo todavía con el ardor de las visiones. Las que estaban sentadas se desplomaron sobre la mesa. Eva, trató de sostener sus visiones y mantenerse despierta, pero fue vencida por el desgaste de su trance. Se desmayó sobre la mesa. Unos hombres jóvenes vistiendo atuendos monásticos aparecieron detrás de las puertas, llevando por los pasillos dos cápsulas criogénicas. Una contenía los genes con las cuales se traería a la vida a el Mesías, y la otra los de la Bestia. Los hombres las colocaron en el centro del gran salón principal y las conectaron al computador central, donde el ritual sería consumado. El Papa ordenó a otro hombre encender la nave de la abadía e ir inmediatamente por Abid, cuyo cuerpo y mente servirían como recipiente en donde habitaría el Mesías.

Después que la embriaguez de las visiones cesó en la cabeza de Eva, despertó con la posterior resaca eléctrica hormigueando dentro de su rubia cabeza. Algunas hermanas se pusieron de pie. Sus ofuscados ojos se preparaban para ver otro tipo de visiones de índole más físicas. En el salón de los rituales principales, yacía un niño dormido conectado a través de tubos energéticos a las cápsulas que contenía los genes del Mesías y la Bestia. El Papa estaba dentro del recinto, físicamente. Había llegado hasta la abadía en una nave para él mismo completar el ritual.

—¡Algo no anda bien! —le susurró Eva a Marianix, dando tumbos aún víctima del mareo. Las dos se tomaron de las manos para llegar casi a rastras detrás de una columna. Escondidas allí, observaron el macabro escenario que se armaba.

—Sí, estás suponiendo lo mismo que yo pequeña Eva. Tengo la sensación que no es el Mesías quién será liberado está noche.

Las dos observaban detrás de las columnas incapaces de cometer acción. Sin nadie poder impedirlo, comenzó el ritual. La debilidad posterior de las religiosas sólo dejaba espacio a la observación, además, los años de obediencia no darían cabida al disentimiento. El ritual se consumó y la consciencia de Abid entró con la ayuda psíquica de los genes mesiánicos a la consciencia de la Bestia. El Papa le ordenó destapar los siete sellos que contenían los genes de la Bestia a nivel molecular. Su alma compatible viajó a través de la computadora cuántica como un gusano eléctrico. Y en cuestión de segundos, como un maléfico Big Bang artificial, el Apocalipsis se expandió con su conciencia mediadora alrededor del planeta. La Bestia liberadora del último caos llevó la destrucción en su seno. El paraíso artificial que había construido el hombre había llegado a su fin. El Papa lo había planeado todo pretendiendo traer la salvación a la humanidad, queriendo eliminar los eslabones que pretendían quitar al ser humano su última humanidad biológica. Sus ojos y los de Eva, se interconectaron con signos de admiración e interrogación, indagando cada uno con su mirada el fondo de sus almas.

—¿Por qué Virgilius? Traicionaste y manipulaste nuestra obediencia para tus propios fines. ¡Soñé todo este tiempo con el Mesías y tú liberas la Bestia!—Exclamó Eva al Papa con el pensamiento, haciéndole saber que se sentía engañada.

—¡Era la profecía! —vociferó este. Su voz retumbó con estrepitoso eco por toda la abadía. Sus ojos estaban rebosantes de infantil malicia—. Para eso fui creado, ese era mi propósito ¿Acaso no escuchaste las palabras del último cardenal anciano que vivió hace quinientos años?… una vez dijo que el Apocalipsis era un juego de niños… y este es el juego… que acabamos de jugar…

Fin

 

*Jimmy Díaz
(Santo Domingo, República Dominicana)
Filósofo y escritor con diplomado en Gerencia Cultural.
regnums7@hotmail.com

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