Yo no canto por cantar

Aquiles Cuervo*

(Texto completo)

A la la la la la  (Héctor lavoe)

 Mi madre trabajaba de noche vendiendo camisas de contrabando en los bares del puerto. Eran camisas sin marca ni contramarca que etiquetaba como “Made in France” para venderlas en dólares, a veces incluso las perfumaba con esencias florales de Indochina para darles una impresión más real o “madeinauténtica” como le gustaba decir. Las que no tenían etiqueta ni aroma valían menos. Para mi cumpleaños, la navidad y la entrada al colegio Morisco, ella me reservaba un par de camisas “madeinauténtica”. Eran camisas de verdad importadas que le regalaban los marinos de los barcos mercantes trasatlánticos que amanecían con ella jugando cartas. Cuando mi mamá regresaba a la casa, cansada de tanto jugar, la miraba de reojo contar los billetes y las monedas que había reunido. La veía sacar las camisas que le habían quedado sin vender de sus dos maletas y olía su tabaco extranjero, hasta que me volvía a quedar dormido.

 

La víspera de mis quince años mi madre no regresó. En su mesita de noche encontré un fajo de billetes, junto a una foto de mi padre; eran sus ahorros del último año. Tardé varios días antes de aceptar mi nueva realidad. La busqué por los bares y hablé con las autoridades del puerto, pero nadie supo darme noticias. El hecho de no tener una fotografía suya dificultó cualquier investigación. Me tomó un año decidirme a partir. Durante ese tiempo me dediqué a vender las camisas que quedaban (un centenar) y cuando tuve suficiente dinero para comprarme un billete de avión, me fui del país, hacia el sur. Instalado en otra tierra me sentí menos extranjero. Conseguí un trabajo como ayudante de cocina en un restaurante. En una semana gané más dinero que todo el que pudo ahorrar mi madre en un año. Cuando volvía a mi cuartucho de hotel, trataba de recordar la última vez que vi a mi madre, y buscaba afanosamente soñar con ella y pasearme por nuestros recuerdos. En la mañana me despertaba empapado de sudor y decepcionado. Una y otra vez me acechaba la misma pesadilla: soñaba con la maleta de mi madre donde guardaba sus camisas para la venta. Era un sueño en tres partes: primero veía la maleta abandonada en una estación de tren, luego veía cientos, miles de maletas, apiladas en una montaña en un basurero. En la última parte del sueño, ya no veía ninguna maleta y sólo escuchaba la voz de mi madre, cantándome al oído. Una noche, Sara, una brasileña me oyó cantar por la calle una vieja tonada de Rolando la Serie (“Las 40”), un tango que tomaba otro aire, otro impulso y otra tristeza en un son tropical y me dijo que yo podría ser cantante. A eso me dedico desde hace veinte años. Las pesadillas nunca me abandonaron.

 

Cuando canto (y “yo nunca canto por cantar”) cierro los ojos y aparece mi madre. Le he escrito un par de canciones que algún día espero grabar. Cuando no canto, me siento de vuelta en mi país y me siento huérfano. Me siento un extraño en medio de extraños. Varias veces me han invitado a cantar allá y siempre me he negado. No hay nada ni nadie que pueda hacerme regresar a ese viejo puerto. Mi manager suele decirme que no pierda las esperanzas de encontrar a mi madre. De vez en cuando me exhorta para que vuelva. Ahora, siendo famoso, seguramente muchas personas querrían ayudarme. Si algún día me decido a hacer algo al respecto, ofreceré una recompensa a todo aquél que pueda mostrarme una foto de ella. Han pasado veinte años y cada vez sueño menos.

 

A mi madre le gustaba cantar. Lo hacía todo el tiempo, sobre todo cuando llegaba a la casa de madrugada: tarareaba. Era ante todo una bolerista. Su voz tenía la cadencia cubana y la melancolía de Veracruz. Su cuerpo acompañaba su soneo a punta de lentos giros y movimientos de su cabeza, lo que recordaba levemente su origen borinqueño. Cantaba siempre con los puños cerrados, como si estuviera sosteniendo sus dos maletas. Yo también canto así, aunque nadie sabe de dónde viene mi estilo. Únicamente en el escenario siento la presencia de mi madre. Cuando se me olvida una parte de la letra de una canción, ella me sopla la pista para volver a tomar la melodía. La escucho improvisar un par de versos que luego yo inserto en los solos de guitarra o de piano. Si algún día quisiera escribiera la historia de mi vida, debería comenzar hablando de mi madre. Hay tantas cosas que no he dicho de ella y aún así en todas mis canciones pueden verla y escucharla a través de mí. El título de mi (auto)biografía podría ser: “triste y vacío”.

 

Esta noche no puedo cantar. Me he quedado afuera del teatro, a pesar de que el aforo está completo. Me he sentado en el andén de enfrente, vestido de marinero para que nadie me reconozca. Al fondo de un callejón estrecho, escucho una voz como la de mi madre, cantando y vendiendo sus camisas de seda. La sigo de cerca en la penumbra y tarareo una última canción antes de que apaguen la luz.

*Alberto Bejarano

http://bogotaucronica.blogspot.com/

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