Voz y verbo

Por fin, El Dorado

Por fin, El Dorado
María Alejandra Roldán Duarte*

 


——–La carrera Séptima es como el séptimo sentido de los bogotanos y de los que no lo son. Gente de todas partes confluyen en esta avenida, hoy por hoy, precaria y rica. Rica en potencial humano, del bueno y del malo. En esta ocurre todo, se venden y se compran cosas inestimables. De cuando en cuando, la cura para el cáncer o la pócima de la eterna juventud. Hay comida de arriba abajo, transeúntes multicolor, artefactos del futuro y del pasado, religiosos gritando la palabra de Dios, otros renunciando a los bancos, unos cuantos pidiendo para comer, otros tomándose fotografías como si fuese una de las maravillas. Aquí se encostran todos los olores y convergen, de igual a igual, todos los continentes. Desde el edificio más alto de la ciudad hasta La Catedral Primada se conciben y revuelven las tripas de esta ciudad, llenas de mierda. El sanitario averiado de esta Bogotá demasiado humana.

——–Es poco lo que falta para afirmar que llevo una década pasando por esta, de mañana, tarde y noche, aunque la noche, ahora, obliga al paseador a traer un chaleco antitodo. Es la calle del terror (y se creía que la habían saqueado destruyendo el Bronx). Antes, la gente se unía allí para disfrutar de un viernes por la tarde o un domingo soleado donde se podía ir desde Las Pulgas hasta alguna iglesia barroca, comer helado o la entonces no tan famosa oblea. Estos días quedaron atrás, como los diciembres que ya no llegan. Si se sale ahora, es casi como una aventura, y no falta algún vendedor que ya esté inventado algún sahumerio que purifique el aire de la mala palabrería que sale de las bocas por la situación que se vive en aquel lugar en las horas del paseo. Hay ladrones, mendigos, muchos mendigos, gente sin partes de su cuerpo o con las partes interiores afuera, arrastrándose por el suelo enmierdado de esta capital. Muchos grupos étnicos vendiendo su cultura a cualquier precio, ancianos sin Dios ni gloria que sirven de burla a la entretención del malaventurado extranjero. Madres con sus hijos enfermos, lamentando las monedas que caen en el tarro que al mismo tiempo es el recipiente para la sopa que sobra de los restaurantes donde el almuerzo vale cuatro mil quinientos pesos. Hay niños vendiendo el alma, tetas de niñas alimentando otras almas, hay saqueadores de la dignidad y la misericordia, alrededor de las iglesias cagan los habitantes de las calles, como esperando que se convierta en vino u oro la porquería. De diez personas hay una y media fumando bazuco, marihuana o con media de brandi debajo del sobaco. Hay también gente de alta clase que se mofa e injuria la condición humana que aquí desfila, y solo van a eso, a creerse más grandes. Hay perros, muchos perros, pitbulls con rocas en los costados, callejeros o con Coca-Cola a dos mil quinientos pesos. Hay hombres tratando de tocar culos, mujeres de bajo perfil vendiendo su perfil a quince mil pesos con todos los servicios. Hay negros, sí, negros que se lavan las manos en los mejunjes que preparan y venden como salpicón o limonada. Otros tantos con delantales que antes eran blancos, fritando el chicharrón cocho que finalmente será el olor exponte para el turista de esta dimensión de la vida en el centro de la Bogotá condenada y salvada a la vez.

——–Porque también en estas aceras, cada vez más derrumbadas que construidas, yace el ingenio. Sí, hay arte por todas partes y esta polaridad humana es lo que hace, aunque se llene de mierda el sanitario y llegue alguien y lo vacíe, que sea posible la otra dimensión.

——–Hay artesanos que fabrican la Amazonía con alambre, otros que a punta de paciencia meten barquitos en botellas, otros que en un grano de arroz te esculpen tu árbol genealógico, hay poetas que van dejando su legado en papelitos de a voluntad, gente que pretende restaurar la historia soplándole el polvo a trastes viejos, otros que dan conferencias políticas, hay bailarines, cantantes, actores, pintores que a falta de pintura hacen otra vez a La Mona Lisa con tizas en el pavimento, y si tampoco hay tizas pues con ladrillo o carbón, y músicos, hay mucha música; hay quienes se inventan los instrumentos y hacen un concierto al aire ¡Y les suena tan bien! Las siete artes atrapan las esquinas de la Séptima, de manera que, el asombro despunta en cada semáforo que no se respeta, hay aplausos, comedia, risas… Hay filas de mesas debajo del cielo, llenas de partidas de ajedrez, y nadie se conoce con nadie y todos se dan la mano e inician la victoria, piensan silenciosos para dónde moverse, y la gente alrededor como observando los primeros siete días de la Tierra. Hay circo, hay vida y hay libros. Hay muchos libros esperando, maltratados, un lector. Es como el orfanato más grande de la palabra. Y sus vendedores, casi siempre con tufo de aguardiente, recatean sus mejores obras. Y hay lectores como yo que han aprendido a tirarse al suelo a oler despacito las hojas viejas, a acariciar las heridas de la literatura, mientras un monstruo arriba tira manotazos de libros al plástico gritando: «El que escoja a mil», como si entre más se rompieran más ganara. Hay otros, por el contrario, conocedores de su oficio, libreros de toda la vida, que te cobran de acuerdo a la expresión que pongas. Mi consejo, para terminar, es que al comprar libros preguntes por él y su precio como si te importara tan poco como al que lo está vendiendo, como si tú no supieras que estás a punto de llevarte una joya, para que él no sepa que tú, por fin, encontraste El Dorado en la carrera Séptima de la ciudad de Bogotá, capital de Colombia, parte de Latinoamérica.

 

*(Bogotá, Colombia)
Estudiante de Licenciatura en Humanidades y Lengua Castellana
de la Universidad La Gran Colombia.
alejandraroldanduarte@gmail.com

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