Efímera auroraVoz y verbo

Fracciones de un pensamiento inerte

Fracciones de un pensamiento inerte

Por:
Edicson Javier Quintero Hernández (Bogotá 1989)

Es un mundo de pocas posibilidades cuando se trata de arrancarle al futuro todo su pasado afligido

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¿El hombre asesinó a dios o dios ya estaba muerto cuando nacimos?. Cada vez que recuerdo esta frase pienso en el devenir de la historia. Muchos pensarán que es imposible que se repitan los tiempos, sin embargo, otras ideas declaran lo contrario, que todos estamos condenados a una eterna repetición, no sé exactamente si de lo mismo o simplemente una repetición de lo diferente, pues finalmente, todos sufrimos de una transformación inerte que pareciese no contener acción alguna. La fatiga se produce cuando estos movimientos pendulares entre la acción y la quietud condenan al ser humano a su fin inevitable. Las palabras se generan con el fin de provocar un cambio en nosotros, es decir, en el mundo; desafortunadamente los cambios nunca llegan y el fin cada vez se acerca más. Las palabras vienen atadas al discurso, y este sí que se repite entre boca y boca, como político de plaza pública. Esto cansa tanto como una maratón en una ciudad calurosa. Escuchar una y otra vez las promesas de aquellos que quisieron cambiar este mundo incandescente, a punto de ebullir por la misma inacción perpetua, hace que yo mismo recaiga casi que en un estado de letargo intenso, como en un estado misantrópico por lo cual, siento que en ocasiones cada vez quiero escuchar menos a la gente, menos a los académicos o a aquellos que se hacen llamar a sí mismos intelectuales. Tal vez por eso dejé la academia en cuanto pude, pues no soportaba aquellos discursos repetidos que proclamaban una única verdad, aseverando que su fin último era postergar las ideas y no la vida, yo creo firmemente que esto es lo que nos llevó al fin de la existencia humana.

El origen del hombre o de dios no debería importarnos, pues eso ya sucedió, es una historia que se encuentra en el pasado. En este momento lo que soy surge a partir de la voluntad del pasado por representar mi presente. Ahora mismo y trágicamente me encuentro sentado en la sala de estar de este hotel de mala muerte en el centro de Bogotá, y más allá de esta posibilidad no me puedo pensar, pues todo me ha conducido hasta este punto. La crucificción, las guerras, los imperios, la destrucción, la colonia, el salvajismo disfrazado de catolicismo, todas estas razones de sistema evolucionado y globalizado me han arrojado a este mundo de pocas posibilidades, o de infinitas posibilidades, pues todo depende del sentido con que se piense este dilema. Es un mundo de pocas posibilidades cuando se trata de arrancarle al futuro todo su pasado afligido; un futuro sin sentido, donde somos testigos de un artífice de inteligencia y de evolución pero que contrasta notablemente con la necesidad de propender hacia un desarrollo ecológico.

Un sin número de causas probables son precisamente las que me han traído hasta este hotel pues en la forma que deseo morir encuentro infinitas posibilidades: ahorcamiento puede ser, ¿con la corbata? Tal vez. O con el cordón de mis zapatos, también hay fuerza allí que lo motive. ¿Con un cuchillo? La acción podría derrotar la razón, y clavarlo en cualquier parte de mi cuerpo, ya depende de la cantidad de dolor que esté dispuesto a soportar. ¿Un homenaje a Pizarnik? Porqué no, hay algo poético en el disimulo del dolor por medio de la enajenación de la decisión. En fin. Cuántas posibilidades tenemos de escoger nuestra muerte nosotros los mortales, cuantas decisiones podemos tomar sobre nuestro cuerpo con tal de dar el paso a lo concreto de la naturaleza, el paso de la vida a la muerte. El suicidio se encuentra en la balanza perfecta con el ecocidio, y lo que más la relaciona es que ambas circunstancias son causadas por nosotros, los seres humanos, si tan solo un ápice de razón circulara dentro de nosotros, escogeríamos un camino menos tortuoso para llegar y presentarnos ante la muerte. Desafortunadamente para algunos, el camino se acaba con un sentimiento inefable. Una fatiga que recae sobre los hombros de quien como Sísifo, carga con un tormento que lo aleja de la divinidad y de la humanidad.

Fue hace unos dos años que tomé la decisión. Me encontraba sentado en el sillón del apartamento que compartía con mi hermano en Zipaquirá; en el televisor se proyectaba un noticiero, cuya presentadora, una mujer pelirroja de treinta y tantos años, relataba la noticia del huracán Dylan el cual destruyó la isla de Cuba en un abrir y cerrar de ojos provocando que el mar se la tragara entera y millones de personas murieran sin poder hacer nada al respecto. Esta noticia provocó en mí cierta repulsión y melancolía, pues no podía creer el modo en que la presentadora, con una actitud soterrada, leyera la historia como un padre leyendo el cuento de Asimov «La última pregunta» tranquilamente a sus hijos. Seguramente no entendía las consecuencias de la desaparición de una isla y no vislumbraba la destrucción que dejaría a su paso, porque al final, no fueron uno, sino diez los huracanes que arrasaron con la mitad de Estados Unidos. El fin ya estaba cerca, y desde el día que vi a Dylan actuar, supe que como especie humana no tendríamos salvación, La naturaleza natural, por llamarla de algún modo, va contra la naturaleza humana, pues mientras una crea, la otra destruye, mientras una busca la postergación, la otra, la humana, busca la desolación. Cada objeto que subyace bajo los reflejos de las estrellas quiere mantenerse en vida, y lucha por esto. Esta relación de la naturaleza con el hombre y su propia naturaleza, es la que limita el pensamiento y lo direcciona hacia una reflexión, un sentido de introspección que lo hace definirse y limitarse ante sí mismo y ante lo que lo rodea. La tragedia en la que está subsumido el hombre en relación con la posibilidad de elección sobre su remanente espiritual, es lo que lo condena a seguir viviendo y seguir seleccionando y fraccionando su sufrimiento, para luego aferrarse a este sentimiento de desahogo, obligándose a existir, a intercambiar ideas con otros, a interactuar pero ya no con su estado natural sino solo con su estado de egocentrismo e individualismo donde se posa con el pecho inflado sintiéndose dueño y señor de la vida salvaje . Yo en cambio, estoy cansado de luchar, estoy cansado de pensar los miles de miles de años de evolución que nos han traído hasta este punto de la historia humana. Nuestra historia, que parece tan larga y duradera, no es nada en comparación con la existencia del universo, por tanto, solo somos un soplo de vida en la fuerza de la tormenta que azota el mundo ahora y para siempre. Los países del norte y del extremo sur son los primeros condenados pero nada de salvación se puede esperar de la violencia con la que agredimos a la tierra, solo nos queda arrodillarnos ante el confesionario de la voluntad natural y rogar porque el sufrimiento no sea eterno.

Debo confesar que ante la infinita de posibilidades que mencioné antes para lograr una muerte efectiva, me incliné casi que de manera instantánea por el veneno. Investigué por el más efectivo, pero solo uno me llamó la atención, la cicuta. Hace diez minutos. Corre el tiempo. El reloj no se detiene. Escogí este modo de morir tal vez porque desde la antigüedad ya se hacía, tal vez como un homenaje a aquellos pensadores que dieron su vida para construir una idea y a pesar que juzgo al pasado por convertirnos en lo que somos ahora, no toda idea debe ponerse ante los pies de patíbulo para ser acribillada. En retrospectiva, todos estamos muertos ya pero para vivir tenemos que haber muerto en vida y desde mi nacimiento he sentido que la vida, que me ha sido otorgada por mi madre, casi que por obligación, no ha sido digna de ser vivida, de modo que ante los acontecimientos actuales en los que la raza humana se encuentra ante algunos segundos de su extinción, la mejor manera de conmemorar la vida natural, es llamar a la muerte y que venga a recogerme en este pútrido lugar.

Apenas cuento con el tiempo necesario para escribir estas últimas líneas antes que la naturaleza llame al cuerpo que poseo y lo devuelva a su estado más natural pues en realidad somos polvo y arena formados de variadas formas y colores pero que solo respondemos a una sola necesidad, la de supervivencia y fatalidad. La muerte de Dios, a través del hombre, es por el momento el único llamado razonable ante nuestra extinción, porque habitar este mundo ya no puedo, y mientras doy las últimas bocanadas de este oxigeno contaminado, dejo a un lado los valores de la vida para que la fuerza letal del universo vuelve a poner todo en orden. En el fin, somos caos, pero más tarde que nunca, seremos de nuevo el orden que da origen a todo esto que llamamos vida.

El autor

Edicson Javier Quintero

Edicson Javier Quintero

Docente de filosofía e historia

Edicson Javier Quintero

Docente de filosofía e historia

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1 Comentario

  1. Hace ya muchos años que tuve la oportunidad de conocer ha este gran personaje, y me alegra lo que está consiguiendo, con su esfuerzo y sacrificio, espero poder seguir leyendo tus escritos.
    Un abrazo

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