Efímera auroraVoz y verbo

Cristales sublimados

Cristales sublimados

Por:
Jimmy E. Morales Roa (Bogotá, 1984)

Empacaste el libro de los seres que habitaron este mundo, y mientras caías en la alucinación, imaginando bosques y árboles que acariciaban nubes, seres que volaban y se hundían entre silbidos de colores.

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Soñabas con seres acuáticos en los vapores de cristales sublimados. Mientras navegabas por las historias que encontraste en los libros resquebrajados que dejaron tus abuelos. Aquellos tres hermanos, los tres hombres hechos de letras. Las mismas historias que contaban tus padres y que no creías porque eran alucinantes e irreales. Soñabas mientras jugueteabas con las viejas monedas que encontraste esa mañana, eran doradas con finas letras y formas de seres fantásticos, creías que ellos se encontraban escondidos observándote, y luego; los imaginabas sumergirse entre las nubes nocturnas y emerger entre el brillo de la aurora. Así era aquella noche, irreal. Deslizabas entre los dedos los círculos dorados, como si en ellos encontraras la forma de regresar al tiempo de la indiferencia. Intentando caer en la niebla de los efímeros recuerdos.

Tus padres vagaban por calles abatidas por la hambruna, escondidos de la luz y el agua del cielo. Entre callejuelas y alcantarillas sobrevivieron a las enfermedades que arrasaron todo sin contemplación de credos. Caminaron noches enteras alejándose del ruido y el humo. Iniciaron el éxodo un puñado de seres, un poco más de veinte. Cuando los encontraron, eran solo tres, una adolescente, una niña y un niño que no superaban los diez años. Tus abuelos los encontraron alucinando en una polvorienta zanja, deshidratados y hambrientos cuando buscaban echinopsis. Dos semanas de fiebre y sudor se llevaron a la mayor. Una semana más tarde tus padres abrieron los ojos, creían que todo había terminado, y desilusionados de un nuevo día, bebieron agua de un extraño color y sabor, era un agua diferente que nunca habían visto ni probado, era extraña, porque carecía de color y de sabor.

Los niños que no se conocían al iniciar el viaje, se hicieron con tres padres; vivían en las montañas donde se habían enclaustrado antes de la desgracia. Ninguno quiso tener hijos. Consideraban que tenerlos era irresponsable, miserable e infame. Que el mundo no podría soportar tanta locura junta, y que las nuevas vidas nacían en las puertas de la ciudad doliente, abandonados de toda esperanza. Ellos, tus abuelos, en medios de las montañas áridas habían logrado con varios de sus contemporáneos, agruparse en una pequeña comunidad, allí, entre hidropónicos y molinos de viento que succionaban el agua de las entrañas de la tierra, sobrevivieron al infierno desatado.

Tus padres crecieron entre libros, reliquias y artefactos indescifrables. Con el tiempo el puñado de hombres y mujeres se hicieron capaces de sobrevivir en la ausencia de sus semejantes. Y tus padres se encontraron más allá de la supervivencia. Así te hiciste con las historias de ser hija de los hermanos errantes y tener tres abuelos hermanos. Tus padres aprendieron de las historias del caos, a imaginar el mundo pasado, el mundo que terminó cuando los mares se elevaron y, el aire y las aguas del cielo quemaban los rostros, luego vino la hambruna y la enfermedad, y con ellas la guerra.

Te contaron esas historias centenares de veces y las imaginabas. Todo te parecía tan lejano y fantástico. Así como las historias de quienes se aventuraban en los valles y cruzaban las montañas. Con la joven curiosidad del mundo y el adiós eterno de tus padres, tomaste la bolsa de viaje y te adentraste en la oscuridad. La primera noche casi mueres de frío. Habías olvidado cómo y con qué encender el fuego. Empacaste el libro de los seres que habitaron este mundo, y mientras caías en la alucinación, imaginando bosques y árboles que acariciaban nubes, seres que volaban y se hundían entre silbidos de colores, creaste nuevos recuerdos y deseos.

Pasaste años contando historias, las capturabas de héroes fugaces, que compartían contigo los relatos de otros, que en caminos igualmente perdidos asumían como propias. Las cosas que contabas, nunca te pasaron, ni acontecieron en tu existencia; la gran mayoría le ocurrieron a las pocas personas que conociste y que te acompañaron. Son los relatos de las cosas extraordinarias que les han ocurrido a otras. Solo una, te ocurrió a ti. Y así, a cada uno de los otros; una sola cosa en la vida ha pasado que se pueda contar. Un acontecimiento, un algo que perpetuar en la soledad de la existencia, una sola cosa que narrar incontables veces al calor de las fogatas.

Pensaste que algún día llegarías al lugar que habitaron los seres de aquellas monedas, seres acuáticos que sobrevivieron a dos extinciones en masa, pero que no pudieron con la existencia humana. Y entonces comprendiste, que si todos los relatos del pasado eran tan fantásticos, quizá las historias imaginadas y soñadas, podrían existir en otro tiempo y lugar.

Quizá alguien imaginó este presente de terror. Pensaste que alguien escribió todas las tragedias de la humanidad, y gestó el sufrimiento de tus padres y todas las formas del caos. Imaginaste igualmente, que si te sumergías en lo profundo de la alucinación, podías arreglar todo aquello que los abuelos de tus abuelos no pudieron en este mundo.

Y aquí estás, en la agonía final, intoxicada de recuerdos y fantasías, con la firme convicción de imaginar mundos posibles, donde los seres acuáticos sigan recorriendo los mares, y las tierras sigan verdes y llenas de frutos, lugares donde seres como tú, escriben y cuentan historias de ficción, apocalípticas y perversas, distópicas y sin esperanza; con la firme convicción que sucedan en lugares alejados de tus sentidos. Y que aquellos, que las lean y escuchen, hagan todo lo posible por mantenerlas en el reino de las pesadillas.

El autor

Jimmy E. Morales Roa

Jimmy Morales Roa

Ingeniero de sistemas – Literato

Jimmy Morales Roa

Ingeniero de sistemas – Literato

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