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Voz y verboSilencio de la realidad inasible

Sintiéndote en rojo

Sintiéndote en rojo

Luisa Fernanda Cardona Paniagua *
(Narración sensorial)

 

       Bajo un entusiasmo insaciable corrí a verte, te extrañaba en cantidades alarmantes, coloridas, espontáneas, lubricadoras de anhelos. Todas las noches me imaginaba cómo sería ese momento que recién vivía, unas cuantas lo hacía con nostalgia, otras pocas con alegría de una constante y forzada emancipación emocional, otras veces, llegué a extrañarte con una sensación abdominal de calentura, como si extrañase únicamente tu virilidad, esa chispa de locomotora encendida después de por fin sostenerme una mirada, recuerdo también, como decías que mis ojos te hacían venir, que mirarte era una bomba.

       No sé si vos recordés la primera vez que hicimos el amorcito, como dices, tenías un sombrero, un pantalón playero y una camisa negra, yo en cambio, tenía un vestido y tenis en vez de sandalias, tenía unas medias largas y con brillitos porque quería llamar la atención de otros chicos pues a vos te sentía ensimismado o sin intenciones de corresponder mis miraditas coquetas. Caminamos en el centro de Medellín o cerca de él, no recuerdo bien la ubicación, comprenderás que desde que me conoces tengo pésima memoria, nunca pude concentrarme en explicar un tema o contar de forma constante una historia, veo la necesidad de hacer pausas, cambiar de estado anímico para retomar el cuento de una forma más sensitiva, revivir ese dolor o alegría, sentir muchas veces una primera vez, no cambio cielo, me distraigo y me entretengo entre palabras sin orden o sentido, pero siempre, con tu imagen al frente, eligiendo describirte a través de esa corta distracción para hacerlo, recordar en el que íbamos y retomarlo, con paciencia y recepción de intriga del que me escucha. ¡Ahhh! Es que así se hacen más cercanas las conversaciones. Discúlpame, no quería extenderme.

       En el centro o un lugar cercano a él estábamos tú y yo, te escuché contarme una historia de tu estadía en Cali, la ciudad de la calentura, me contabas que resultaste en una fiesta con sicarios, unos buenos, de esos que invitan a fiestas con barra libre, te podías meter kilos de perico y no te cobrarían un centavo, porque no lo necesitaban, recuerdo cómo movías tus labios cuando hablabas de tu susto porque los tipos aquellos discutían porque sí y se amenazaban mostrándose su hombría de quién tenía un arma más silenciosa pero más letal y que en principio te sentías como ellos, fuerte, lleno de poder, exento de un buen tiroteo, pero después pensabas en tu vieja y en lo que te enseñaba por lo religiosa que es, te lo juro cielo, en ese justo instante me vi besándote y dejándote la boca roja, repleta de mi labial, de olor a coco con vainilla y cigarrillo pero no me incliné a ti, no me preguntes ahora el por qué, créeme que no lo sé. Y entonces, continuábamos el recorrido y me mostrabas la zona de tolerancia de esa ciudad que era nueva para mí y se te dio por contarme que te sentías en ocasiones un hombre machista y que te gustaba, y a mí, la intolerante ante el maltrato femenino, me encantaba tu honestidad y te hacía ver más atractivo para mí, desadaptado, salido de sí, increíble diría mi padre.

       Empezamos a caminar un poquito más rápido porque empezó a llover, decías que era pasajero, sabías leer el cielo, ver si esta lluviecita era larga o cortica, aun así, tuvimos la idea de parar nuestro recorrido histórico y refugiarnos en tu casita, cuando subíamos a ella, te miraba el trasero, el tamaño de tu pecho y tus hombros, tan anchos, tan formidables, tan protectores, mi inconsciente lo tomó atractivo, maldito Edipo flotante. Fueron 4 pisos, sin ascensor, detrás de ti, mirándote las nalgas, pensando en que girarías 180 grados y te vería el miembro, erecto, me sentía una glotona, te quería sin ropa de inmediato.

      Me enseñaste el lugar, me contaste de tu vecina a la que odias y que tiene un esposo muy alto, que da miedo de lo grande que es y que con él no es posible hacer reclamos, que viven a diario una guerra o un juego de poder y de roles, cada fin de semana se determina cuál es el ama de casa más escandalosa, que enciendes la radio, usas el amplificador de volumen y te sientes listo y tranquilo para las tareas de limpieza y renovación semanal. Me enseñaste también tu delantal y los jabones que usabas para la ropa delicada o la del diario, que te sorprendías contigo mismo cuando vestías de traje, te mirabas al espejo y no te sentías muy natural sino más cargado de prejuicios, que al montarte al bus así, te daba nostalgia que pensaran que no correspondías allí, que te brindaban a veces el puesto, como insinuándote que eras poderoso, no sabían ellos que eras profesor de escuela y cuando tus estudiantes exponían ibas listo para la ocasión, atento para recibir a los chiquitos, algunos consentidos, otros ultrajados y unos cuantos en ambas condiciones, qué no sabías que era más cruel para ellos, qué acción o comportamiento los hacía más vulnerables.

       Un tema llegó al otro, hablamos de múltiples pretensiones acerca de tener bebés en el futuro y vos insistías en que no estaba en tus planes, que ya tenías suficientes a tu cargo, tus chiquitos; pero no lo tomes a mal cariño, no te vi siendo un pedófilo, te idealicé como un tipo bueno, malito a ratos pero nada raro, nada fuera de lo éticamente aceptable, decías que tú mismo eras uno más, un-chiquito, quizá, el que más tiempo te quitaba y cielo, en ese instante colapsé, por tu euforia ante la vida, por tu sed constante de hacer felices a los otros, por tu infantil comportamiento, por tu valor para negarle al mundo el darle un hijo más, afortunadamente esta es solo mi mente recordándonos, donde tuviese que redactarlo o contárselo a alguien se necesitarían muchos café, con un toque de ron para avivar y animar la cosa, a excepción de que gusten del drama y la exageración y de una perturbante melancolía.

       Y después de tanto amor lejano, me recosté en tu cama y te acostaste a mi lado, en dos parpadeos estaba debajo de ti, sin ropa y llena de humedad, sintiéndote con cada partícula de mis dedos, recorriendo mis uñas en tu vientre, observando el color de los tatuajes que te guardabas, que no se veían en la cotidianeidad de nuestros encuentros pasados. ¡Joder! me dejaste sin aliento, mis piernas se entumecieron, me salía un llanto desgarrador por los oídos, te deseaba tanto. Continuamos el delirio amoroso, sexual y desinhibidor por varias oportunidades seguidas, no tomabas ni aire, te metías entre mis piernas como si no hubiese futuro, me saboreabas con mucha lujuria que hasta me creí chocolate, yo no tuve oportunidad de ayudarte, querías hacer el trabajo de ambos y sí, tenías razón, me hiciste el amor, besando, rozando, y en otras cuantas oportunidades sacudiendo mi cuerpo, lo dejaste con muchos vapores, exaltado y agobiado porque se acabaría la noche, se acabaría nuestra noche, la primera de no sabíamos cuántas o la única quizá, porque las almas compatibles no se enchufan, no quieren reprimirse mutuamente, era lo que te expresaba para evadirte, para tratar de no caer en tu letal veneno, me sentía fuerte y capaz de salirme de este embrollo hasta que me besabas de nuevo, me pediste que me quedara, bajo el argumento de que las decisiones apresuradas terminan con buenos felices, que por favor no me atormentara más por cumplir con mis responsabilidades, que ahora tu vida era mi prioridad, que le tenía que exprimir por años hasta que esta sed se nos pasara y lo pensé cariño, en verdad jugaba con mis malos cálculos y lo quería tirar todo a la borda por ti, por esa noche contigo.

       La satisfacción de perdonarme por dejarte llegó a los meses, como a los tres, cuando te vi de nuevo y supe que siempre sería así, que el terror por darte una impresión atractiva perduraría más que mis años de juventud, que había tenido 32 años y diez meses sin saber que era beber agua con ganas, lo repetiría pero no cambiaría absolutamente nada, es nuestra historia después de todo, la tuya al lado mío, la del tiempo entre nosotros dos, en medio de la distancia tocándonos y haciéndonos sentir miserables a raticos y a casi toda hora, pero bueno, después de pensar, me miraba al espejo y la cosa cambiaba, mis mejillas enrojecidas por pensar en ti me apagaban ese incendio o no, finalmente me incendiaba más.

       Y te vi, y no hubo palabra que cruzar, caminé o corrí, ya no recuerdo cómo empezó este camino de huir, es que el corazón palpitó y me asusté, olvídalo, te extrañé, aunque no se aparente, te deseé, no vengas, siempre reaccionaré igual, esto no es moldeable, es que el anhelo realizable es jodido, nos jode, nos desestabiliza, vos no, olvídalo, no comas de mí, no me dejes beberte, que me eclipso, se nublan mis labios y no hay retorno.

 

 

 

*Luisa Fernanda Cardona Paniagua
Estudiante Lic Filosofía
Universidad de Antioquia
Medellín, Colombia

Instagram: @Luisa.cardonap @Humo_azulado
Estudiante de Licenciatura en Filosofía de la Universidad de Antioquia.
Mujer atravesada por emociones intensas, feminista y de alma color rojo (imagine un cielo al atardecer).

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