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La caja de música

Morgan Vicconius Zariah *

 

      Desde mi más tierna infancia, percibí que la naturaleza me había dotado de un gusto aristocrático, obviando caprichosamente mi condición social. Mis fantasías Parecían  insufladas por duendes de imaginadas ciudades donde jugueteaban las hadas en el regazo de ensueños artúricos. Aquellos fantásticos seres parecían cantar desde una Cámelot erigida en mi espíritu infante. Como si una nobleza perdida en el cruce de razas, se hubiera decidido por aquellos destellos mágicos. Cuando crecí, conservé el gusto por el metálico sonido de las cajas de música. Desde niño, misteriosas melodías excitaban mi espíritu con una mecánica canción de cuna. Las escuchaba en mis sueños. Mi abuelo me dijo que la música era cosa de familia, algo que corría por nuestros genes. Siempre creí que se refería al lado artístico musical que incluso mi padre compartía; pero en mí era algo más que eso. Solía tener pesadillas sobre sombras que me elevaban por lo alto haciéndome conocer el miedo en el centro mismo de la oscuridad.

      ¿Alguien más ha escuchado el sonido? ¡Todos los sueños tienen el suyo! Unos son  de flautas, otros de tambores, y de antiguos tañedores de laúd; pero todos van acompañados con el sonido de aquellas cajas (que los duendes regalaron después al hombre en el plano físico).  Las pesadillas llevan su común melodía, con partituras diferentes para cada quien. El sello personal resuena impreso en nuestra alma, abandonada fuera de la eternidad. La música que se ejecuta dentro de cada uno es la que de alguna manera mantiene el equilibrio universal.

       A sabiendas de la magia melódica de estas cajas, nunca habría imaginado en mis manos aquel perturbador artefacto que me afectaría negativamente hasta el día de hoy. Lo encontré en el polvoriento cielo raso que daba al norte de la habitación de mi abuelo, y usaba como ático. Él murió con relativa tranquilidad una tarde mientras contemplaba el Sol poniente. Mis familiares estuvieron sorprendidos con la manera que este abandonó la vida con una sonrisa en los labios. Dicen quienes lo acompañaron en sus últimos días, que este les habló algunas horas antes de su muerte de una música delicada que brotaba del cielo y lo invita a unirse a él. Pensaron que aquello fue producto de un estado alucinatorio del momento previo a la muerte. Tras su funeral, fui a hurgar entre sus pertenencias que todos parecían haberse sorteado antes que yo. Él pertenecía a una escuela de misterios neo-pitagóricos, y a la francmasonería del pueblo, lo que realzó en vida su enigmática figura (de naturaleza filantrópica). En aquél especie de ático había un pequeño armario cubierto de polvo. Sacudí la parte frontal con un pañuelo, y abrí las puertas con una pequeña llave que estaba amarrada a una de sus polvorientas patas por un fino hilo de seda negra. Inmerso entre un espeso mar de telarañas; en un rústico cajón de madera, yacía oculta una antigua y hermosísima caja de música. Estaba envuelta alrededor de un paño azul, de estampados astrológicos al estilo medieval. Inmediatamente bajé hasta la habitación con la caja en el costado. Aún sucio de polvo, me senté en la cama de mi abuelo y empecé a curiosear. El paño tenía dibujado la Luna y el Sol, acompañado por un grupo de estrellas en un vasto infinito. Cuando desenvolví la caja, advertí  que tenía  apariencia tenebrosa y era de  color plateado. Debajo de ella, se desprendió una nota en español que decía: Fabricada por los hacedores del tiempo. También tomé del océano de telarañas, un manuscrito que hacía saber su procedencia. Su creador fue un alemán cuyo nombre y apellidos he olvido y aún sigo incapaz de recordarlos. Discípulo de un maestro relojero judío —Seguramente un cabalista— del siglo diecinueve, que había emigrado de Suecia a Alemania donde trabajó y enseñó el arte de la relojería. Este raro maestro alemán de las horas y las melodías, fue inspirado por un duende que susurró melodías ultraterrenas a su humana naturaleza. Le enseñó el secreto de fabricar músicas antinaturales en este plano existencial tridimensional. El mismo duende que había  instruido a su maestro melancólico.

       Después de sacudir el polvo de esta reliquia, descubrí una inscripción en alemán en uno de sus lados que supuse con mis escasos conocimientos de alemán decía lo mismo que la nota en español: (fabricada por los hacedores del tiempo). En otro de sus lados había un reloj que marcaba las horas según las vueltas que se le diera a la manivela. El mango de la manivela estaba hecho en plata y oro; con grabados de esferas y pentáculos entrelazados con estrellas numéricas. Muchas de esas diminutas estrellas eran pequeños diamantes incrustados. Era evidente que aquella caja era valiosa ¿En qué clase de negocio estaría metido mi abuelo? No lo sé, su vida discreta no daba brecha a entremetimiento. Después de aquellas elucubraciones, le empecé a dar varias vueltas. Hice activar el muelle y rodar el cilindro giratorio, y el reloj comenzó a marcar horas. Marcó las cuatro, continué hasta llegar a las doce horas y solté la manivela. Así empezó el mecánico espectáculo musical que deleitó mis sentidos.  Las manecillas del extraño reloj, se encendieron de un color azul plateado que brilló en la habitación de poca luz de mi abuelo donde me encontraba sólo. Lo mismo hicieron los números del cronometro encantando. La música empezó a hechizarme y adormecerme. Un perfumado olor que cambiaba de tonalidades salía de cada nota, y pronto quedé sordo. Mis oídos ya no percibían la música. La apreciaba por mis censores olfativos; los cuales me dieron otra forma de su existencia más exquisita de apreciación. Aquel nuevo sentido metafísico duró alrededor de algunos segundos que parecieron ser una eternidad. Me di cuenta que lo que llamamos tiempo puede ser un concepto maleable cual relojes derretidos en la pintura de Salvador Dalí.

       Sería casi incapaz de describir, pero las vibraciones sonoras tienen su olor particular. Cada átomo también. Todo lo que estaba creado en aquella habitación fue olido y oído por mí, a través de esas vibraciones que entraron a mi nariz. Luego la música cegó mis ojos por un momento, y desperté en este plano que me causó tantos espantos ¡La nada! ¡Me encontré inmerso en el vacío! El sentido de la audición había vuelto, pero ahora podía percibir las melodías que esa nada derramaba sobre mí. Todo mi Ser podía sentir sus  oscilaciones y música: por el tacto, los ojos y el gusto, en su singular eternidad. ¡Saboreé  aquella canción sin voz! Cada sentido era consciente de esta música proveniente de un orden cósmico. La misma que había escuchado segundos antes. Ahora ante mi vista se mostraron como unos gigantescos engranajes mecánicos mantenían la armonía en la extensa nada: unos controlaban los intervalos de tiempo y otros el ritmo; y un tic tac, se hacía adivinar en la extensidad del tiempo.

      ¡Me descubrí en la eternidad! Aquello bello me pareció horror, tuve miedo de no volver a ser lo que creía ser: ¡Humano! Conocí la música de las esferas de los engreídos pitagóricos, que sospeché detrás de peligrosos inventos mágicos. Me sentí atrapado en un gigantesco mecanismo; como si toda la eternidad que sentía estuviera dentro de esta caja. Yo mismo me concebí en ella, y  fuera al mismo tiempo. Pensé que era una micro-réplica del universo, fabricada por entidades que escapaban a mi humana comprensión. Inmediatamente, una fuerza centrífuga me empujó fuera del centro invisible, hacia lados imposibles de  calcular. Medida, peso y densidad eran conceptos inexistentes en aquel mar eterno. Parecía ser la masa de un gran espíritu (¡el alma misma del cielo!)  Donde vivía el equilibrio que se extendía a diferentes planos. Después de ser empujado del centro por esta fuerza eléctrica, la masa que me absorbió parecía vomitarme sin los sentidos; los cuales recobré en segundos. Me encontré nuevamente en la habitación de donde había partido rumbo a lo desconocido. La música mecánica de la caja había cesado. Miré hacia el lugar  donde la dejé y para mi sorpresa, no la encontré. Desapareció. Descansé unos minutos tumbado sobre la cama de mi abuelo hasta que pude percatarme que los demás familiares se habían marchado. Salí a buscarla afuera de la habitación, a tientas, todavía poseído por el sopor de la sorpresa. Pensé que podría haberla dejado fuera, guiado por una extraña inconciencia o sonambulismo causado por las visiones. Al atravesar el portal que llevaba al patio, oí sonidos de engranajes, y una sinfonía se activó en mi cerebro con el sólo hecho de observar los últimos rayos de Sol, que morían rojizos ante los primeros delirios de la noche. Era el ocaso, y  mientras se iba ocultando el astro rey, nuevos  astros músicos salían de la bóveda celeste. Cada cual en su elíptica tenía sus acordes, formando en los  cielos como un gran coro de ángeles. Llegó a desesperarme la incesante actividad melódica: la Luna con la suya, el Sol y cada estrella, planeta o cometa que bordeaban el sistema solar. Llegué a maldecir la hora en que esta caja cruzó por los mares o el cielo, desde su viejo continente hasta esta isla del caribe. Pensé « ¿Qué malvados magos habían tramado este viaje? ¿Qué peligroso extranjero obsequió aquel diabólico instrumento a mi abuelo? ¿Por qué un destino que podría ser un regalo divino se convirtió en condena? ¡Me lo han ocultado todo!». Ya no para de sonar la música en mi Ser… ¡La música de las esferas!

      Pareciera que esta caja vive ahora dentro de mis pensamientos. Muchas veces grito de desesperación ante su martirizante sinfonía mecánica. Ella Trajo sobre mí la sospecha de demencia. Mis parientes y amigos creen que sufro un brote psicótico. Las primeras semanas de alguna manera me esforcé en controlarlo. Traté de que nadie supiera lo que me pasaba con la esperanza que desaparecería en los días posteriores. Al final, mi firmeza se derrumbó y estallé en llantos. Mis parientes me han recluido en este horrible manicomio hace dos meses, condenado a absurdos medicamentos y sedantes que me mantienen en el sonambulismo intelectual. Ellos dicen que mejoraré. Las pastillas antipsicóticas calman la música en mi cabeza por un momento, pero esto únicamente ha aumentado la soledad que siento ante lo experimentado y que nadie quiere creer. En mi cuarto de hospital, conseguí conocer al duende que parece burlarse de mi dolor. Lleva consigo un raro reloj en la mano. Al tocarlo, activa esa exquisita melodía que provocó mi asilamiento. Cuando lo hace, parece como si una manivela incorpórea diera vueltas en mi cabeza. 

       ¡Ay! ¡Ya viene!…

     ¡El desesperante tic tac de los engranajes planetarios! ¡El terrible sonido del tiempo!…   ¡La música de las esferas! …

       Ja ja ja ja ja ja ja… ja ja ja ja ja ja ja ja ja… ja ja ja ja ja ja ja ja… ja ja ja ja ja ja ja…

 

 

 

(Morgan Vicconius Zariah) Jimmy Diaz
Santo Domingo ( República Dominicana)

https://web.facebook.com/jimcostant
https://morganvicconiuszariah.wordpress.com​​

Morgan Vicconius Zariah, seudónimo de Jimmy Diaz, escritor y gestor cultural dominicano. Miembro fundador desde 2009 del mítico blogzine Zothique The Last Continent dedicado a la ciencia ficción y la fantasía oscura. Miembro de la Asociación Dominicana De Ficción Especulativa: ADFE. Miembro del Colectivo: Mentes Extremófilas. Sus trabajos han sido publicados en plataformas tanto digitales como en formato físico. Ha sido publicado en la primera antología dominicana de fantasía y ciencia ficción: «Futuros en el mismo trayecto del Sol» Y en la de Asociación Dominicana De Ficción Especulativa: ADFE: «De galipotes y robots». Es colaborador desde el 2014 en la revista Digital «Minatura», publicado en la revista Digital mexicana «Penumbria», «Editorial Cthulhu» de Perú en su dossier de poesía grotesca. Fue elegido para la edición número seis de la Revista Sinestesia, cuyo número se dedicó a la ciencia ficción con el cuento: «Jugando al apocalipsis». También ha colaborado en la «Revista Poética Azahar» y su microrrelato «Voces del pantano» resultó ganador en el concurso Onomatopeyas de la revista Historias Pulp. Publicado En la revista física: «Mi cultura Literaria» del Ministerio de Cultura Dominicano.

 

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