fbpx

Bajo la lluvia

Jimmy Morales *

 

       Su voz sigue siendo como un amanecer en el bosque. Fue lo que pensé al momento de escucharla al teléfono, costó tanto hacer que mis dedos reaccionaran para encontrar aquel botón de contestar, su nombre en la pantalla me había paralizado, era el mismo número que había marcado cientos de veces años atrás.

       La imagen de nuestro primer encuentro chocó en mi cabeza, todas nuestras primeras veces chocaron unas contra otras, y luego, una extraña calma me invadió, cuando el recuerdo de la última frase que escuche de su boca replicó como el timbre del teléfono quien reclamaba ser contestado.

      Con fuerza sostuve el aparato y lentamente lo acerque al oído, en ese momento la gravedad parecía aumentar, no sabía si el particular incremento de peso estaba directamente relacionado con los recuerdos o con las culpas.

      Dije su nombre y al instante, su voz se materializó en un golpe que invadió mis entrañas, una fría sensación recorrió la espalda y luego, ese vacío que deja la ausencia tras una década de silencios.

      Tras algunas frases sacadas del antiguo manual de los reencuentros, insinuó que deberíamos vernos, que el tiempo había madurado nuestras almas y secado las heridas; ella, se detenía en cada uno de mis suspiros, como si de ellos se desprendiera una pausa de rectificación, retomaba así la conversación anteponiendo siempre alguna excusa.

       Ligeramente me narró algunas cosas vividas en una década de ausencia, su viaje por Australia y Nueva Zelanda; como ahora se consideraba más tolerante después de su estadía en San Francisco y la forma en que había logrado entenderse con las raíces de nuestra América, al internarse en las alucinaciones del peyote y la Ayahuasca.

      Mis silencios eran eternos. Entre la sorpresa y los recuerdos, los nuevos elementos olían a enfermedad, que golpeaban e invadían mi ya trastornada humanidad. Sus preguntas recibían evasivas más que respuestas. De todos los escenarios posibles, nunca habría imaginado este, que más que vivirlo, lo estaba padeciendo.

      Recordé, como tras haber escuchado la noche anterior aquel «aunque te haga daño debes saber que te amo», aquella mañana estacionado en la fila para ser el primero de esa Feria del Libro, en una mano, La fábrica de sueños y en la otra, Las hojas de la vida. Eran su regalo de cumpleaños, debían ser firmados por el maestro. Como siempre, Jairo Anibal de un blanco inmaculado y una sonrisa alucinante, me preguntó a quien iba la dedicatoria, mi voz se quebró al pronunciar su nombre. El maestro indagó: «¿Y ella dónde está?» A lo que respondí: «Eso es algo que quisiera saber». Él así escribió: “Las personas amadas siempre están en el corazón, aunque se ausenten para siempre”.

      Empaque los libros en un cofre forrado en cuero, su interior, de un terciopelo negro contrastaba maravillosamente con una de las portadas, como si su rojo intenso resonara en el vacío, la emoción me embargaba. Llegue a su casa al día siguiente; quien abrió la puerta fue su hermana. Con una mirada de lastima recibió el paquete y entre sus dientes se desprendieron aquellas palabras: «viajó ayer en la mañana y no se cuando volverá».

      No se en que momento acepte vernos en el centro de la ciudad, en ese mismo café, escondido entre los recovecos de las centenarias casas coloniales que durante tantas noches nos resguardaron del frío y la lluvia. Bajo sus mesas, estaban los recuerdos de las veces que enterramos las uñas al penetrarnos las palabras que nos hacían estremecer, y las postales que tomábamos en la entrada, para dedicárnoslas en cada alucinante viaje que eran nuestros encuentros.

     Como siempre, salí de mi casa con el suficiente tiempo, quizá más del debido, caminé despacio bajo la llovizna nocturna tan propia de esta ciudad, recordé las risas y las maldiciones, en especial las maldiciones. Nuevamente el dolor trepó por mis venas, aquella sensación se repetía, como esa tarde algún tiempo después de su partida, en la que me enteré del propósito de sus repentinos viajes a Miami, allí donde su cuerpo ardía entre las sabanas placenteras de su amante dominicano; lo había conocido en sus estudios de maestría, y durante dos años cultivaron ese fuego eterno que no cesa a pesar de la distancia.

      Y en nuestra era, en que las distancias se hacen micras, y los tiempos instantes, terminé conociendo en otros lugares, personas que la recordaban aún con más odio del que yo podría llegar a sentir, allí entre centenares de relatos, al fin la encontré desnuda; lo que vi me aterro, no conozco palabras que puedan describir su forma la traición, debe ser la razón por lo que existe un círculo infernal para seres como ella.

      Al verla sostuve el aliento, esperando quizá, que ese escenario se desvaneciera como la niebla en la madrugada, y que todo fuera solo alguna forma de alucinación. Me saludó sin verme a los ojos, me guió por las calles empedradas que alguna vez fueron nuestras. Y allí decidí no continuar con la mentira, llovía suavemente, le sugerí que camináramos bajo la lluvia, como en los tiempos en que nada nos importaba, por primera vez en mucho tiempo vi el brillo en el fondo de sus ojos verdes, el que me hablaba y convencía, los ojos que me hacían acariciar el aire y daban forma a las decepciones, para hacerme creer que este mundo tenía sentido.

      La noche avanzaba y nuestro caminar silencioso nos llevó a la cima de un puente, en ese punto tangencial bajo la lluvia, nuestros recuerdos y las melancólicas miradas pasaban como las luces de los autos y el eco de sus motores; ella me miró fijamente a los ojos, y al desprenderse de sus labios un «perdóname», sin dudarlo, la arrojé al vacío.

 

Jimmy Morales *
Colombiano.Bogotá

 Estudios Literarios Universidad Autónoma de Colombia

Deja un comentario

A %d blogueros les gusta esto: